Contante y sonante

Descomposición particular

No se trata de una relación vendedora-cliente. Es una relación entre dos personas, una detrás y otra delante del puesto, con demasiadas frustraciones...
domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

¿Va a comprar? –pregunta con una cara que no denota interrogación sino más bien un imperativo de negación–. Una sentencia que sin lugar a la defensa implica el destierro del puesto de venta digamos, de zapatos. No se trata de una relación vendedora-cliente. Es una relación entre una persona detrás del puesto, con demasiadas frustraciones y carencias en quién sabe cuál de sus infancias, y una persona delante del puesto, con demasiadas frustraciones y deseos quién sabe en cuál de sus infancias.

 No se miran a los ojos. El potencial comprador, que no comprará nada al fin, mira sus zapatos. Los propios, los que están más andados que el texto del poema de Machado… caminante no hay camino, se hace camino al andar. Se mira los zapatos y de soslayo da una pasada a los zapatos del puesto. Es el deseo contenido. Uno mundano, necesario. Sin embargo la violencia de una pregunta lo destierra. Lo convierte en indeseable por dos flancos. 

Lo pone en el lugar del ser que no se permite el deseo y al mismo tiempo en un indeseable. Mal venido, indeseable, paria. La vendedora, sustenta su enojo cuando se mira al espejo y como si fuera una vampira, no ve nada. No hay nada en el reflejo. Nunca hubo algo que ella hubiera querido ver. Siempre el espejo le devolvió lo que no quiso ver. No era la imagen de la actriz de novela venezolana, no era la de novela mexicana. No era la pobre hermosa con hollín en la cara, enamorada del actor-modelo-músculo-jopo ochentero. Era siempre ella, la nada, la ninguna. La hija de comerciante contrabandista que se convertiría en comerciante contrabandista y en el caso de que tuviera hijos, serían, también, exitosos comerciantes contrabandistas, con aspiraciones a la Asamblea prostituyente.

El señor de unos 70 años llevados con cierto descuido, se agacha, observa. Estira la mano para alcanzar, por debajo del tanque del inodoro, una llave ensarrada al punto de la autodestrucción. Al constatar que la mano, por muy estirada que esté, no alcanza a la llave, se ayuda con un destornillador plano más o menos largo. 

Saca de su maletín negro un martillo y casi sin ver, acomoda el destornillador apuntando a la llave y golpea. Fuerte. Otra vez. Dos veces más hasta que de la pared sale un chorro de agua con suficiente presión como para empapar su humanidad en pocos segundos. Entonces, sin ningún gesto de arrepentimiento, se incorpora y pregunta ¿dónde es la llave de paso?, hay que cerrar urgente, todito se va a llenar de agua. 

Grave había estado. No hay caso. Ahora así más trabajo es pues. Ya no sale, con 200 no sale. Vamos a tener que ajustar no más, no sé, con materiales, unos 500 será. Hasta la pared hay que arreglar pues ahora. No me has dicho también que de la pared duro estaba ese coso. Por la secada de mi overol más, ahistá, 50 más. O sea, quedamos así. ¿O lo dejo no más? 

La señora, azorada pero sin asombro entiende que es parte, el plomero, de una conspiración colectiva contra la sociedad misma. Es decir, la sociedad en un proceso de suicidio colectivo, haciendo sabotajes todo el tiempo, unos contra otros. Engañando, robando, mintiendo y naturalizando toda clase de falacias para lograr, con el menor esfuerzo, el mayor beneficio ante el maleficio de la otredad.

La señora, percatada de tal situación, va, cierra la llave de paso, vuelve, mira al plomero, alza el martillo.

En el periódico salió una noticia, el viernes, que no podía creer, ninguna de las personas sentadas alrededor de la mesa. Una familia, en verdad, padre, madre, hija y un sonsonete adolescente al que le decían el Espíritu Santo por su habilidad para estar sin estar, para no comer, para sentirse cuerpo glorioso. 

Nadie se podía explicar al meollo de la noticia. Encontraron, decía, a una señora atragantada con cinco botones, rojos, de madera. Bonitos. Redondos, con dos orificios. Como para una chaqueta que sin perder el glamour tenga más inclinación a la bohemia que a la high sin gusto o con gusto pero feo. 

El cuerpo sin vida fue encontrado detrás del mostrador de su negocio, ya rígido y con los botones atorados en la tráquea. Se sospecha que haya sido un ajuste de cuentas. Presumen que la modista estaba metida en drogas. La inteligencia policial es impresionante. No se les ocurrió pensar en que antes que ajuste de cuentas, fue un justo reclamo por un trabajo nunca entregado, hace dos años. Cosa de la idiosincrasia de una sociedad en proceso de particulares descomposiciones que aportan de manera definitiva a una mayor, nacional, global, abolucionista.

 

 

1
1