Poesía

Epistolarios románticos de Byron, Shelley y Keats

Correspondencia de los tres poetas ingleses más influyentes del romanticismo europeo, parte de la segunda generación poética romántica inglesa.
domingo, 29 de noviembre de 2020 · 00:04

 Ricardo Bellveser
Escritor

(Lord) Byron, (Percy Bysshe) Shelley y (John) Keats, conforman la segunda generación poética romántica inglesa, y con toda probabilidad son los poetas más famosos, incluso más star e influyentes del romanticismo europeo. 

Se suele afirmar que el romanticismo es un invento alemán. Como movimiento y como actitud literaria se trata de una reacción contra el neoclasicismo, a la que los franceses llegaron tarde, porque se hallaban bien a gusto encabezando el movimiento Ilustrado, dando nombre al Siglo de las Luces en el que había que “ahorcar a los reyes con las tripas de los curas”, de ahí que la guillotina sonara como un tamborilero constante en su labor ejecutora de reyes, príncipes y aristócratas.

También llegaron tarde los españoles, aunque con aportaciones de gran talento y los italianos. Byron (1788-1824), Shelley (1792-1822), y Keats (1795-1821), se caracterizaron por morir muy jóvenes, a los 36, 30 y 26 años de edad respectivamente, y hacerlo en circunstancias extrañas, Byron luchando contra los turcos para liberar Grecia, Shelley de tuberculosis en la plaza de España de Roma, –en su tumba se mandó escribir “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”–,  y Shelley en las cercanías de Pisa, ahogado cuando capitaneaba su yate “Don Juan”; fue incinerado, pero antes su esposa Mary le extrajo el corazón, lo guardó en un pañuelo de seda y lo conservó hasta su muerte que sucedió treinta años después, en 1851.

 Mary Shelley (1792-1851) es otro de los grandes personajes de este periodo. En la villa suiza de Byron, donde estaban confinados a causa del invierno volcánico del Tambora de 1816, se reunieron ellos y algunos otros autores del momento, y se retaron a improvisar cada uno una historia literaria de terror. 

Una noche, Mary Shelley leyó un relato que había inventado el día anterior y que tituló Frankenstein o el moderno Prometeo, con lo que estableció los cánones, no solo de la novela gótica romántica, sino también de lo que mucho después se vendría a denominar ciencia-ficción.

Añadida Mary Shelley, este cuarteto es en cierto modo responsable de que hoy, en un acto erróneo  bien notable, cualquier historia de amor, sea ésta como sea, se la encasille como “romántica”, lo que se hace para las producciones de cine, televisión, teatro, novela o poesía, todo lo relacionado con amor de pareja se le llama romántico en una expresión muy inadecuada. 

Cierto que la libre elección de pareja, la idealización de las relaciones amorosas, el apasionamiento, incluso la visceralidad con la que estas emociones se desarrollan tienen raíz romántica, pero no debería justificar el uso impropio que actualmente se hace del término.

El escritor y traductor catalán Gonzalo Torné, ha tenido una iniciativa llena de luz: se ha preguntado qué sentido tenía el amor para los poetas de la segunda generación, los –digámoslo así– más verdaderos después de Goethe, pero no estaba interesado por lo que podrían ser tan solo declamaciones poéticas, sino por fuentes más sinceras, como las cartas que se escribían y se cruzaban entre ellos y con sus amantes, –“los poemas, dice Torné, pueden tener algunas complicaciones de acceso, pero sus cartas se leen como se bebe agua”– en las que hay declaraciones directas, y el resultado de esa exploración ha sido El mundo roto. Tres epistolarios románticos (Alpha Decay, 2020), en referencia a la correspondencia de Lord Byron, la más extensa de todas, supera la mitad del libro, la de Keats y la de Mary Shelley.    

En la promoción del libro, la editorial toma unas frases de Torné, en las que el antólogo y traductor asegura, “El amor aquí está pegado a la vida, asociado a las personas que lo despiertan, reducido al segmento de tiempo en que prospera y entreverado a las condiciones materiales que lo propician o lo complican”. 

El resultado es un libro de una infrecuente intensidad, muy revelador de las emociones contenidas, y que fulmina los tópicos de llamar “romántica” a toda relación, historia o romance amoroso almibarado que deberían llamarse novelas o películas ‘sentimentales’ y dejar el término romántico para lo que lo es verdadera y rigurosamente.

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos https://www.paginasiete.bo/contacto/

Valorar noticia

Otras Noticias