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Un libro fundamental para comprender las elecciones en América Latina

La obra analiza el fenómeno electoral en nuestra región incorporando saberes diversos: desde la ciencia política y la sociología hasta la hermenéutica legal y la historia.
domingo, 6 de diciembre de 2020 · 00:00

Kevin Casas Zamora
Secretario general de IDEA Internacional. Exvice presidente de Costa Rica

Salvador Romero Ballivián es una especie de hombre del Renacimiento. El suyo es el caso inusual de quien combina la rigurosidad del análisis científico con una vasta cultura, una exquisita sensibilidad frente a los fenómenos sociales y una pluma privilegiada. Alguien, además, capaz de estudiar la política a través del lente académico, pero también de la experiencia adquirida al proveer asistencia técnica a los procesos democráticos en numerosos países y, aún más, al estar al frente de la institucionalidad electoral de su Bolivia natal en dos ocasiones. De esa amalgama de talentos y experiencias nace esta obra que tengo el honor de prologar. 

El lector tiene en sus manos posiblemente el texto más importante en mucho tiempo: Elecciones en América Latina. Esta obra, fruto de muchos años de estudio, reflexión y trabajo, es de una amplitud y una erudición extraordinarias. Como pocos análisis del fenómeno electoral en nuestra región, o en cualquiera, incorpora saberes diversos: desde la ciencia política y la sociología hasta la hermenéutica legal y la historia. El resultado es una obra expansiva, que abarca desde el itinerario de la participación política y las reformas electorales en América Latina, hasta los desafíos cambiantes de la violencia política en la región, pasando por el zigzagueo ideológico vertido en los comicios presidenciales y la suerte corrida por las elecciones locales, la democracia directa y las Asambleas Constituyentes en nuestra parte del mundo.

 En algún sentido, el texto es menos un análisis de las elecciones que un registro de la azarosa peripecia de las transiciones desde el autoritarismo y los procesos de construcción democrática en la región en las últimas cuatro décadas. Están reflejadas en sus páginas las expectativas iniciales y las inevitables desilusiones de ese tránsito, los indiscutibles progresos tanto como la frustrante persistencia de fardos históricos que obturan hasta el día de hoy el desarrollo democrático de América Latina.

Progreso hay y mucho. El texto hace una estupenda disección de la tupida agenda de reforma política y electoral en la región durante la última generación, que incluye desde cambios para documentar a la ciudadanía y facilitar su participación hasta el paciente esfuerzo de construcción de una institucionalidad electoral capaz de administrar la organización de los comicios y adjudicar las inevitables disputas. 

No ha sido un proceso rectilíneo; hay tantos éxitos como pifias y el libro trata de extraer las lecciones que pueden orientar a los futuros reformadores. Lo cierto, sin embargo, es que en el activismo reformador hay un homenaje implícito a la más importante transformación política de América Latina en la última generación: la adopción incontestada de la vía electoral como la única legítima para acceder al poder. Es imposible no subrayar el inmenso cambio histórico y cultural que esto implica para una región donde hasta hace poco era en el cuartel o en el monte donde se dilucidaba el control del gobierno. 

Pese a las precariedades que aún rodean a los procesos electorales latinoamericanos, ese cambio se ha llevado lejos. Un rápido examen de los datos del Reporte sobre el Estado Global de la Democracia, publicado por IDEA Internacional en 2019, así lo revela. América Latina tiene hoy, en promedio, los niveles más altos de participación electoral en el mundo (67% frente a 63% en Europa o 55% en Norteamérica, por ejemplo), al tiempo que alberga 3 de las 5 democracias con puntajes más altos en el mundo en el atributo democrático de gobierno representativo.

Desde hace una generación, América Latina se acostumbró a hacer elecciones y, en términos generales, las hace bien. Más allá de la picaresca electoral que asoma la cabeza por aquí o por allá, o de las elecciones celebradas en contextos como el venezolano o el nicaragüense, que hace mucho tiempo dejaron de ser democráticos, el fraude electoral burdo ha desaparecido, en lo fundamental, del paisaje político latinoamericano. Este es acaso el aspecto de la compleja transformación democrática de la región que registra el progreso más notorio. Proteger el avance logrado es vital. 

Al momento de escribir estas líneas América Latina enfrenta una crisis de grandes proporciones, como resultado de la pandemia de la Covid-19. Ello sucede en un momento en que la región ya ha iniciado un nuevo ciclo electoral que verá ocho comicios presidenciales en los próximos dos años. Muchas de estas elecciones se llevarán a cabo en un contexto aún definido por la emergencia de salud. 

