Reseña

Iniciaciones y revelaciones

Giancarla de Quiroga se ocupa en su más reciente libro de la primera relación sexual, con relatos que dicen poco del acto y mucho de las relaciones sociales.
domingo, 6 de diciembre de 2020 · 00:00

Alfonso Gumucio Dagron
 Escritor y cineasta

¿Quién no recuerda el momento de su iniciación sexual? Yo. La memoria nos traiciona a veces. Recuerdo con quien, pero no logro recordar el lugar, la hora, la sensación. 

Sobre estas iniciaciones que la mayoría de las personas guarda celosamente en un rincón secreto de su memoria, escribe Giancarla de Quiroga en su libro más reciente, Iniciaciones (2020), recuperando y apropiándose de los recuerdos de 22 amigos y conocidos suyos, revelando con elegancia, sin exponer a quienes le confiaron el relato de su primer encuentro carnal. Y digo carnal, porque en la vida de todos hay encuentros sexuales precoces y agradables que no necesariamente acaban en un orgasmo. 

Giancarla se ocupa del acto de desfloración en hombres y mujeres, como un momento fundacional en la vida que separa a un adolescente de un adulto. Hay algo de violencia en algunas historias porque tratan de relaciones que se consuman entre adultos experimentados, con jóvenes de alta disposición hormonal. 

Claro que Giancarla inventa, menos mal. A partir de testimonios torpemente registrados en la memoria de sus interlocutores, elabora relatos que dicen poco del acto sexual y mucho de las relaciones sociales y familiares, de las tradiciones y costumbres, y de la moral y la hipocresía. 

Quien crea que encontrará aquí relatos de erotismo al rojo vivo, se equivoca. Estos castos relatos hablan de lo cotidiano: un joven cruceño “iniciado” por una costurera en un conventillo; una adolescente indígena migrada a la capital desflorada por un adulto libidinoso; una joven que escoge a un sacristán para experimentar, ambos por primera vez, un coito; una empleada doméstica que juega al “caballito” con el adolescente de la casa… 

Son todas historia escritas con humor y mucho cariño por los personajes, y generalmente concluyen con una moraleja o una sentencia de la moral conservadora.

Algunas imágenes traducen sensaciones, pero son las menos: “…recorriendo su piel cubierta de una leve pelusa que emanaba un tenue olor parecido al del gato”, “le gustaba su olor a nardos”, “el silencio de la noche apenas roto por sus breves jadeos, voces lejanas y el croar de los sapos presagiando la lluvia”. Sin embargo, en la mayoría de las historias el acto sexual se despacha en tres o cuatro palabras: “hicieron el amor apresuradamente”, “como en sueños se dejó amar”, “consumaron el acto”… 

Por lo general, la sexualidad está vinculada al amor, aunque en alguna de las historias se desvincula y se relaciona con un provecho económico o el mero placer. 

En el primer acto sexual siempre hay una dosis de rebeldía que puede llevar a la toma de conciencia sobre la situación social del personaje. Algunos descubren “el amor de su vida” en ese primer momento de magia y dolor, y otros copulan como si se tratara de un acto literario. 

Hay también finales trágicos en estas historias, como en Amor tardío, extraño relato que parece más bien producto de la cosecha personal de Giancarla que de un testimonio de la realidad. La frontera entre los relatos recibidos y los relatos entregados es difusa. Los episodios están regados de referencias literarias (citas de autores y obras) que pertenecen al mundo cultural de la autora, antes que a sus entrevistados. 

No todos los relatos son liberadores y menos libertinos. En el fondo, los personajes son conservadores. Creen, por ejemplo, en la sagrada mentira de la virginidad para consagrar el acto más íntimo. Una doble moral recorre las páginas del libro, aunque no sea denunciada explícitamente. 

El relato final, El juego del deseo, que es el más largo del breve libro de 108 páginas (con una hermosa tapa diseñada por Ariana Zabalaga), no comparte mucho con los otros relatos de iniciación porque es un cuento en sí mismo, quizás parte de otro proyecto de largo aliento.

 

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