Contante y sonante

Fábrica de hacer humanos

Las personas son individualidades que en apariencia funcionan como todas las licuadoras, homogéneas, iguales...
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 00:00

Óscar García
Músico y poeta

Cuando un niño, munido de una palca (un arma hecha con un trozo de rama de un árbol, en forma de V con una prolongación recta para sujetarla y una liga gruesa que hace las veces de una cuerda de arco o el mecanismo de una catapulta) mata a un pajarito indefenso parado en lo alto de un árbol, no es un crimen, es una travesura. El niño crece pensando que matar es una travesura y eso lo divierte y lo redime. Le evita la culpa.

Cuando una niña asfixia a un gatito con la almohada floreada de su cama, rodeada de juguetes y cosas rosadas o por el contrario, rodeada de otras camas y de ternos y de utensilios diversos y de un anafe a kerosén, no es un crimen, es una travesura y la niña crece pensando que matar es una travesura y eso la alivia y la convierte en libre de toda culpa.

Cuando años después, gente mata criaturas indefensas no humanas, se sigue pensando, aunque las muertes sean causadas por mala práctica o por accidente o por simple y llana voluntad, que no importan, que son cosificables, reemplazables, fácilmente olvidables, botables. 

Cuando esto ocurre, se ha perdido una vida y con ella otros pedazos de vidas que en el dolor continúan, que en el andar y en el silencio prolongado continúan. Es una constatación que cuando el silencio se hace el ruido más insoportable, es que ha llegado un momento inexplicable en las fases de un duelo. Que no se repiten de la misma forma en las personas. Las personas son individualidades que en apariencia funcionan como todas las licuadoras, homogéneas, iguales. 

Que todas se duelen de las mismas cosas y sufren y se alegran y disfrutan por igual como si se tratase de humanos que salen de una fábrica de hacer humanos por serie. En las expresiones del arte y en la gastronomía, en la inventiva y en la maldad, las gentes buscan cierta originalidad, copiando. Reviviendo lo que se hizo, bien o mal. Reinventando en el mejor de los casos, recreando con mayor ímpetu o simplemente repitiendo sin mayor esfuerzo ni preocupación.

 Quizás se trate más bien de singularidad antes que de originalidad. Esa singularidad que corresponde a las maneras de sufrir y de amar. A las maneras de reaccionar ante el júbilo o ante lo irremediable. 

La singularidad de aceptar el espejo y el reflejo del espejo y volver a proyectar esa totalidad sin temor puesto que no hay otra cosa. Es lo que hay. No se trata de resignar, a lo mejor de reasignar las actitudes críticas y maduras, a los hechos. Aceptar que las muertes, los accidentes, los crímenes, los abusos, los fascismos disfrazados, podrían ser evitables. Los dolores no son opcionales. El dolor, no es opcional.

Una persona, con el rostro sin máscara (persona viene de per sonare, la voz que se proyecta desde atrás de una máscara), tiene en la mirada y en la piel la oportunidad de mostrarse ante el mundo con humildad, sin disimulos ni ocultamientos, o puede mostrar soberbia sin vergüenza alguna, producto de no haber sabido jamás cómo deshacerse de las máscaras del tiempo. 

Un niño, munido de una espada, golpea a su madre y ésta simula no haber recibido el golpe. De ahí en más, para el niño, el maltrato es una normalidad, una diversión traviesa. Una niña, munida de una corona y un cetro, golpea a su padre. Este no aguanta, la manda castigada, a hacer alguna labor que ayude, en la casa. De ahí en más, la niña crece pensando que la violencia, graciosa en la niñez, normalizada en el mundo de la gente grande, no es un opción ni la mejor. 

Pero sobre todas la buenas intenciones, la violencia del sistema, los silencios de los sometidos, lo absurdo de los protocolos, las justificaciones de los aduladores, son la norma en tiempos de una confusión general.

 

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