Preservar la capacidad de las democracias latinoamericanas para celebrar elecciones exitosas es crucial: las elecciones son con frecuencia la única válvula de escape para sistemas políticos sometidos a las extraordinarias presiones derivadas de una crisis sanitaria y económica no vista en varias generaciones. Este es, pues, un libro oportuno: afinar la mirada sobre las fortalezas y debilidades de los procesos electorales en América Latina, como lo hace el texto, nunca ha sido tan necesario. 

Pero no es sólo en función de la coyuntura actual que debemos defender lo que región ha logrado en materia electoral. Es menester hacerlo simplemente porque las elecciones hacen una diferencia en la vida de la gente, porque no son una formalidad dispensable ni un mero epifenómeno de las estructuras reales de poder en la sociedad. 

“Si votar cambiara algo, ya lo habrían abolido”, dijo sarcásticamente alguna vez el ex alcalde de Londres Ken Livingstone. Bien pues: sucede que el pasado reciente de América Latina da testimonio de que las elecciones han entregado a la ciudadanía una cuota de poder sin precedentes y de que ese poder ha resultado en cambios incompletos, fragmentarios e insuficientes pero muy reales en el bienestar de las personas.  

Aún está por verse cuál será el impacto de la pandemia en el desarrollo de América Latina. Es muy probable que sea profundo y prolongado. Empero, ello no cambia un dato fundamental: en las tres décadas anteriores a la llegada del coronavirus, la región hizo avances notables y continuos en elevar los niveles de desarrollo humano. De acuerdo con cifras de la Cepal, al cerrar el año 2018 la pobreza en América Latina se había reducido 18 puntos porcentuales desde 1990 y la pobreza extrema era menos de la mitad de lo que había sido en la década de los noventa. También había caído la desigualdad: en diecisiete de los dieciocho países de la región se registraba un descenso del coeficiente de Gini en el decenio anterior. 

Tras ese progreso social ciertamente hubo años de crecimiento económico robusto, pero también hubo decisiones de política pública, claramente influenciadas por el sufragio, como el aumento significativo de la inversión social. En 1990 esta última equivalía, como promedio, al 9 por ciento del PIB; en el 2019 era casi el 15%.

La consolidación de la democracia electoral y la aceleración del progreso social fueron procesos que marcharon ligados. En las últimas tres décadas la región avanzó en la dirección correcta en el plano social porque la democracia, con todo y sus imperfecciones, hizo su trabajo de permitir la participación y la representación de intereses antes excluidos y, en consecuencia, de reducir las disparidades socioeconómicas. Con un rezago temporal, la distribución de poder político que permite la democracia electoral termina por manifestarse en progreso social. 

Ese avance nos puede parecer lento, pero no debemos perder de vista que a Estados Unidos le tomó casi doscientos años hacer posible la igualdad de derechos para la población afroestadounidense y que Europa duró nueve siglos en pasar de un parlamento de nobles a un parlamento electo por sufragio universal. En solo una generación, con altas y bajas, las democracias electorales que nacieron en América Latina acumularon logros reales y eso es vital no olvidarlo en este invierno del descontento.

Por supuesto que no todo ha sido un lecho de rosas. Las democracias latinoamericanas, en diferentes grados, tienen carencias obvias y siguen destinadas a quedarse cortas frente ante las expectativas ciudadanas, particularmente frente a las exaltadas esperanzas que rodearon las transiciones de décadas pasadas. No es casual que, en su estudio sobre la participación electoral, el autor detecte una caída de esta última desde los años iniciales del período democrático y, en sus palabras, una desaparición de la “magia del voto” en América Latina. 

Esa es una forma generosa de enunciar el problema. Lo que vemos en la región es mucho más que desilusión; es un cabreo extendido y profundo, que se manifiesta con particular virulencia en las actitudes con respecto a los partidos políticos. De acuerdo la encuesta Latinobarómetro, en   2018 solo 13% de los latinoamericanos, en promedio, manifestaba tener confianza en los partidos políticos, menos de la mitad del 30% que manifestaba confiar en los partidos en 1997. No es casual que nuestros sistemas políticos se estén convirtiendo aceleradamente en el reino de los caudillos, los improvisados y los empresarios con ambición de poder, montados sobre maquinarias electorales de temporada. 

Como lo revela Elecciones en América Latina en diferentes pasajes, la crisis de las instituciones representativas emblemáticas de la democracia es profunda.

