Contante y sonante

Cuadernos de los años malos

En un mundo visto desde el año 2084, en 2020 el homo sapiens se dedicó a destruir el medio ambiente, crear virus y generar mala música.
domingo, 29 de noviembre de 2020 · 00:04

Óscar García
Músico y poeta

En los cuadernos encontrados en un antiguo baúl, olvidado en un cuarto desvencijado de la casona ahora casi en ruinas, cerca de la calle Tarija, en el centro de la ciudad, están escritos las los pensamientos dispersos de Vicente Herminio Conde. Se conoce poco de él pero no se puede, en lo poco que se pudo leer de sus escritos, no reconocer su particular forma de acercar al lector a la realidad, a través de la fantasía. 

Parece que en sus tiempos el terror cubría a la población, el terror infundido por el estado y el temor sembrado por esa especie de dictadura sanitaria causada por todavía no descubiertas intenciones de mermar a la población mundial.

 Se cree que hubo propósito en el desarrollo de virus mortales en laboratorios chinos pero se cree también, en cientos de teorías de la conspiración, que el planeta, por ejemplo, como ser vivo e inteligente, autogeneró defensas para librarse del más grande depredador del mundo: el sapiens. 

En esos tiempos, en los años 2020, los sapiens, además de ocuparse de cosas importantes como deshacerse de los bosques en favor de la ganadería cuyos gases han provocado ya en estos años (2084) un clima infernal que está llenando de alacranes el desierto de la Amazonia, sobre todo en países como la república del Beni y el país Santas cruces, en Sudamérica; también se ocupaban del desarrollo narcisista para compartir el yo en redes digitales de tal manera que se convirtió esa actitud en un trastorno colectivo que derivó en las más ridículas soledades. 

Ciudades llenas de gentes solas con miles de amistades virtuales iguales. Solo en noches furtivas para dedicarse al sexo rápido y carente de toda relación emotiva las gentes se juntaban para huir luego, de todo compromiso, de toda construcción. 

También se dedicaron los sapiens, en las ciudades, por supuesto, a tergiversar el lenguaje, sobre todo el castellano, para tener una relación de paz con el interior. Se trató de quedar bien con toda clase de colectivos y tendencias aún a riesgo de hacer el ridículo. Fue así que en esos tiempos en América del sur, se descubrió el francés como lenguaje alternativo y pretendidamente inclusivo. La palabra idiota es inclusiva, a propósito. De ello se dio cuenta después de largas noches de insomnio, Vicente Herminio Conde.

Los sapiens urbanos en esos tiempos todavía repetían expresiones musicales a las que se denominaban populares, masivas, parte del entretenimiento. Se creía que a mayor producción mayor sería también la efímera fama y la gloria. Fue tanta la producción en esos tiempos, que todo sonaba igual, parecía haber desaparecido el concepto de creatividad e innovación como capacidades del cerebro y fueron remplazadas por la repetición y el modelaje. 

Esta carrera por la producción en todas las expresiones (se publicaba todo porque sí, se exponía todo, se ponía en escena o en los medios digitales desde los ensayos hasta performances de artistas mostrando cómo es que se duchaban o cocinaban un huevo frito sin huevo). 

Fue tanta y tan intrascendente la producción, que ya ven, la inteligencia artificial compone hoy mejor que cualquier humano, eso del entretenimiento. Gracias a ello se recuperó la diversidad, el ingenio, lo sorprendente, lo que interpela, lo que molesta, lo que revoluciona, lo que emociona, lo que estas nuevas sociedades se han propuesto en estos nuevos aires y nuevas patrias: relaciones de respeto con el planeta como inquilinos que somos. 

Ya lo había visto venir Vicente Herminio Conde, está en sus escritos breves. El mundo, con sapiens o sin sapiens, a pesar del estado precario de los años 20, va a ser mejor. Lo que no va a ser mejor, va a ser lo humano.

 

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