Esbozos culturales

Carnaval, cristianismo y política

Las invasiones españolas del siglo XVI a los pueblos americanos transportaron, además del cristianismo con el que esclavizaron, el carnaval adherido a su Cuaresma.
domingo, 23 de febrero de 2020 · 00:00

Óscar Rivera Rodas Escritor

Los festejos del carnaval se remontan a una prehistoria desconocida, como fiestas de etíopes, egipcios, griegos, romanos, entre otros. Con el rostro escondido bajo hojas de vegetales, hollín o máscaras, y cubriendo el cuerpo con disfraces variados, festejaban el carnaval relacionándolo con sus símbolos sagrados y divinidades.

 En los pueblos europeos medievales ocupaban espacio importante, como muy bien demuestra la obra del filósofo ruso y teórico del lenguaje Mijail Bajtin (1895-1975): La cultura popular en la edad media y en el renacimiento (1990). Los carnavales, escribe, “iban acompañados de actos y procesiones complicadas que llenaban las plazas y las calles durante días enteros”; los ritos cristianos previos a la Cuaresma se confundían con las costumbres del carnaval; o mejor dicho, estas tradiciones de la risa y la diversión eran parte de las ceremonias cristianas, por lo cual, agrega: “casi todas las fiestas religiosas poseían un aspecto cómico popular y público, consagrado también por la tradición”; de ese modo, la representación de los misterios cristianos, innumerables, “acontecía en un ambiente de carnaval” (1990: 10).

 Aunque también recuerda que el cristianismo primitivo condenaba la risa. Escribe: “Tertuliano, Cipriano y San Juan Crisóstomo atacaron los espectáculos antiguos, especialmente el mimo, la risa mímica y las burlas. San Juan Crisóstomo declara de pronto que las burlas y la risa no vienen de Dios, sino que son una emanación del diablo: el cristiano debe conservar una seriedad permanente, el arrepentimiento y el dolor para expiar sus pecados” (1990: 71; cursiva propia). 

Con esta afirmación Bajtín se refiere a los siglos II y III de la era presente. Más tarde la Iglesia reconoció la necesidad de permitir la risa en el exterior de los templos, fuera del culto, del ritual y las ceremonias oficiales. Más aún, señala que “la Iglesia hacía coincidir las fiestas cristianas con las paganas... con el propósito de cristianizarlas” (1990: 74).

 No en vano, otro nombre del carnaval es “carnestolendas”, que refiere la acción de quitar, o retirar, la carne de las comidas carnavalescas en los días anteriores a la Cuaresma de la liturgia cristiana, como “penitencia”, es decir, como dolor y arrepentimiento por alguna acción realizada en el inmediato pasado. 

Esa contrición podía realizarse entre los días llamados miércoles de ceniza y Jueves Santo. El regocijo del carnaval y el dolor del arrepentimiento debían convergir sobre un mismo tiempo en la tradición cristiana.

 Las invasiones españolas del siglo XVI a los pueblos americanos transportaron, además del cristianismo con el que esclavizaron a los pueblos, el carnaval adherido a su Cuaresma. Ambas festividades, una religiosa y otra mundana, llegaron además abrazadas por la política de los reyes católicos, cuya doctrina de gobierno no era otra que el cristianismo, dualidad de religión y política, bajo la etiqueta de “teocracia”. 

 En pleno siglo XX, cuando los países hispanoamericanos se empeñaban por fortalecer sus democracias, el teólogo y jurista español Paulino Castañeda Delgado (1927-2007), explicaba y justificaba el descabellado concepto político de “teocracia”, en su libro La teocracia pontifical en la conquista de América (1968). Escribió: “Sin conocer la Teocracia en su proyección histórica, no podemos entender las Controversias de Indias” (1968: vii). Pretendía explicar el fabuloso sistema político que defendía con las siguientes palabras: “Podemos definir la teocracia pontifical como la doctrina del gobierno del mundo por Dios mediante su más alto representante en la tierra, su Vicario Supremo, el Papa” (1968: 1). 

Tal vicario no era otro que Alejandro VI, el valenciano Rodrigo Borgia (1431-1503), uno de los hombres más corruptos de su tiempo en Europa. Borgia, en su posición de pontífice, y convencido de ser vicediós y propietario del planeta Tierra, donó los territorios de lo que hoy es América Latina a sus compatriotas los reyes católicos. De ese modo el Vaticano y España impusieron la supuesta política teocrática, que no fue otra cosa que denigración y esclavitud. 

El sistema fabuloso y fantástico “teocracia” fue conocido también como “política indiana”. Sus teóricos fueron frailes teólogos entre los que sobresalía Francisco de Vitoria (1483-1546), autor de varios discursos contra los pue¬blos de América, a los que señalaba “bárbaros”,  incapaces de autogobernarse, por lo que necesitaban de la inteligencia de los cristianos. 

Su pensar fue solapado, doble, unas veces de aparente imparcialidad, pero las más afirmaciones denigrantes. Otro fue Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), que exhortó a someter a esclavitud a los pueblos americanos que no manifestaran interés por la religión cristiana, pues los consideraba “esclavos por naturaleza”. 

