Reseña

Valentina y Natalia: fusión entre prosa y lírica

Estéticamente, esta novela se inscribe en el realismo romántico con una inocultable influencia que el autor ha recogido de Stendhal y Flaubert.
domingo, 6 de diciembre de 2020 · 00:00

Tres siglos se han cumplido de la publicación de Cartas persas del Barón de Montesquieu, que probablemente sea el antecedente más distante, pero con seguridad el de más trascendencia, en lo que respecta al subgénero narrativo de la novela epistolar. Séneca y Ovidio ya habían esbozado esta forma de contar, pero autores como  Fiódor Dostoievski, luego, y Alice Walker, entre otros, descuellan en esta categoría propiamente, en diferentes épocas.

Publicada por editorial Lacre de España y reeditada por Plural Editores en 2018, Ignacio Vera de Rada nos presenta Valentina y Natalia, de la que no es comprometido afirmar que, estéticamente, se inscribe en el realismo romántico, y en una inocultable influencia que el autor ha recogido de Stendhal y Flaubert, cuando explora esta área de la narrativa. Dividida en dos partes, hace una relación impecablemente coordinada entre carta y carta en que las primeras escritas cuando el personaje único, diríase el protagonista, aún imberbe, decide confiar, suponemos que a su mejor amigo, por el adjetivo de “carísimo” con que suele comenzar algunas de ellas, las vivencias de un escolino que comienza a experimentar las sensaciones primeras e inocentes del amor. 

Sus primeros acercamientos a lo que por entonces el protagonista y remitente de innúmeras cartas, tiempo después, sería solo un recuerdo perdido entre los años en que era difícil evitar un apasionamiento precoz entremezclado con el aprendizaje formal en el colegio, y primeros atisbos en otros conocimientos extracurriculares que a él, le colmaban el espíritu.

Un segundo bloque de epístolas dirigidas siempre a su fiel Federico, mancebo al que desde su primera infancia solía frecuentar, nos transporta a otro escenario, el laboral, en que todavía muy joven, y cautivado por la belleza de una mujer que todavía suma otros atributos, termina por rendirse ante la estampa de aquella diosa que en rigor aún no había traspasado la juventud, aunque sus conocimientos sobre las cosas sibilinas de la vida parecían aumentarle años. Era el arquetipo que fundía excepcionalmente una mente bien cultivada y un cuerpo casi escultural. Para Jacob, el incansable escritor de las cartas, ella se convertía en la cima que nunca iba a alcanzar. 

Pero bien, la novela epistolar es un género poco explorado por los novelistas bolivianos, género que Vera de Rada reivindica como lo hiciera con otros en el conjunto de su obra literaria. En Valentina y Natalia se rompen algunos cánones tradicionales del género. La versatilidad del joven autor le permite innovar técnicas en el entendido, absolutamente atendible, de que la literatura, y la novela en particular, permite a quien la compone libertades tendentes a enriquecer la belleza literaria; por eso, después de leer hasta la última palabra del libro, se puede colegir sin riesgo que en cada página de las dos partes en que se divide la novela, hay una licuación entre una refinada prosa con un lirismo que sutilmente se mete entre los intersticios de cada carta. 

Por eso es que este subgénero que de él se sirven escritores como Ignacio Vera, se torna de difícil delimitación estética, puesto que su configuración estructural está compuesta de estímulos literarios diversos, motivados también, como suele ocurrir en toda obra novelística, por profundos estados emocionales. Y no es precisamente la temática, esencialmente de expresiones amorosas como la de Valentina y Natalia, lo que obsta encasillarla en un subgénero que, como se dijo, admite matices como los que en estas líneas se detallan y que escritos por novelistas de menos destreza, pueden no ser siempre compatibles. 

Y como carta es todo escrito precedido por un saludo, el contenido de ellas puede tener una diversidad de estilos, y entonces va mucho más allá del simple encomio sostener que la colección de epístolas que conforman la novela es un homenaje al buen gusto literario, porque no hay que perder de vista que, salvo una apenas perceptible excepción, las cartas salen de un solo remitente: el protagonista, lo que complejiza la construcción argumental de la obra, que por eso mismo no es su fortaleza, ni su importancia principal en ello radica, es decir, una correspondencia tan pródiga como la sostenida entre Schiller y Goethe hace que la temática sea más fácilmente asimilable al lector, pues los elementos narrativos descansan cuando menos en dos personas que se reparten el peso del argumento que se pretende transmitir. 

Con todo, esa nutrida compilación de cartas que un tercero del que no se tiene más referencia que el haberlas encontrado, ya en el epílogo de la historia, guarda aún otro elemento sustancial en el perfil psicológico del protagonista: su veneración a la naturaleza, a los ríos de aguas bravas, a las montañas y a las experiencias que de ellas no tiene moderación en contarlas, disfrutándolas, porque una cosa es cierta: el deleite de la comunión con lo que se ama no solo está en la vivencia, sino en el recuerdo, y qué mejor que hacerlo en palabras dirigidas a quien es el merecedor de sus confidencias. 

Todavía existe otro condimento que Vera de Rada ha querido incorporar en su obra. Bien que en el estilo estético de esta producción predomina el realismo, una vez más se propuso hacer patente su desafío a los cánones predominantes de la narrativa moderna con la que no siempre comulga. Jacob, nombre no casual, sino consecuente con la fe que profesa y con el combate que las Escrituras le atribuyen al patriarca con un Ángel del Señor, tiene un final inopinado porque, al cabo de sus desdichas, su cuerpo literalmente se esfuma, quizá porque Vera quiere dar un mensaje de que, fiel a sus credos, somos polvo, o tal vez, porque simplemente pretende terminar la narración con un último condimento, el del misterio o la intriga, que a sus pocos años el infortunado emisor había hallado también en la muerte.

Coincidiendo con el prologuista de la novela, y en unanimidad con otros críticos, la mayor fortaleza de la obra está en el manejo irreprochable del lenguaje, describiendo circunstancias, lugares y tiempos con técnica de que en anteriores producciones ya hizo franca demostración.

Valentina y Natalia dirige su temática a aquellos lectores que gustan del romanticismo (en el sentido técnico del término), pero también a quienes enaltecen la exactitud de la palabra, la delicadeza gramatical, la fuerza del idioma. Claro: la novela viene en forma de cartas, las cartas son ficción, pero todo escritor relata algo suyo. Con sutileza proclama su intimidad.

 

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