Entreclásicos

Declive y caída de la lengua española

Una reivindicación de la lengua de Cervantes en clave de humor e ironía sobre una nueva Ley Orgánica de Educación, en España, bautizada como Ley Celaá.
domingo, 13 de diciembre de 2020 · 00:00

Rafael Narbona
Escritor y crítico literario

Kant afirmaba que la humanidad avanza ineluctablemente hacia lo mejor. A veces, nos desalentamos pensando que no es cierto, pero siempre hay un signo luminoso de esperanza que nos ayuda a recobrar el optimismo. Kant citaba la Revolución francesa como ejemplo y confirmación de ese progreso indefinido. En nuestros días, la abolición del español como lengua vehicular constituye la señal gracias a la cual sabemos que avanzamos hacia un porvenir utópico, donde el castellano ya no oprimirá a las naciones periféricas, víctimas de incontables agravios. 

España no se merece tener una lengua oficial, pues no es una nación, sino un Estado opresor. Si queremos legar un futuro de libertad, paz y prosperidad a las próximas generaciones, deberíamos hacer todo lo posible para acabar con la hegemonía del español, aún presente en tantos países. No se trata de una comunidad de hablantes, sino de una masa esclavizada por el idioma de Cervantes. 

No es suficiente arrebatar al español su condición de lengua vehicular. Si quieres extirpar una planta invasiva, no sirve de nada arrancar las hojas y cortar el tallo. Debes ir a la raíz o volverá a brotar. El español, una lengua inventada para sojuzgar, seguirá ensombreciendo el futuro de los pueblos mientras perviva incluso como lengua minoritaria y marginal. Por eso es necesario adoptar medidas radicales que borren el español de la faz de la tierra, convirtiéndolo en un fósil que solo suscite el interés de los arqueólogos y –¿por qué no decirlo?– los patólogos. 

El español no es una lengua, sino una patología colectiva, como las procesiones de Semana Santa, los concursos florales de los patios cordobeses, la romería de El Rocío, los belenes de Navidad, la fabada asturiana, el pote gallego, la morcilla de Burgos y los dulces de santa Teresa. Todas esas aberraciones solo son las distintas cabezas de la hidra fascista, serpiente policéfala de aliento venenoso. 

No será posible erradicar el idioma de El Lazarillo y La Celestina sin reducir a escombros la Real Academia de la Lengua Española. Una institución real es un vestigio de las formas más primitivas de vida, como los protozoos, los citoplasmas, la síntesis prebiótica, las algas microscópicas y los microbios. 

En cuanto a lo académico, no es alternativo, solidario, inclusivo y progresista, sino rancio, discriminatorio, excluyente y patriarcal. Los académicos son palos en la rueda de la historia. Cuando el edificio de la Real Academia de la Lengua Española sea pulverizado y se edifique sobre su solar un edificio dedicado a la memoria de Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana, los académicos –implacable flagelo de los hablantes que sueñan con romper las cadenas de la gramática y la sintaxis– deberían ser deportados a Haití, preferiblemente en cayucos o embarcaciones hinchables de segunda mano. 

Sería deseable que les acompañaran las ediciones en papel del Diccionario de la Real Academia, pues con algo de suerte acabarían en el fondo del mar, haciendo compañía a los galeones españoles hundidos por los heroicos filibusteros ingleses. El fantasma de sir Francis Drake probablemente se regocijaría, experimentando la sensación de haber logrado una victoria póstuma. 

Cuando la Real Academia de la Lengua Española haya sufrido el mismo destino que la Academia de Atenas y la Biblioteca de Alejandría, felizmente clausuradas y casi olvidadas, habrá que enfrentarse a un enemigo no menos colosal: el Quijote. El Quijote no es un libro, sino un nuevo Caballo de Troya utilizado para someter y colonizar a los pueblos. Es el mascarón de proa del imperialismo español, una Armada Invencible de papel que ha logrado sobrevivir a la furia de los elementos. 

Su artífice, el tristemente famoso Miguel de Cervantes, era un soldado con un turbio historial: fugitivo de la ley en su juventud por una reyerta tabernaria, presidiario en su vejez por apropiarse de dinero público. En definitiva, un rufián o, lo que es lo mismo, un español. Su paso por la cárcel no le quitó de la cabeza su amor por la violencia.

