Un vampiro llamado Luis Zapata

Un homenaje al autor de El vampiro de la colonia Roma, una obra sin puntos ni comas y con espacios en blanco que, como todo espacio en blanco, significa silencio.
domingo, 6 de diciembre de 2020 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate
 Escritor

Se murió a principios de noviembre de este año. Tenía casi setenta años. Un buen número de novelas en su haber. La gente despistada lo calificó como el precursor (con esa cada vez más asfixiante corrección política) de la literatura LGBT+, de todos sus libros leí dos: En jirones y la magnífica El vampiro de la colonia Roma.

 Originario de Chilpancingo, Luis Zapata publicó El vampiro de la colonia Roma en 1979, justo cuando comenzaba esa década tan doblemente rara. Década doblemente rara y novela doblemente rara. 

El vampiro de la colonia Roma retrata la vida de un putón en la Ciudad de México, antes conocida como Distrito Federal. Es la historia descarnada de un adolescente que sale a la vida en busca de la vida, aunque también (sobre todo también) de la sobrevivencia. Alguien que sale al mundo a hacer sus joterías y a vivir de ellas. Este vampiro está armado, además, de muchos riesgos y que por eso mismo podría haber terminado muy mal. 

Pero no. Zapata trabaja al límite todo el tiempo: al límite de lo argumental y sobre todo al límite técnico-novelístico y sobre todo al límite del lenguaje. Su adolescente (bautizado como Adonis) sale al mundo ochentero de México, y sufre lo que ahora se llamaría discriminación. Aunque eso no le importa. Le da miedo, sí, y por ahí le sacan la entrechucha un par de veces. Lo que parece deslumbrarlo, más bien, es la vida. La vida cruda que ni modo, le tocó. Y no tiene más remedio que apechugarla y talonear de acá para allá y hacerse de un dinero.

Pero no solo es eso. Además está, por encima de todo, el límite. El límite técnico, por ejemplo. Es una novela construida sobre un largo, larguísimo monólogo, es un mundo vampírico tallado sobre un largo, larguísimo audio: siete cintas de audio son los siete capítulos donde el buen Adonis le cuenta su picaresca vida a un anónimo. ¿A quién le cuenta su historia? ¿A un prostituyente, como diría la corrección política ahora? ¿A un amigo? ¿A su hermano, a quién también le da por esas ondas de sobrevivencia?

¿A nosotros que leemos la novela?

Esa poca claridad de a quién se la narra, en vez de ser toda una desventaja, se convierte en lo contrario. Es como una afrenta a quien está leyendo. Es como decirle escribo para vos, pero a la vez no escribo para ti. Sí, hay que tenerles respeto a los lectores. No es gente tonta. Pero tampoco hay que dejarse ver la cara de cojudo.

Esta novela, este vampiro, además, carece de puntos, comas, etcétera. En vez de ellos aparecen los espacios en blanco, que como todo espacio en blanco significa silencio. Y como siempre, el silencio es siempre mejor que su contrario. Con esos silencios este buen Zapata se escribió otra gran novela: la historia donde no se dice nada y donde a la vez se dice todo, aunque sobre todo no se dice nada.

Pero también está el lenguaje. Y ese lenguaje, como los silencios, no podía quedarse viendo el horizonte con la boca abierta. Ese lenguaje tenía que romper cosas, ser colorinche, ser y sobre todo no tener concesiones.

Es por eso que seduce tanto. Es por eso que este vampirín del Adonis te cae tan bien, porque habla sin complejos, porque estira el argumento como un chicle sin romperlo nunca. A veces es un hilito apenas perceptible, en otras es todo lo contrario y la fuerza que gana termina abrumándote.

Y como no tiene comas ni puntos y esas cosas, y como más bien tiene espacios vacíos, el mundo vampírico de Adonis le vuela toda mayúscula y se queda con la minúsculas, las sin importancia, porque pareciera que todo (y subrayo el todo) lo relevante, lo importante, lo, bueno, ustedes me entienden, todo eso vale y las minúsculas son lo secundario, lo que no tiene importancia.

Y Luis Zapata crea un mundo extraordinario con ideas secundarias. 

Al día siguiente de su muerte, la agencia AP decía: “‘Me empeñé en que saliera tal y como la había escrito’, dijo Zapata sobre el peculiar estilo sin comas y puntos de El vampiro de la colonia Roma, en una entrevista con el periodista Ricardo Rocha a propósito del 35 aniversario de su obra. ‘No pensé que fuera a durar el libro más de cinco años’”.

Y sí: pasaron más de cuarenta años y te seguimos leyendo y nos seguimos entusiasmando con tu vampiro y con sus enormes y devastadores silencios.

 

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