Aullidos de la calle

El monstruo de la frustración

El filme Lara, del alemán Jan-Ole Gerster, perfila la historia de una mujer que a sus 70 años es tan infeliz que está al borde del suicidio.
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 00:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

Nuestra amiga Lara (Corinna Harfouch) comienza la película parada frente a una ventana abierta. El director alemán Jan-Ole Gerster no comentará más, pero todos sabemos que Lara está dispuesta a saltar. Una interrupción impide que el trágico suceso siga su curso. La película apenas lleva unos minutos y ya sabemos que Lara no está bien. Al poco rato sabremos también que el mismo día que pensaba suicidarse estaba cumpliendo 60 años. Suicidio-cumpleaños. La paradoja del vivir.

Esta es una película de personaje. Su nombre en alemán es Lara aunque ha sido vulgarmente traducida a La profesora de piano, lo que podría llevar a confusiones con esa enorme película de Michael Haneke, La pianista.

En todo caso, Lara no es Erika, el personaje de Elfriede Jelinek inmortalizado por Haneke.  Y Jan-Ole Gerster tampoco es Haneke. 

¿Quién es Lara? La cámara la seguirá en una especie de periplo intentando ver a su hijo Viktor (Tom Schilling). Viktor es pianista/compositor y esa noche, la del día del cumpleños casi suicidio de Lara, tiene su concierto debut como compositor. El pequeño teatro en el que se llevará a cabo el evento está con las entradas casi agotadas. ¿Cuál podría ser el conflicto ante la presentación de un hijo en apariencia exitoso? Sorpresa.

El guion, escrito por Blaz Kutin (debutante como guionista en largometrajes), es amante del subtexto, no hay muchos diálogos que con sus palabras echen luz sobre lo que estamos viendo, son los pequeños gestos, el lenguaje corporal de la protagonista lo que nos dirá que está convencida que su hijo no tiene el talento suficiente.

Más tarde, el encuentro de Lara con el viejo profesor de piano, terminará de perfilar a esta mujer que a sus sesenta años es tan infeliz, y a la que quienes la rodean tratan de evitar por su toxicidad.

Lara es un plato que se cocina a fuego lento. Que te larga pequeños detalles de a poco. Que te suelta eventos del pasado de manera sutil para que podás entender por qué los personajes se comportan como se comportan.

Dentro de la estructura que plantea me hubiera gustado que el encuentro/careo con el hijo haya sido más cercano al final, quizás porque la tensión construida alrededor de su rechazo a hablar con ella o a atenderla, genera fatiga al espectador y puede obtener un mayor impacto guardándose ese as bajo la manga. Sin embargo, entiendo también la muletilla usada por Kutin para seguir deshilvanando esa madeja de rencores y frustraciones.

Porque Lara es una película cruel, cruel en su mirada a esta mujer atormentada por una pasión que nunca dejó fluir y que ha definido la relación con su hijo, depositario de esa “desmedida ambición” recordada por su profesor. Cruel también en la familia como sistema fallido. Cruel en el tiempo que pasa y todo lo devora.

A destacar su fotografía propiedad de Frank Griebe, a quien recordamos gratamente por ser el ojo detrás del lente en Corre Lola, Corre, La princesa y el guerrero o El Perfume. Griebe cierra el plano cuando hay que cerrarlo y nos da composiciones en las que destaca la soledad de Lara.

Sumemos también que al ser una película sobre profesoras de piano, pianistas y compositores, podremos disfrutar de mucho piano en la hora y media que dura, siendo las escenas del concierto y la escena final las que más se disfrutan.

Ya hablando del final, ese que también tiene una ventana abierta y deseos de saltar, Lara entiende por fin de qué va su historia, Lara descubre a sus 60 años cosas que es mejor descubrir antes, pero que por lo menos las descubrió tarde y no nunca.

Las palabras dichas por su profesor en el bar rompen un poco con el camino del subtexto abrazado por el guionista, fueron similares a un parafraseo de frases conocidas de profesores estrictos dichas a sus alumnos. Incluyó también una especie de moraleja innecesaria que me molestó por cómo se estaba afrontando la narrativa. 

Fue un poco frustrante, pero para no imitar a Lara diré que no afecta el resultado global porque luego, luego el director nos regala una última escena. Una en la que nosotros pensamos que quizás Lara sí tenía razón en sentir que su hijo no era suficientemente talentoso, quizás es más fácil aprobar el talento ajeno si uno no lo tiene. Quizás si lo tenés es imposible no darte cuenta de la costuras de los que fingen tenerlo. Quizás… y quizás por eso la ventana, las ganas de saltar.

 

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