Aullidos de la calle

Aún tenemos miedo a morir

El título -Hasta siempre hijo mío- no miente, es también la eterna despedida al ser más amado. Es una película hermosa y profundamente triste.
domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:00

Mónica Heinrich V. Reseñista y cinéfila de corazón

La vida. La vida pasa. Y en ese pasar, hay momentos buenos, momentos no tan buenos, momentos malos. El director chino Xiaoshuai Wang condensa décadas de vida de un matrimonio y un país en Hasta siempre, hijo mío.  El título no miente, es también la eterna despedida a un hijo. 

Al inicio, tenemos a XingXing y HaoHao jugando como solo los niños pueden hacerlo. Son esos segundos los que cuentan la tragedia que arrastará toda la película, y son esos segundos los que demuestran la estatura cinematográfica de Wang. 

Ese plano fijo general, distante, en el que sabemos que algo muy, muy desafortunado ocurrió y la secuencia que acompaña la desesperación de YaoJu y Liyun, son desoladores.

Wang mezcla el pasado y el presente. Estamos en la China que exigía cumplir la ley sobre el hijo único implantada en 1979 y hoy en desuso. YaoJu y Liyun eran obreros, y en cumplimiento con la ley abortaron un segundo embarazo que se complicó y dejó a Liyun estéril, en ese instante se acomodaron a la situación porque ya tenían un hijo, un hermoso hijo. Cuando Xing Xing muere, la pareja queda sola, sumida en el dolor y sin poder aceptar la pérdida y seguir adelante.

Wang usa el luto de ambos para pasar por los cambios sociales/políticos de China, para que podamos comparar la vida citadina y rural, para que a través de la mirada cansada de Liyun sepamos que a veces uno no encuentra razones para seguir viviendo, pero se sigue viviendo; para que a través de la actitud hosca de YaoJu descubramos que hay algo más allá de la pérdida y el dolor.

El guion, que escribe el mismo director y la debutante Mei Ah, plantea además una subtrama relacionada a la culpa. YaoJu y Liyun eran muy cercanos a otra pareja con la que también trabajaban. HaoHao, el niño que estaba con XingXing cuando murió, es el hijo de la pareja amiga. Así que la película trabaja la responsabilidad y culpa de esa familia durante las décadas que van pasando.

Son tres horas que no se sienten porque Wang logra que querrás a sus personajes, que sufrás con ellos y que deseés ver qué les depara el destino.

Es una película hermosa y profundamente triste. Hermosa porque Wang describe hasta los diminutos departamentos controlados por el Estado con poesía, la censura china que consigue pasar la censura china (para que las películas  salgan al exterior deben ser aprobadas por el Estado y conseguir el famoso “Sello del Dragón”) es exhibida con delicadeza; es una película profundamente triste porque sí, el mar, el pequeño taller, el chico adoptado, los reencuentros de ese grupo de amigos que alguna vez bailaron cuando estaba prohibido bailar, rompen el corazón.

Y es curioso cómo te afecta emocionalmente, porque está construida de una manera pausada, y tan cojudamente engañosa que hasta pensás que la vas a terminar sin que te afecte del todo, que vas a salir indemne de ese drama que con el título te anuncia, te prepara para un dramón de proporciones épicas. Sobradoramente, pensás: “Es solo un dramita chino…”…y no, no, no. 

Wang, con su pareja antes joven hoy mayor, antes optimista hoy resignada, guarda un pequeño giro para el final, y ese chino cabrón que ha jugado con tu psiquis que ya espera el giro sin saber que será “ese” giro, te rompe un poquito más con la revelación.

Una revelación que no revelaré, así de redundante y contundente lo digo.

A Wang ya lo queríamos por La Bicicleta de Beijing (2001) y también por esa película enroscada que es In love we trust (2008), con esta película muestra una vez más su pulso como cronista. 

Es imposible no rendirse ante su capacidad de crear escenas que nunca se olvidarán, como por ejemplo: YaoJu y Liyun canosos, antes felices, hoy sin el hijo que les falta, están en el avión mirando por la ventanilla la ciudad que hace quichicientos años no visitaban, el avión se empieza a sacudir, se toman las manos y depués de todas las mierdas que les han pasado en la vida, ella suavemente dice “¿No es gracioso?...Aún tenemos miedo a morir”. Qué más puedo decir. Maldito, Wang.

 

 

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