Literatura

Vuelos de la belleza

El autor explora la obra de Roger Caillois, para quien las alas de las mariposas, sus dibujos, sus tintes, siguen presentando una especie de enigma indescifrable.
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

Hay animales que nos hacen pensar, a veces, en la belleza no como un invento del hombre ni algo que existe, solamente,  para los ojos de un observador que la proyectara en lo que ve. Hay formas animales, hay alas de mariposa, en efecto, que nos convencen de que la belleza está allá afuera, que ésta no es una mera construcción del espíritu humano. Y la belleza en esos otros animales lo es, y que conste, también y sobre todo, para otros ojos, no humanos. No los nuestros, justamente, pero otros ojos que también perciben la belleza: los ojos de la eventual pareja que elige al macho más engalanado, colorido, más espectacularmente bello.

En los procesos que se le hace a la belleza, ciertos animales deberían ser llamados a declarar, antes que los mismos filósofos.

Pienso en muchísimas de las fotos y filmaciones que hoy circulan en las redes, de animales verdaderamente asombrosos, de aves que ya parecen irreales con sus plumajes de gala y en  insectos de caparazones y formas inverosímiles, ranas multicoloridas y con elaborados dibujos, peces de velos coloreados y matices, tortugas de caparazones con mandalas…

Miles de especies con apariencias que sólo la vieja palabra belleza puede ayudar a describir. De tales apariencias, dice Merleau Ponty  que en ellas  “se manifiesta más bien algo que se asemeja a nuestra vida onírica” y que “hay que atrapar el misterio de la vida en la forma en que los animales se muestran los unos a los otros” pues lo que está en juego, sigue Merleau Ponty, es un “valor esencial de manifestación”. O, dicho en palabras más directas y recordadas por Jankélévitch: “Sin ostentación, dice Gracián, toda perfección se encontraría en un estado violento”.

Y si habíamos  llegado a decir, en todo caso, que la belleza también la perciben los ojos animales, y eso antes aún de mencionar las flores, no hay por qué no declarar a la belleza, de una vez, como  un universal exterior al hombre o, mejor aún, como un universal natural y anterior, que también lo incluye. La belleza no como una Idea que presidiría toda actualización  y se plasmara en cada caso particular, sino simplemente ahí, una en cada caso, cada vez, múltiple e infinita, reconocible por todo ojo (no exclusivamente humano) que mire y sepa mirar.  La belleza de los animales, de las flores, pero también de las nubes, de las auroras boreales, de los paisajes…

A conclusiones semejantes  llegó Roger Caillois al señalar la aparición, en “el mundo biológico en general, de un orden estético autónomo”. Autónomo en cuanto totalmente deslindado de cualquier utilidad. La fastuosidad inservible, puro lujo y no determinada por ninguna función. A tan extremas, y muy fundamentadas conclusiones, Caillois llegó mirando y estudiando “Las alas de las mariposas”, que justamente se llama un maravilloso capítulo de su libro Medusa & Cia. Pintura, camuflaje, disfraz y fascinación en la naturaleza y el hombre. (Seix Barral, 1962).

A Caillois se lo recuerda por estos lares sobre todo por haber sido un descubridor de Borges o por haber enamorado a Victoria Ocampo durante una estadía en la Argentina; Caillois, el mismo que antes de conocer las pampas, era compañero de andanzas de Maurice Bataille y Pierre Leiris, cuando conoció a Bachelard, estuvo con los surrealistas hasta disputarse con Breton y así...

Pero todos los libros de Caillois siguen siendo muy caros para quienes los conocen, por mucho que tal vez no estén resistiendo muy bien al olvido. (Parece que desde los 70 no se lo está reeditando en castellano, mientras en Francia aún subsiste muy bien el Premio Roger Caillois).  La particularidad de sus libros es la atención “diagonal” con que se interesa por cualquier tema y con que lo hace rebotar por otros lados y zonas de un lienzo más grande. Entre las cosas que Caillois amaba, aparte de las piedras y la literatura, las ciencias y los versos, tenía su buen lugar la Tabla de los Elementos de Mendeleyev. Le fascinaba que cualquier elemento del universo, donde sea que estuviere, no podía dejar de ocupar su lugar en dicha tabla periódica. En todo todito el universo, en efecto, no hay más que los 104 elementos que la tabla ordena, en una maravilla de clasificación atómica.

Caillois soñaba en importar, diagonalmente, una idea así a otros reinos para encontrar, en todas partes, un número limitado de formas posibles que se podría ordenar y descifrar en un ejercicio de interdisciplinaridad poética. La forma espiral puede encontrarse tanto en una galaxia como en una flor. Jugó con tales ideas, incluso en su maravillosa Poética de Saint John Perse o en su libro Piedras, donde están de las páginas más hermosas de la gran prosa francesa.

El capítulo de que hablábamos aborda directamente el problema: “Las alas de las mariposas, sus recortados, sus dibujos, sus tintes, siguen presentando una especie de enigma indescifrable. Yo no sé ni creo que nadie sepa para qué puede servir tanto esplendor”.

¿Cómo puede ser que la naturaleza cree totalmente “en vano”, con tanta minuciosidad,  precisión, composición y hasta fantasía? Porque se quiere creer, ignorando incluso no pocas evidencias, que nada escapa, menos aún en el orden del crecimiento biológico, a algún aspecto utilitario y funcional, siquiera en última instancia. La función crea al órgano, se suele decir, aunque montón de excepciones surjan inmediatamente mientras nada se salva, se procura establecer, del criterio de conservación evolutiva.

Caillois recoge la definición del insecto como “mecánico interiorizado”, en cuanto éste es capaz de “inventar” y ser un taladro, una jeringa succionadora, un martillo… Pero no es el caso de los lepidópteros, añade Caillois, a menos que admitamos que la mariposa es un… pintor interiorizado.

Las mariposas, con sus alas que ostentan  “manchas, estrías  y  orlas,  lúnulas  y  camafeos,  festones  y  ocelos”, cumplen a cabalidad ese punto en que la naturaleza, gratuitamente y de puro gusto, hace lo que los hombres llamamos arte.

Caillois lo afirma una y otra vez: “es de absoluta evidencia que impera un enorme despilfarro, y no hay nada, absolutamente nada, que no indique que una especie de dispendio fastuoso, sin finalidad inteligible, no sea una regla más amplia y más obedecida que el estricto interés vital, que el imperativo de conservación de la especie”. Ya tenemos, pues, con qué mirar más atentamente a las mariposas.

 

 

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