 ¿Acaso no describió la batalla de Lepanto como “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”? Cervantes se enorgullecía de su condición de soldado y escogió a un escudero como coprotagonista del Quijote, evidenciando sus prejuicios clasistas. Sancho Panza, un humilde y honesto trabajador, sufrió en sus carnes la iniquidad de la eterna lucha de clases. 

Explotado por Alonso Quijano, un señorito cantamañanas, solo recibió como estipendio palos y escarnios. Cabe preguntarse, además, ¿por qué Cervantes escogió dos hombres como protagonistas? Por supuesto, no le pasó por la cabeza la necesaria igualdad de género, que demandaba un reparto equitativo de los papeles entre los sexos.

La lengua española seguirá causando estragos y ultrajes hasta que todas las bibliotecas del planeta sean expurgadas y los ejemplares de Quijote ardan en una hoguera como la del capítulo sexto de la infausta novela del Manco de Lepanto. Deben correr la misma suerte todos los autores que han profesado un españolismo incorregible, como Pérez Galdós, que declaró: “Cercano al sepulcro y considerándome el más inútil de los hombres, ¡aún hace brotar lágrimas de mis ojos, el amor santo de la patria! Maldigo al escéptico que la niega, y al filósofo corrompido que la confunde con los intereses de un día”. 

En la misma línea, Ortega y Gasset afirmó: “Toda mi obra y toda mi vida han sido al servicio de España. Y esto es una verdad inconmovible, aunque resultase que yo no hubiera servido de nada”. Unamuno y Baroja, otros dos españolistas recalcitrantes, cuestionaron que en España se pudiera hablar de naciones oprimidas. Todos esos autores deberían desaparecer de los callejeros, los libros de textos y, si es posible, las bibliotecas. ¿Cómo es posible que Antonio Machado, que cantó a los campos de Castilla, quintaesencia de la barbarie ibérica, pueda estar en el callejero de Cataluña?

Afortunadamente, los españoles han adoptado algunas medidas que pueden contribuir a la erradicación de su propio idioma. En los colegios bilingües ya se estudia a los reyes católicos en inglés. Nuevas generaciones de estudiantes saldrán de los centros educativos hablando una neolengua donde el español, el inglés y las abreviaturas utilizadas en los mensajes de WhatsApp se mezclarán de forma caótica, cerrando el paso a las ideas complejas y a ese dominio del propio idioma sin el cual no brotan poetas, novelistas o pensadores. Es un horizonte verdaderamente utópico. Utópico, claro, para los que detestan el español. 

El bilingüismo pone de manifiesto que la astucia de la razón de la que hablaba Hegel no es una fantasía. A veces, es necesario dar un largo rodeo para conseguir algo que parecía más sencillo por otro itinerario más corto. Vargas Llosa, otro español furibundo pese ser oriundo de una tierra conquistada a sangre y fuego por el Imperio Hispánico, ha dicho que la desaparición del español como lengua vehicular es “una idiotez sin límites”. 

Se equivoca. No es una idiotez, sino una ocurrencia genial. Si prospera –y todo indica que sí–, el Estado español se romperá y, dentro de unos siglos, solo habrá un mosaico de aldeas independientes habitadas por trogloditas de piel gris, mirada bestial y comportamiento infantil, seres que no habrán olvidado el egoísmo, la codicia o la estulticia, pero que serán incapaces de razonar, meditar o decir algo con una brizna de sensatez. 

Algunos se horrorizarán ante esa perspectiva. No han entendido que –tal como nos enseñó Jardiel Poncela– “hay dos sistemas de lograr la felicidad: uno, hacerse el idiota; otro, serlo”. Cada vez estamos más cerca de haber alcanzado la perfección en ese segundo sistema.

* El 19 de noviembre, La Real Academia Española emitió  un comunicado, consensuado en el pleno de los académicos, en el que mostraba su preocupación por algunos de los postulados de la nueva Ley Orgánica de Educación, bautizada como Ley Celaá, en concreto aquellos relativos al uso del español en los diversos niveles de enseñanza.

La RAE espera que el Gobierno no se desvíe “de la protección que el artículo 3 de la Constitución dispensa al español como lengua oficial del Estado que todos los españoles tienen el deber de conocer y el derecho de usar”. Además, los académicos expresan en el comunicado que su principal preocupación “es que el futuro texto legal no ponga en cuestión el uso del español en ningún territorio del Estado, ni promueva obstáculos para que los ciudadanos puedan ser educados en su lengua materna”.
 

 

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