Literatura

Para una biografía no autorizada de Guzmán de Rojas

Los mitos que rodearon la vida y la obra    del gran pintor boliviano llegaron a la literatura con la pluma de Adolfo Costa Du Rels, Marcial Tamayo y Oscar Cerruto.
domingo, 8 de noviembre de 2020 · 00:00

Walter I. Vargas
Ensayista y crítico literario

Si yo fuera biógrafo y me encargaran ocuparme de la vida de Cecilio Guzmán de Rojas, comenzaría por preguntarme sobre el curioso hecho de que haya antepuesto a su apellido materno la preposición “de”, que suele aludir vagamente a cierta alcurnia, siendo que su madre se llamaba meramente Justa Guzmán y su padre era, también meramente, Cecilio Rojas. O partiría, de manera menos convencional, por contar el final de su vida, marcada por el hecho siempre magnético de su autoeliminación en 1950, en Llojeta. 

Pero sea como fuere, luego tendría que ocuparme, para dar color al libro, a dos verdaderos mitos urbanos que lo acompañaron, caracterizándolo como un hombre entre extravagante, extraño y una pizca de siniestro, siempre amén de su fundamental obra pictórica. Primero, que sus padres, cuando Justa lo esperaba en su vientre, habrían encontrado en el famoso colegio Pichincha de Potosí un tesoro colonial, un tapado, riqueza con la cual pudo hacer sus estudios de arte en Europa. Y segundo, ese aspecto ocultista y misterioso que asumió en la segunda etapa de su vida. 

La leyenda ha llamado la atención de los escritores de esa época, siempre curiosos y ansiosos por descubrir aspectos vistosos de la realidad para explotarlos en sus obras. El primero fue Adolfo Costa du Rels, que hizo un cuento llamado La buena suerte, incluido en su libro El embrujo de oro, publicado originalmente en francés en 1930 y presumo que traducido por él mismo al español para publicarlo en Buenos Aires, en 1948. Tiene el típico tono del realismo costumbrista latinoamericano de esa época, pero con asomos de fantasía terrorífica, como ocurre en otros cuentos de ese libro, lo que, dicho sea de paso, lo hace desigual. 

Costa opta por disfrazar los nombres reales con otros ficticios, por eso el protagonista es el profesor Álvaro Trigueros (no hay que olvidar que el padre de Guzmán también fue profesor), y cuenta cómo, en la necesidad de limpiar la chimenea, descubre con su esposa un tesoro de reliquias eclesiásticas, pero con curas embalsamados. Después el cuento se arruina. 

Por su parte, Marcial Tamayo, el sobrino de Franz, escribió un cuento breve al respecto, Hallazgo de un tesoro. En este caso se trata de un pintor que, ya hombre, descubre junto a su hermano el tesoro de un obispo que igualmente se desmorona al contacto con el aire. De manera que gracias al dinero va a Europa a estudiar arte y en busca de un maestro (un pintor siempre tiene que tener un maestro). Vuelto al país descubre que en el rostro del obispo, esta vez pintado en cuadro,  se dibujan nítidamente las facciones de su maestro. O sea, un cuento a la medida de las necesidades de Borges, por lo cual éste, con Bioy Casares, lo incluyeron en los Cuentos breves y extraordinarios, la selección de 1941 de ese tipo de breverías, precursora de lo que después fuera explotado sin misericordia por la medianía literaria: lo breve, lo escueto, lo que derriba de un golpe. 

Esta leyenda tiene otra versión del propio hijo de Cecilio, Iván, que a su vez supo ser interesante con sus elucubraciones sobre el aymara. Dice en una página web dedicada al gran pintor (http://www.neotec.cc/gallery/sala2/index_es.html) que su abuela, “gorda” ella, id est, en la dulce espera, aseguraba haber sido sorprendida por una monja fantasmal que le señalaba  un tesoro a su disposición, destinado al “tesorito” que llevaba en la panza. Lo que digo: para ser artista hay que empezar por creérsela.

Finalmente, Oscar Cerruto también la emprendió con Guzmán de Rojas en su cuento inacabado La muerte mágica. Pero en este caso parece que el escritor paceño vaciló entre centrarse una vez más sobre el mencionado asunto del tapado, o volcarse más bien a explotar el aspecto esotérico de Cecilio, que ahí también se le abrían las perspectivas halagüeñas de aprovechar lo que ya se veía venir como un nuevo arrobamiento literario: la fantasía, lo maravilloso, lo feérico. 

A diferencia de los otros dos, Cerruto renuncia al disfraz literario, y después de referirse brevemente al mencionado origen fabuloso de su dinero, se decanta más bien por una suerte de crónica, según la cual el propio Guzmán le habría contado cómo se había deshecho de un enemigo argentino (Delponte, disimulado en el texto como Delepiane) que, entre otras maldades, como arruinarle un amorío prometedor, le robara su famosa técnica coagulatoria, en opinión de Guzmán un determinante hallazgo pictórico.

Lo que llama la atención no es tanto el robo en sí, sino el expediente nada convencional usado por el súbdito argentino: hipnotizar al artista, en mérito de lo cual éste habría recurrido a su vez al don mágico de desdoblarse para cruzar espiritualmente el charco y asesinarlo empujándolo a los autos en una acera de Londres. Cosas que pasan.

A propósito de la famosa “técnica coagulatoria”, fue al parecer el motivo de que se empezara a dudar seriamente de si Guzmán conservaba plenamente sus cabales. Pues fue en esa época cuando se volvió vegetariano, reduciéndose a pintar solo de noche, y desarrollando cada vez más su afición por la hipnosis, el desdoblamiento, los dones curativos (masajismo con imanes o magnetoterapia, que me interesó vivamente, dada la tendinitis crónica que sufro en el hombro derecho). Cuando se dedicó a glorificar su descubrimiento coagulatorio en conferencias, e incluso fue citado en el Time, en 1948 (hay la versión de que incluso habría malogrado algunos cuadros coloniales con la famosa técnica). 

Estamos en 1948, así que, como dije, será dos años después que nuestro Cecilio pondrá fin a sus días de la manera que se sabe. Algunos conjeturan sobre una depresión sufrida por los siete meses que pasó en la guerra del Sudeste, y otros lo atribuyen al frío y la soledad del año que pasó en Londres, cuando lo ocuparon en la restauración de cuadros malogrados por la segunda guerra. Y yo por mi parte, en la medida en que esto no es más que un irresponsable divagar periodístico sobre el “caso Guzmán de Rojas”, conjeturo que quizá se haya sentido simplemente cansado de vivir.

 

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