Lectura

Reflexiones sobre literatura y periodismo

Un buen periodista es indefectiblemente un literato, y un escritor de literatura apela siempre, de una u otra forma, al periodismo, sostiene este análisis.
domingo, 22 de noviembre de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada 
Escritor

La crónica colonial de Sarmiento de Gamboa, Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala o, por supuesto, Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, no solamente fue el punto de partida de lo que podrían ser la historia y la literatura (como campos del  conocimiento sistemático del pasado y la creación artística e imaginativa, respectivamente), sino que fue el arranque del periodismo. Teniendo en cuenta que éste no solo es información, sino también –y, yo diría, sobre todo– crítica e interpretación exhaustiva de realidades y contextos, la crónica colonial puede ser tomada como el ensayo primitivo periodístico más serio que hasta entonces se haya practicado en estas tierras.

Hoy, los llamados periodistas (aunque, como en todo, hay notables excepciones, y están sobre todo en las trincheras del periodismo impreso) no ejercen su oficio con la altura que éste exige por una razón sencilla y no difícil de distinguir: falta de interés por los libros y la cultura. El periodismo de Chile y Uruguay, países con mejores índices de educación y tasas de lectores mucho más elevadas, por ejemplo, es de una calidad muy superior a la nuestra. Hace poco leí un libro publicado en 2019 por Carlos Mesa, titulado La palabra y la trama: Ensayos sobre literatura boliviana. La parte más interesante de esta obra, más allá de las consideraciones que vierte sobre el canon de la literatura boliviana (para mi gusto, en su mayoría prescindible) es el último capítulo (Apuntes deshilachados sobre periodismo y literatura), que, curiosamente, trata sobre el oficio del periodista en el mundo de ayer y hoy, y sobre el papel importante y hasta indispensable que la cultura y la literatura tienen en el tal oficio. Mesa hace una analogía original al decir que, ya que actualmente, debido a la desmesurada cantidad de conocimiento que hoy existe, sería descabellado pensar ser un homo universalis como lo fueron Leonardo o Goethe, el periodista debería ser lo más próximo a lo que fue el hombre del Renacimiento o universal: curioso y abarcador de todo.

Las redes sociales, en este sentido, irrumpieron –como todo fenómeno social– con puntos positivos pero también negativos. Estos últimos pueden entreverse en la excesiva democratización de la posibilidad opinar y en la igualación de los gustos vulgares. HFC Mansilla diría que hubo una democratización “hacia abajo”. Humberto Eco opinaría algo similar. A esto debe añadirse, por supuesto, la inmediatez de todo lo que ocurre y la necesitad (o ansiedad) de las personas de querer informarse (no necesariamente de cosas importantes).

Analizando esta situación, es necesario ver qué pasa en el terreno de la formación académica. Las escuelas de comunicación social universitarias deben reforzar en sus mallas curriculares las ramas del periodismo de opinión (género importantísimo por ser el precursor del periodismo impreso como tal), la sociología, los estudios culturales y antropológicos y la historia, pues a mi parecer están demasiado enfocadas en la parte técnica de la profesión, como el desarrollo de proyectos y la elaboración mecánica –y muy poco crítica– de una noticia, una entrevista o un reportaje. Aquí me viene una pregunta: una persona que hace de presentador de televisión o de entrevistador en Plaza Murillo, ¿es digno de llamarse periodista, teniendo en cuenta que, para hacer una entrevista buena o una noticia en profundidad, se precisa una amplia cultura previa?

Volviendo sobre el asunto del homo universalis, me pongo a pensar en periodistas de fuste como Vasili Grossman o Stefan Zweig. Ambos viajeros, ávidos lectores y escritores; el primero, además, cronista y el último de ellos, biógrafo. Son lo que representa y hace honor al oficio. Personas con un amplio bagaje cultural, un sentido crítico agudo y una mirada sobre todo lo que acontece en el mundo. Ellos, por ejemplo (y para que no se diga que el mal periodismo es consecuencia del sistema educativo excluyente y discriminatorio), no fueron académicos strictu sensu, sino solamente lectores voraces. Aquí, en Bolivia, hay dos ejemplos notables: Franz Tamayo y Alcides Arguedas. El primero conformó inconscientemente una obra sociológica haciendo periodismo, y el segundo escribió una voluminosa obra histórica haciendo lo propio. En los siglos XIX y XX hubo más ejemplos (bajo el título de publicistas), por supuesto: polígrafos que, por la diversidad y amplitud de su obra, pueden llamarse escritores y periodistas en el más amplio sentido. 

Por otro lado, los cuatro autores anteriormente mencionados hicieron, en todos los géneros que practicaron, buena literatura, en virtud del manejo que poseían de la palabra y del lenguaje. Así, se tiene que un buen periodista es indefectiblemente un literato, y que un escritor de literatura apela siempre, de una u otra forma, al periodismo. (Incluso hacer poesía, apelando a las emociones, a la memoria y al testimonio de la subjetividad, es, de alguna forma, hacer actividad periodística).

En el mundo de informaciones boliviano, hubo algunas tentativas de periodismo profundo y hasta erudito, una de ellas fue la revista Nova de Diez de Medina, que murió por el medio hostil o indiferente en el que nació.

No es casualidad, entonces, que la opinión pública sea frívola y ligera ahí donde el periodismo es superficial. No solo es responsabilidad de la academia, pues una opinión pública despierta y razonable (como la concibe Popper) se debe a un periodismo bien elaborado. La situación de nuestro periodismo televisivo y radiofónico está sencillamente por los suelos. No hay entrevistas en profundidad ni reportajes bien hechos. Esto se debe también al ritmo al que corre la actual vida. Pero como dice Mesa en su libro, que los medios le dediquen espacio a un producto literaria y periodísticamente profundo, tiene y siempre tendrá sentido. Es por eso que la amplitud y la profundidad están peleadas con la rapidez de los acontecimientos, pero están muy hermanadas con la pervivencia a través de los siglos. Por ello, el Relato de un náufrago de García Márquez, o el Viaje a Italia de Goethe, o la obra novelística de Balzac, o la crónica colonial hispanoamericana, relatos todos ellos que están entre la literatura y el periodismo, perdurarán por los siglos de los siglos, no desaparecerán en el torbellino de las publicaciones diarias; son y serán el espejo más profundo de la condición humana. 

¿No hizo Vargas Llosa, en casi toda su obra novelística, un testimonio y una crítica de una época y, por tanto, periodismo? ¿No fue Schiller, siendo historiador y dramaturgo, un periodista? ¿No hicieron Borges y Günter Grass actividad periodística? Es por eso que las palabras historia, literatura y periodismo tienen algo en común: contar historias. Como apunta tan clarividentemente Walter Isaacson en su magistral biografía sobre Leonardo da Vinci, los tuits o posts que ahora escribimos son tan efímeros en el tiempo como el tiempo de lectura que demandan.

El periodismo no solamente es calle ni solamente es “gastarse los zapatos”, como diría Fernando del Rincón, sino es además (y sobe todo, diría yo), aventurarse en el fascinante mundo de los libros y de la literatura. Sentir curiosidad por todo.

 

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