El Chicuelo dice

El secreto de todas las cosas

El sapito y la Regina saben que un rato antes de morir uno puede ver todas sus tristezas y sus pocas alegrías...
domingo, 8 de noviembre de 2020 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate
Escritor

 

1

Todas las cosas que iban a pasar, ocurrieron ya. Por ejemplo, los días cuando eras chiquita, Regina, los días cuando correteabas por el río Orkojahuira, ese que está detrás de la piscina municipal. Corrías saltando charcos o subiéndote a piedras gigantes. Entonces yo sabía estas cosas: las mañanas cuando te despertabas y mirabas las patas de tu hermano menor, el Coqueluche, y a tu costado la boca abierta del Chipilín, el más pequeño de todos, el que miraba al Chucky por todo lado. 

Que si estaban desayunado pan con café, él dejaba de hacerlo porque el Chucky está allá abajo, cuidado me muerda de mi pie. Que si su papá le ordenaba corré a comprar tres cervezas a la tienda, rápido, mi hermano que no porque el Chucky estaba en la esquina esperándome con su cuchillote. De pronto, cuando ocurría eso, te convertías en un oso y me olvidaba de mi papá borracho y flojo, me olvidaba de mi mamá que un día ya estoy harta de ustedes y se salió del cuarto donde todos dormíamos y nunca más volvió. Se salió del cuarto donde hacíamos las tareas, aunque yo solo a veces, porque prefería aplanar calles o correr por el río seguida de mi perrita la Choquita. 

Que era rubia y alegre y flaquísima como un palo.
 
2

Ese día, un día cuando te mojabas los tobillos y sentías el vacío en el corazón, el vacío que producen todos los ríos arrastrándose como una viborita, cuando la Choquita se había ido a buscar comida al mercado del Cruce de Villas, entonces apareció un sapito sobre una piedra, hinchando y deshinchando su cuerpo, mirado a los costados todo desconfiado. El sapo se desinfló y como una cosa natural hola, hijita, ¿por qué no estás haciendo tus tareas vos? La Regina miró a sus costados, pensó a lo mejor es la voz de mi conciencia, o a lo mejor es la voz de mi mamacita que tal vez se murió y su alma está viniendo a pedir perdón por habernos abandonado. 

Sin embargo, eso no era, porque el sapito dio un par de brincos y se paró sobre mis tenis, abrió y cerró sus ojitos y cuando ya estaba por escaparme: ¿Piensas estar todo el día acá, hija? Se movió de donde estaba, se metió a un charquito, sacó una pipa, la encendió y empezó a fumar. Yo sé el secreto de todas las cosas. Sé, por ejemplo, que un rato antes de morir uno puede ver todas sus tristezas y sus pocas alegrías. Y se decepciona de dios porque no existe o siempre está mirando hacia otro lado.

Pobrecita de la Regina, quiso llorar de la pura impresión. Y cuando ya dos lagrimones empezaban a salir, el sapito, pero sé cómo puedes ver tus pocas alegrías cuando estés por estirar las patas. Sé cómo puedes hacer para no arrastras un rosario de penas, hija. Y yo ya está, ya me he vuelto loca, y yo ya está, me van a llevar derechito al Pacheco. ¿No dices nada, no?, preguntó el sapito. ¿Crees que soy una visión que te estás inventando? Como yo no decía nada, el sapito ordenó sentánte a ver, y después dio un brinco hasta mis faldas. ¿Te acuerdas de esos que paran en la esquina de tu casa? Y yo sí, don sapo, ¿esos que son parientes de la señora Estela? El sapito suspiró, y volvió a inflar su cuerpo: esos mismos, ¿los que dicen son ladrones, disculpe? Don sapo no contestó, porque seguía con la mirada una mosca gorda y medio verde y de pronto ¡zapas!, que se la come y solo después de un rato: Disculpá, es que el hambre no perdona.

Luego calló y cuando ya estabas a punto de preguntarle si podías irte, don sapo te detuvo: quiero que me hagas un favor.
 
3

Al día siguiente comenzó todo. La Regina se acercó a esos que paraban en la esquina, quiero andar con ustedes. El más viejo la miró con desprecio y cuando estuvo a punto de mandarla a la mierda, el más joven a qué te estás refiriendo. Regina pensó cómo saldría la Choquita de esta situación. Tal vez se escaparía. Tal vez les ladraría. O tal vez les movería la cola.

Y Regina optó por esta última opción.

 
4

Se metió con ellos y los muy carajos me agarraron de su empleada. Que tenemos hambre, que hay que lavar esta ropa, que guardá esta bicicleta hasta mañana. Eso al principio, hasta el día en que el más viejo, el que la miró con desprecio, no apareció en la esquina y cuando yo pregunté, está herido en su casa. Desde ese día la agarraron de soplona. 

Vos te quedas aquí bien parada en este poste mientras nos metemos a la casa de allá. Si aparece alguien tocas con esta piedra un montón de veces como si fuera campana. ¿Entendido? La Regina parpadeó, miró fijamente y por un segundo se sintió el sapito ese que le había hablado en el río. Buscó una frase y como no se le ocurría nada repitió lo que el Coqueluche siempre decía cuando se le ordenaba algo: copiado y procesado.

 
5

 Obviamente todo salió mal. Cuando los otros se metieron a la casa y cuando yo vigilaba como me habían dicho, de la nada –literal– apareció de la esquina una pareja dándose besos, y cuando la Regina estaba a punto de tocar el poste se paralizó. ¿Miedo? ¿Falta de experiencia? ¿O simple y sencillamente no había nacido para ladrona? Vaya uno a saber. La cosa es que la pareja entró a la casa y yo detrás de ellos para alertar a mis amigos.
 
6

 Lo que vino después fue pura confusión. Solo que hubo muchos gritos, solo que el chico que conformaba la pareja salió a la ventana y gritó ¡ladrones! Solo que, como un millón de caballos desbocados, aparecieron un montón de vecinos. Y como le pasaba a don sapo, yo comprendí el secreto de todas las cosas.

7

Mientras la Regina se moría y alguien le chancaba tremendo piedrazo en la cara y mientras saltaba sobre el mismo lugar porque el fuego le carcomía su espalda y mientras solo miraba con un ojo y reconocía a uno de sus amigos hecho una bola de carne, y mientras pasaban esas cosas dentro de mí surgía la lluvia y luego aparecía el sol y le decía qué bonitas tus pichicas, Reginita, y mientras todo el mundo se desmoronaba y se convertía en puro adobe, dentro de mí se levantaba una casa con su bañito y mi propio cuarto y cuando eso pasaba la Choquita me saludaba moviendo su colita porque yo había vuelto del colegio: mirá qué feliz me pongo al verte, ama, ¿qué cosa me lo has traído del kiosco, mamita?

Y después el río Orkojahuira lo arrasará todo.

 

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