Reseña

Pensar a Tristán Marof en el presente

Luis Tapia acaba de publicar un libro dedicado a destacado este novelista, ensayista y probablemente el primer socialista con teoría propia en nuestro medio.
domingo, 8 de noviembre de 2020 · 00:00

Erika J. Rivera
Magister DAEN

   En el contexto actual de las ciencias sociales brilla con luz propia el politólogo y filósofo boliviano Luis Tapia, cuya obra es importante para entender el desarrollo de las ideas de los últimos cien años. El último libro de este autor se titula: Tristán Marof, justicia y socialismo (octubre 2020). Es un texto breve y preciso con un contenido profundo e informativo sobre la vida y obra de Gustavo Adolfo Navarro (1898-1979).
 

Las generaciones en el presente no vislumbramos la originalidad y la relevancia de Marof, quien fue un destacado novelista, ensayista y probablemente el primer socialista con teoría propia en nuestro medio. Este análisis de la obra de Marof nos ayuda a comprender la evolución de las ideologías de izquierda en Bolivia, y así articular una “conciencia activa y reflexiva de las ideas socialistas en el país”, como señala Tapia.

   En 1924 Marof lanzó el famoso lema: “Tierras al pueblo, minas al Estado”, programa que anticipa las dos mayores conquistas de la Revolución Nacional de 1952. En su libro La justicia del inca (1926), Marof realiza una de las primeras revalorizaciones del imperio incaico como un sistema social de corte comunista, que se habría destacado por la propiedad estatal de los medios de producción, la economía planificada y la prosperidad generalizada. 

Es una concepción que, en lo esencial, reiteran hoy algunas corrientes indianistas. Marof construye una visión optimista y romántica del Incario, atribuyendo a este último cualidades éticas y organizativas que son controvertidas. Marof confiere al imperio incaico un carácter paternalista y asistencialista que resulta apolítico y antidemocrático, pues, como dice Tapia, este orden carecería de “conflictos sustantivos”, lo que es esencial para toda democracia.

   Marof puede ser considerado como un pionero en el análisis de la cultura política boliviana, que se ha caracterizado por el caudillismo carismático, lo que es posible, según este autor, por la ignorancia de las masas. Por ello es que Marof propagó dos soluciones: la educación y la construcción de caminos. 

   Luis Tapia afirma que desde un comienzo Tristán Marof fue “un acérrimo crítico” del nacionalismo en todas sus variantes. En efecto: este autor atacó permanentemente posiciones e ideologías nacionalistas, y señaló los nexos entre el nacionalismo y el fascismo. Por ello nunca desarrolló ni la más mínima simpatía hacia el Movimiento Nacionalista Revolucionario (“una pandilla de resentidos”), al que acusó en la década de 1940 de tener estrechas vinculaciones con el nazismo alemán y recibir fondos de la embajada alemana en La Paz. En varios escritos describe con detalle a los dirigentes nacionalistas como hábiles manipuladores de la conciencia colectiva, aprovechándose del “ambiente primitivo y emocional del pueblo”. 

   Marof insiste repetidamente en dos aspectos de la cultura política boliviana, siendo junto con Alcides Arguedas –a quien detestaba cordialmente– uno de los primeros analistas del autoritarismo político y cultural. En primer término fustiga a los políticos tradicionales, entre los cuales coloca en lugar preferente a los miembros del MNR, por ser gente sin escrúpulos y sin ética, a quienes acusa de imitar los métodos de organización, control y represión de los partidos fascistas. 

Seguidamente describe a las masas como segmentos sociales que hubieran carecido del nivel educativo y cultural para juzgar adecuadamente programas y alternativas políticas, segmentos que, de acuerdo a Marof, están dominados todavía por emociones e intuiciones irracionales que son utilizadas astutamente por los manipuladores  profesionales de todos los partidos. 

Por lo expuesto, este autor nunca gozó de las simpatías de las agrupaciones políticas y de sus dirigentes. Siempre fue un solitario, un ermitaño intelectual, que en la sociedad de los sentimientos por antonomasia, como es Bolivia, apelaba a quimeras como el uso de la razón y la educación racionalista en cuanto instrumentos privilegiados de la convivencia social.

   El autor asevera que en el fondo Marof era un crítico del atraso material y cultural, que él lo denominaba “feudalismo”, como era lo usual en la primera mitad del siglo XX, empleando un concepto marxista. Solo “la electricidad y la organización”, es decir: la introducción masiva de la tecnología más avanzada y la estructuración racional del orden social, nos permitirían superar el feudalismo, pensó Marof toda su vida. Por ello fue abandonando de manera paulatina sus convicciones socialistas y revolucionarias. 

   Aquellos que lo conocieron en su ancianidad lo recuerdan como un hombre alto, esbelto, delgado y de porte elegante pese a su precaria situación económica, un experto en el coloquio en círculos pequeños por su gran cultura, a quien nunca abandonaba un aire de melancolía y tristeza. Había tenido una juventud turbulenta, había viajado por muchos países e inspirado la creación de varios partidos y movimientos izquierdistas, y en la vejez su única compañera fue la soledad.

   Tapia señala que la significación de Marof para la época contemporánea reside en haber postulado la industrialización de Bolivia, pero “subordinada a una matriz local o regional endógena”. La modernización del país debería tener lugar conjuntamente con la concepción incaica de justicia y de trabajo colectivo según los valores de la propia tradición. Marof anticipa, de alguna manera, la concepción de lo “nacional-popular” de René Zavaleta Mercado: un socialismo no eurocéntrico, nos dice Tapia, “enraizado más bien en la experiencia histórico-política prehispánica regional y en su cultura”. El socialismo del futuro, concluye, debe abarcar “la forma comunitaria y sus principios de relación con la naturaleza”, lo que habría sido vislumbrado por Tristán Marof.

   En 1969 Guillermo Lora escribió: “A lo largo de toda nuestra historia seguramente nadie como Marof llegó a convertirse en el depositario de las ilusiones de las tendencias y de las clases sociales más diversas”. 

Hoy al realizar esta reseña recuerdo lo que aprendí de Tapia en una conferencia: aproximarse a un autor sin prejuicios o preconceptos. Leer a un pensador sin denostarlo con anticipación. 
 

 

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