Reseña

Las ideas políticas de Marof: entre la utopía y la realidad

El ensayo La justicia del inca es un testimonio lleno de anhelos, ideales y sueños que nos retratan a una Bolivia alejada de su contexto, sostiene esta lectura.
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 00:00

Freddy Zárate
Abogado

La segunda década del siglo XX, los temas referidos a la condición existencial del indígena fueron tratados desde diferentes puntos de vista por la intelectualidad boliviana. Por ese tiempo, el escritor Tristan Marof (1898-1979) esparció una mirada distinta a la temática indigenista con su ensayo La justicia del inca, que fue publicado en Bélgica el año 1926. 

Marof  señala: “En 1924 estando en Bruselas hice amistad con un escritor belga llamado Víctor Orban que hablaba castellano y portugués (…). El me instó a que publicara un libro que lo tenía guardado, que titula La justicia del inca, en el cual hace elogio (…) al imperio incaico y de su moral, de su organización y de su manera de gobernar a un pueblo que se extendía en las mil quinientas leguas en América”. Por cierto, es necesario indicar que Marof en el libro Poetas idealistas o idealismo de la América hispana (1919), esbozó el estudio “El concepto de civilización americana entre los quechuas” y “El comunismo entre los incas”, ideas que fueron complementadas en el libro La justicia del inca.   

Siguiendo el relato de Marof, se puede percibir su pleno conocimiento de las utopías en el campo de la política. Es así que menciona las utopías clásicas de Tomás Moro, Francis Bacon, Tomás Campanella y James Harrington, que según Marof estos autores “se ocupan de una sociedad que tiene raíces incas”. Se puede indicar que las utopías son una manifestación de los imaginarios sociales de cada época, reflejan valores, costumbres y tradiciones; además, muestran el conocimiento de un determinado momento y lugar donde se producen; también expresan su malestar con su presente, llegando a confrontarlos con una alternativa de sociedad ideal. 

Bajo estos parámetros, el primer capítulo de La justicia del inca lleva el título “Ama sua, Ama llulla, Ama kella” (no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas perezoso). Según la reconstrucción histórica que presenta Marof, “durante la dominación incaica el pueblo que hoy se llama Bolivia, indudablemente gozó de mayores beneficios que los que le da hoy el régimen republicano. En ese tiempo feliz y lejano no se conocía la política y por consiguiente no había bandos personalistas y sanguinarios que se destrozasen entre sí”. Con respecto a la vida cotidiana en el incario dice: “La vida era tranquila, sencilla, laboriosa y se deslizaba cantando églogas sin otra aspiración que la dicha de la comunidad por el trabajo”. 

Al referirse a la organización política enfatiza que se encontraba regida por “grandes estadistas y cuya sabiduría para gobernar pueblos nunca ha sido elogiada suficientemente u olvidada con una lamentable injusticia, tanto por los españoles como por los hijos de españoles, reglaron su pueblo de tal manera que todo habitante tenía asegurada su vida y su porvenir”. 

Pero la época de oro fue interrumpida –dice Marof– por la “llegada de los conquistadores y durante los largos años del coloniaje y de los que se llaman republicanos, que los habitantes se ven envueltos en una serie de problemas e inquietudes que hasta hoy no se pueden resolver”.

Para Marof, el pasado luminoso del incario es la otra cara del catastrófico presente, pues, no se podría volver al incario “sin antes asentar las bases materiales sobre las que deben flotar las demás sociedades”. Esto debido a que un pueblo sencillo y labrador que no tenía conocimiento del valor del dinero, cuya “raza especial” ignoraba los gestos individualistas, llegando a sufrir una traumática ruptura con su historia por “querer hacer de este pueblo indio de América un pueblo europeo y darle todos sus hábitos fue el gran error de los políticos desde hace una centena de años”. 

En cuanto a la administración política, asevera que “no entregaba la organización al capricho de un individuo ni permitía el desbarajuste. Organizadores juiciosos y autorizados se encargaban de reglamentar todo. Desde que nacía el individuo tenía su pan y su porvenir asegurado. Gente de conciencia hacía saber sus deberes a cada habitante acostumbrándolo con dulzura a un trabajo honesto y sencillo. Los organizadores que no eran individualistas ponían tal pasión e interés por el conjunto no vistos ni igualados hasta hoy”. 

Otra de las prédicas de Marof fue otorgar “tierras al pueblo y minas al Estado”. Esta idea emerge cuando “Manco-Capac (…) apareció en el Cuzco buscando una nueva tierra para fundar su famoso imperio, no se libró a especulaciones recreativas ni se fijó de que parte se encontraba la libertad; él con mano vigorosa y convicción de águila señaló a los habitantes la tierra y al Estado le impuso una gran moral”. 

Las embrionarias ideas nacionalistas de Marof alzan vuelo cuando expresa la necesidad de “que las exportaciones le pertenezcan al Estado, sin permitir que las dilapiden nacionales o extranjeros”. Según la estimación de Marof, “todas estas diferencias han ido a engrosar la bolsa de Patiño y a beneficiar la economía y el bienestar de otros países, lo que es ilógico e injusto”. Y ante esto, Marof sentencit “La única fórmula salvadora es esta: tierra al pueblo y minas al Estado”.

Lo paradójico de las ideas políticas de Tristan Marof, es que, décadas después recién alcanzaron rédito político, cuando la clase política identificó a sus adversarios bajo la lógica amigo/enemigo (Patiño, Aramayo y Hochschild), y tomaron como bandera de lucha la ansiedad nacionalizadora. Una vez en el poder el MNR, el presidente Víctor Paz Estenssoro, decretó la nacionalización de las minas, la reforma agraria, sufragio universal y la reforma educativa. 

El siglo XXI, también fue otro escenario de un nuevo proyecto de poder, en donde el MAS, a través del presidente Evo Morales convocó a una Asamblea Constituyente, en donde insertaron en la Constitución Política del Estado Plurinacional (promulgada en 2009) los principios ético-morales de los quechuas, las cuales fueron concebidas como una filosofía ancestral fundada en el “tricálogo complementario” que regiría a la nueva sociedad. 

Conjuntamente, el gobierno del MAS creó el Viceministerio de Descolonización; glorificó el pasado de los incas, su cultura, su lengua, su justica, la moral indígena, nacionalización de los hidrocarburos, entre otros.

Al hacer un recuento de las políticas públicas del MNR del 52 y del MAS, vemos que “el viejo soldado” –como se solía llamar a Marof– se adelantó a su época, al pedir tempranamente “tierras al pueblo y minas al Estado”; a esto se suma el haber traspasado al plano político los preceptos ético morales de los incas, la idealización de la sociedad incaica, el plantear el ofuscado retorno del pasado y el barullo entre lo propio y ajeno. 

Pero toda la originalidad literaria y política de Marof fue opacada por la aplanadora cultural del 52 y la refundación del Estado Plurinacional: en ambos procesos políticos, la historia –o sea de los vencedores– tiene una mirada sesgada de su legado intelectual. Un claro ejemplo de ello, es el ensayo La justicia del inca, que es un testimonio lleno de anhelos, ideales y sueños que nos retratan a una Bolivia alejada de su contexto, cuando, en verdad, edificaba una quimera que llegaría a concretizarse décadas después, con otros actores, otros contextos y otros resultados, que el “viejo soldado” no llegó a imaginar ni ser protagonista de su propia utopía.

 

 

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