Libros y cine

Escalofríos reales en el arte

El terror es un lienzo en el que los realizadores pueden hablar de temas escabrosos de una forma atractiva y, a la larga, menos terrorífica.
domingo, 13 de diciembre de 2020 · 00:00

Jorge Manuel Soruco Ruiz
Periodista

El escenario: una iglesia como cualquier otra de EEUU tras un acto religioso. Época: mediados de los 80. Protagonistas: un par de religiosas que se acercan a uno de los asistentes, un director de cine. 

“¿Cómo puede mostrar cosas tan terribles como demonios del sueño y asesinos seriales en sus películas?”, preguntaron. El interpelado, un cineasta que respondía al nombre de Wes Craven, respondió “¿En qué mundo viven que no hay monstruos? Me gustaría irme a vivir allí, ya que nuestra realidad está llena de ellos. Yo solo me limito a hacerlos más digeribles para el público”.

Esta anécdota sería repetida por Craven cada vez que le preguntaban de dónde salieron algunas de sus creaciones más famosas como Ghostface (Cara de fantasma) en la película Scream (1996) los muntantes de Las colinas tienen ojos (1977) o Freddy Krueger de Pesadilla en la calle Elm (1984). El realizador siempre aseguró que sus demonios tienen su cuna en los noticieros y la historia.

Los abusos de militares a civiles en la Guerra de Vietnam fueron reproducidos en La última casa a la izquierda (1972), además de recuperar casos de violencia vigilante; Freddy Krueger se basa en abusadores de niños como John Wayne Gacy y en un extraño caso real en el que migrantes nigerianos murieron mientras dormían y La serpiente y el arcoíris (1988) es resultado de una investigación que el director realizó en Haití.

Cuatro décadas después, el terror sigue siendo un espejo distorsionado de la realidad, un lienzo en el que los realizadores pueden hablar de temas escabrosos de una forma atractiva y, a la larga, menos terrorífica.

Esa fue una característica del género desde que el ser humano cuenta historias. Lo saben muy bien quienes han logrado leer las versiones sin cesura de los cuentos de hadas, en los que el lobo quiere de Caperucita por algo más que sustento; el príncipe abusa a la Bella Durmiente; los enanos no acogen a Blancanieves de forma gratuita y el castigo que ésta y su príncipe aplican a la madrastra hace que la muerte que presentó Disney se vea como un premio.

Eso sin contar con los relatos de seres de ultratumba, siempre referentes a hechos y sentimientos reales. Cuando Homero hace que Odiseo hable con los muertos en realidad explora los traumas de la guerra.

Sin embargo, el terror como tal surge en el siglo XVIII con el nacimiento del subgénero gótico. El castillo de Otranto (Horace Walpole, 1764) es la primera novela considerada así y abrió la puerta a todo tipo de monstruos, humano o sobrenatural, recogidos tanto del folklore local como de las crónicas.

Muchos de los títulos más emblemáticos que le siguieron imprimieron una fuerte dosis de realismo, incluso en medio de los encantamientos y posesiones. Y uno de los ejemplos más importantes es Frankenstein o el moderno Prometeo (Mary Wollstonecraft Shelley, 1817).

Mucho se ha escrito acerca de esta obra seminal –también considerada como la primera de ciencia ficción– y todo concuerda en que la autora aborda varios temas concretos que siguen tan vigentes como hace 200 años: la investigación científica sin contemplaciones éticas; hasta qué nivel pueden y deben llegar los investigadores; la responsabilidad paterna ante el vástago y la sociedad; la disputa entre nacimiento y crianza; ¿se nace malo o uno se hace?; asumir responsabilidades…

Si bien posteriores adaptaciones dieron el papel de villano a la criatura creada por Víctor Frankenstein, cambiando su definición por monstruo, en la obra original esa posición es exclusiva del doctor. Este personaje es el científico que causa un desastre por no asumir la responsabilidad sobre su creación, hasta que es ya demasiado tarde. Digamos una versión original de Julius Robert Oppenheimer, quien dijo: Me convertí en la muerte, el destructor de mundos, tras ver el efecto de la bomba atómica.

En Carmilla  (Sheridan LeFanu, 1872) se utiliza a la vampiresa homónima para hablar de las relaciones lesbianas y la opresión victoriana hacia las mujeres; El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Robert Louis Stevenson, 1886) cuestiona las contradicciones sociales, políticas y morales del Imperio Británico; Edgar Allan Poe escribía sobre sus miedos íntimos (El Cuervo, 1845) y sobre eventos que encontró cuando trabajaba como periodista (La narración de Arthur Gordon Pym, 1838); Bram Stocker en su Drácula (1897) no solo recupera la figura del príncipe valaco Vlad Tepes, sino que presenta la lucha entre la “luz de la ciencia y la oscuridad de la superstición” y Henry James en Una vuelta de tuerca (1898) explora las dolencias mentales y el abuso de patrones a sirvientes.

Ya en el siglo XX tenemos a H. P. Lovecraft quien en la década de los 20 y 30, junto a varios amigos, estableció el terror cósmico, a la larga una alegoría del miedo causado por la insignificancia de la vida humana en relación con la historia de nuestro planeta y el universo, amén del temor al otro, al ser humano de otras culturas.

George Romero y sus películas de zombis cuestionaron la sociedad estadounidense, ya sea por el racismo (La noche de los muertos vivientes, 1968) o por el consumismo masivo (El amanecer de los muertos, 1978).

Stephen King, actualmente uno de los referentes del género, siempre reconoció que sus historias nacen de experiencias y sentimientos propios y muy reales, desde su lucha contra sus adicciones (El resplandor 1977), su relación con algunos fans (Misery, 1987) o la vida en pueblos chicos muy conservadores (Carrie,1974; It, 1986 o Cementerio de mascotas, 1983).

Actualmente el género está experimentado una nueva era dorada. Ya sea en el cine, la literatura o los videojuegos, hay realizadores que aprovechan los sustos para tocar temas temibles. Jordan Peele con Get out (2016) y Nosotros (2019) aborda cómo el racismo continúa fuerte en EEUU, al igual que lo hizo Matt Ruff y su Lovecrqft Country (2016, adaptada este año a una serie en HBO); Robert Eggers explora las relaciones tóxicas en una familia religiosa (La Bruja, 2015) y entre trabajadores (El Faro, 2019); Ari Aster que combina los problemas mentales con los de relación entre familias, parejas y fanatismo religioso (Hereditary, 2018 y Midsommar, (2019) y la familia también es el tema de Mike Flanagan (la serie Hauting de HBO).

También los videojuegos ofrecen narrativas cada vez más complejas y relacionadas con temores muy reales. Títulos como Resident Evil (1996 hasta la fecha), Dying Light (2015) y The last of us (2013) hacen énfasis en el colapso de la sociedad a causa se epidemia y terrorismo; Bioshock (2007) alerta sobre extremismo político; Silent Hill (1999) y Outlast (2013) tocan la salud mental.

De esta forma los sustos artísticos sirven para poder digerir una realidad que aterroriza mucho más.

Dónde encontrarlas. En las librerías Yachaywasi, Lectura, El Pasillo y La Viñeteca se encuentran la mayoría de las novelas indicada o hay la posibilidad de pedirlas. Las películas se encuentran en las plataformas de Streaming como Netflix, Amazon y HBO. Los videojuego llegan a tiendas como Planeta Gamer. 

 

 

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