Obviamente, ninguno de los dos teólogos visitó nunca ningún pueblo americano. Con acierto, el historiador mexicano Silvio Zavala (1909-2014) escribió: “Francisco de Vitoria y, sobre todo, Ginés de Sepúlveda, recuerdan la doctrina clásica de la servidumbre por naturaleza y piensan en la adaptación de esta vieja teoría al caso nuevo; es decir, el europeo se considera a sí mismo como el hombre prudente o racional de la antigua edad clásica y afirma, por lo tanto, que puede dominar a los pueblos nuevos que considera bárbaros” (Las instituciones jurídicas en la conquista de América, 1971: 147).

 En 1712, el clérigo jesuita francés Jean Croisset (1656-1738) publicó un voluminoso santoral, que desde 1752 fue traducido al castellano, en 2 volúmenes, con el título de Año cristiano, o ejercicios devotos para todos los domingos, días de cuaresma y fiestas móvibles. 

El clérigo lamentaba que para impedir la penitencia de la Cuaresma “ha introducido el demonio el carnaval, y ha convertido un tiempo tan santo en días de disoluciones y desórdenes”; y agregaba dolido: “Cuanto más se acerca el santo tiempo de Cuaresma, más debe emplearse en la devoción, conforme a la intención de la Iglesia; pero en el día, cuanto más se aproxima este santo tiempo, más se abandonan las gentes a diversiones profanas y a disoluciones enteramente paganas” (1863, 2: 145).

 Croisset exhortaba a meditar “sobre las diversiones del Carnaval” y advertía que “nada hay más opuesto al espíritu del cristianismo que lo que se llaman diversiones del carnaval”, y recordaba que el origen de estas eran las antiguas costumbres griegas: “El mes de enero era profanado por los paganos con regocijos impíos, y con un libertinaje de los más disolutos en honor de Baco, dios de la borrachera. He aquí el origen de estas fiestas escandalosas del Carnaval” (1863, 2: 153-154).

 En la experiencia histórica de los pueblos latinoamericanos, el carnaval, o carnestolendas, llegó con las predicaciones cristianas de los españoles en el siglo XVI. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela (1676-1736) lo explica en su monumental Historia de la Villa Imperial de Potosí, cuyas crónicas abarcan casi dos siglos: de 1545 a 1735, en tres tomos (1965). 

 En su crónica del año 1552 informa de otra actividad que trajeron los españoles con el carnaval: las luchas de vascongados contra extremeños. Dice: en “febrero de este año, domingo de carnestolendas, se hicieron dos cuadrillas... Cada cuadrilla iba con sus capitanes y banderas... Bajáronse al Arenal, y en dos horas que duró el encuentro murieron de una y otra parte 26 hombres, y salieron heridos más de 60” (1965, 1: 75). En 1624, el “domingo de carnestolendas” apareció otro grupo español: los vicuñas (1965, 1: 382). 

En 1626, cuando unos amigos se divertían comiendo, en lugar de ir a oír sermones, reventó la laguna de Caricari, como castigo divino, según el cronista. La comida era parte del “festejo de sus malditas carnestolendas..., en el cual a las 12 del día estaban juntos dentro de su casa 20 hombres y 18 mujeres”, todos convidados a “un banquete y deshonesto baile” (1965, 2: 4).

 De 1719, Arzans escribe: “siempre en esta Villa el festejo de sus carnestolendas... ha sido en todas maneras muy contra la honestidad, pero mucho más lo fue en este año, con que acabaron de irritar a la divina justicia”; agrega: “La juventud de España (que acá llaman chapetones cuando tienen pocos días su llegada) ordinariamente, como hallan liviandad en las mujeres perdidas que habitan en esta Villa, se adelantan a tanta deshonestidad que no se puede declarar” aquí (1965, 3: 80)

 De 1732, informa el cronista: “El martes, último día de carnestolendas, hizo la juventud de España otra máscara de mojiganga a pie, danzas de enredos y particulares, loas y músicas”; después, una fiesta taurina en que no fueron tan felices estos regocijos, “pues los toros mataron a personas, hubo 14 heridos y estrago mortal en muchos caballos”.

Agrega que aunque “nobleza y plebe” se regocijaron en esos festines, “pero, ¡oh que gran lástima!, pues se vieron triunfar a Baco y Venus con la embriaguez y lascivia en toda aquella plaza las noches de estos regocijos, de que resultaron muchos escándalos”; y concluye: “la Cuaresma en sus sermones reprendió tanta disolución con doctrina general el haberse vestido los hombres en hábito de mujeres y éstas lascivamente en los de hombres, bailando deshonestamente” (1965: 3: 338).

 Ahora bien; en las carnestolendas bolivianas modernas, se observan parodias mundanas del cielo sobrenatural y teológico de las fábulas y fantasías cristianas, porque en las calles de Oruro y otras ciudades se ven diablas y diablos, compartiendo su fiesta y baile con ángeles y arcángeles. 

También aparecen caporales que con sus gestos parodian la realidad del colonialismo cristiano que sometió a latigazos, a los pueblos americanos, a la esclavitud.

 En los últimos meses, y a raíz de las elecciones de mayo próximo, aparecen cristianos predicadores, con la Biblia bajo el sobaco, disfrazados de políticos, anunciando milagros futuros para la reparación de la democracia boliviana. Aún en el siglo XXI reviven las parodias del cristianismo, de la política y del carnaval.