En la demolición de los partidos y de los sistemas de partidos en la región, convergen una multitud de causas. Ciertamente ha sido determinante la entronización de un discurso populista que describe al partido como un agente patológico de la democracia y la encarnación de todas sus miserias. Pero lo cierto es que mucha de la desconfianza reinante ha sido ganada a pulso: hunde sus raíces en la corrupción y las prácticas autoritarias de muchas de las organizaciones partidarias existentes. Este es un tema crucial: los avances de las democracias electorales latinoamericanas chocan, de múltiples formas, contra los legados de patrimonialismo, impunidad y autoritarismo que permean nuestras sociedades. Lo que se ha progresado en materia electoral solo sirve para revelar lo que no se ha avanzado en materia de estado de derecho e igualdad frente a la ley. 

Cabe en este punto hacer una reflexión histórica sobre la secuencia que ha seguido América Latina en su proceso de construcción democrática, una secuencia preñada de efectos políticos problemáticos. En grandes rasgos, que seguramente distorsionan una historia mucho más compleja, las democracias del Atlántico Norte, así como otras tributarias de ellas, como Australia y Nueva Zelanda, tuvieron estado de derecho antes de tener elecciones y democracia. 

En América Latina, en cambio, luchamos por crear instituciones electorales y democracias en un contexto en el que el estado de derecho no está, ni lejanamente, establecido. 

Cuando eso sucede, es considerable la probabilidad de que emerjan democracias de “baja intensidad”, para usar la elocuente expresión de Guillermo O’Donnell; democracias, esto es, proclives al abuso de poder y cundidas de impunidad; democracias donde numerosos derechos básicos están pobremente tutelados; democracias en las que la credibilidad de las instituciones vive bajo un asedio permanente. La construcción del estado de derecho es la gran asignatura pendiente de la democracia latinoamericana, sin la cual todo lo avanzado en materia de elecciones y de desarrollo humano corre el riesgo de ser menospreciado por la ciudadanía. Peor aún: corre el riesgo de ser sacrificado cada vez que aparece algún profeta iluminado que ofrece las curas milagrosas del populismo.

Son muchísimas las reflexiones que sugiere este formidable texto y es imposible hacerles justicia a todas. Está, por ejemplo, el fascinante capítulo que bosqueja la etapa más reciente de un camino recorrido una y otra vez por la región desde los días de la independencia: el de la utilización de las asambleas constituyentes como talismán para refundar la sociedad y transformar la realidad. Al leer esas páginas aparecen los contornos de un persistente entendimiento sobre el papel de la ley en la vida social que acaso explica la profunda divergencia entre las normas jurídicas y la realidad, el abismo entre los derechos enunciados y los derechos vividos y, en última instancia, la debilidad del estado de derecho en la región. 

En esto, para bien o para mal, América Latina ha atado su carro a la tradición continental del derecho, que tanto difiere de la anglosajona. En aquella, se regula para constituir y dar forma a la realidad, lo que no siempre sucede; en ésta última, se legisla y se regula ante todo con el fin de reflejar la realidad. 

Está también el estupendo capítulo sobre las elecciones locales, un aspecto poco estudiado de la política latinoamericana. Aquí el análisis va mucho más allá de las consignas fáciles que ven en la descentralización política la cura a todos los quebrantos democráticos de la región. Lo que emerge es una imagen mucho más compleja, en la que aparece el potencial de los gobiernos locales como laboratorios políticos de una democracia renovada y vibrante, pero también su frecuente papel como feudos autoritarios impermeables a la alternancia de poder. ¡Qué ambigüedad fascinante!

Podría seguir, pero dejaré aquí estas cuartillas. El mensaje debería estar claro: estamos en presencia de un libro mayor, absorbente y, en un sentido literal, inteligente; capaz, esto es, de hilvanar en forma original ideas y discusiones en apariencia desconectadas, y de sugerir muchas otras nuevas. 

Ojalá reciba la difusión que merece. De ahora en adelante, quien quiera conocer la historia de la consolidación democrática y de la aceptación de la vía electoral como ritual indiscutido de deliberación y sucesión política en América Latina deberá pasar por estas páginas. 

También deberá transitar por ellas quien, con la mirada puesta en el futuro, quiera hacer el inventario de los dolores que nos quedan para construir las libertades que nos faltan, como solían decir los universitarios de Córdoba hace un siglo. Porque lo cierto es que la tarea de construir democracias cabales en América Latina apenas empieza. Pero, como lo muestra este libro, tenemos elecciones razonablemente buenas. Y eso hay que protegerlo a toda costa.

 

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