Reseña

El pensamiento boliviano bajo la sombra del olvido

“No es un libro de historia, sino de personajes, rigurosamente plantados eso sí, en su contexto histórico”, dice la autora a propósito del nuevo libro de ensayos de Zárate.
domingo, 23 de febrero de 2020 · 00:00

Daniela Murialdo  Abogada

No soy politóloga y no soy literata. Para colmo soy abogada. Y soy solo boliviana a medias. Aun así, Freddy Zárate me regala la posibilidad de comentar su reciente obra: El pensamiento boliviano bajo la sombra del olvido.

Manuel Suárez, quien se encargó del prólogo, hace una acertada apreciación cuando dice que el autor concibe el pensamiento boliviano como un todo, como un conjunto y hasta como un sistema. Y que con ello nos presenta una buena noticia: que hay y hubo un pensamiento, o un “reflexionar”, boliviano. 

A esto último yo añadiría que, más que un pensamiento, existe un espíritu boliviano, guiado por máximas muy propias, no kantianas. 

Este libro logra exponer no solo la materia del pensamiento del siglo XX, sino que nos presenta una radiografía que deja reconocer esa voluntad insurrecta y atribulada, pero a momentos también algo cínica del boliviano. Que a la vez encuentra siempre un punto de empatía y hasta compasión con sus pares. Cuando no se exalta y tira por la borda esa empatía, claro.

Montesquieu decía: “Feliz el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento”. La historia de Bolivia –y con ella su pensamiento–, se puede leer con estupor, jamás con aburrimiento. Bolivia no es ese pueblo feliz del que hablaba el filósofo de la Ilustración.

Éste no es un libro de historia. Es un libro de personajes, rigurosamente plantados eso sí, en su contexto histórico. De ahí que no exista, necesariamente, un orden cronológico en su exposición.

Nos enteramos, por ejemplo, de que Guillermo Francovich decía de Alcides Arguedas que fue en el fondo un moralista. Y que, aunque sus investigaciones estaban consagradas a la historia y a la sociología, “no era el conocimiento puro de la realidad social lo que él buscaba en ellas, sino la oportunidad de exteriorizar la protesta de su espíritu angustiado por el espectáculo que le ofrecía la vida nacional”.

Leer esto me recordó que antes de yo aterrizar por primera vez en Bolivia, mi referencia principal sobre el país era arguediana. Mi padrastro, Cayetano Llobet, compartía con Arguedas un pesimismo que muchas veces fue visto como antipatriotismo, cuando en realidad traslucía la cruzada por cambiar una realidad de la que disentía, pero que no le era en absoluto ajena. Escribir incluso cáusticamente es una manera de mostrar interés.

Fausto Reinaga rumiaba el nombre de Arguedas como “esa rústica mediocridad, que quiso ser novelista, historiador y sociólogo, pero que apenas llegó a escribir trivialidades en la perrera, como un lacayo de los intelectuales de sextaclase de Europa. Su obra no tiene una gota de verdad perdurable. Toda ella es un odre de fariseísmo, aberración y mentalidad canalla”. 

Sucede que, como apunta el filósofo Felipe Mansilla, Alcides Arguedas logró confeccionar un espejo crítico para retratar a la sociedad boliviana.

Se aparecía como un demonio, provocando la efervescencia de la sensibilidad boliviana, que busca permanentemente una causa lacerante que justifique su baja autoestima.

Quien sí parece haber sido empático con ese estado de “depresión histórica” (como él mismo la llamaba), fue el poeta Franz Tamayo, que llega a esta obra con una sentencia de Fernando Díez de Medina que advierte que ciertamente había un Tamayo real y un Tamayo ideal. Y que debíamos quedarnos con el segundo.

Zárate nos hace ver que la multifacética obra de Tamayo se redujo al libro titulado Creación de la pedagogía nacional, una reunión de sus artículos políticos que se convirtió en testimonio periodístico y político de la época.

Aquí es cuando debo empujarlos a leer el capítulo dedicado por Mariano Baptista –en su libro Yo fui el orgullo– al debate entre Franz Tamayo y Felipe Segundo Guzmán, que de algún modo dio origen a tales artículos. Es un delicioso intercambio de ideas liberales y conservadoras que bien podríamos escuchar estos días. 

Augusto Céspedes fue, como solía serlo, algo despiadado con Tamayo. Llegó a preguntarse en voz alta si era su pensamiento inextricable, si era evidencia de ineptitud para realizarse sencillamente o era más artificio intencionado para deslumbrar a los bobos.

Dejamos atrás a Franz Tamayo y pasamos a la galería de ensayos que nuestro autor dedica a la “doctrina del progresismo” planteada en los años 30 por un ahora desconocido Julio Aquiles Munguía Escalante, quien fundó el Partido Progresista. “Progreso, Prestigio y Felicidad” eran sus consignas. Este partido, nos dice Freddy, se “preocupó” por el progreso del indio. 

Años más tarde la prédica idealista de Munguía fue absorbida por el nacionalismo revolucionario del MNR. Los postulados de la Revolución pasaron entonces a la historia como de autoría casi exclusiva de Víctor Paz Estenssoro. Mientras el nombre de Aquiles Munguía reposa bajo la sombra del olvido.

Y es a inicios de este siglo que surgen partidos de índole autóctona, como el Movimiento Indígena Pachakuti y el Movimiento al Socialismo (MAS). 

Sabemos de los ideólogos del MAS, pero nuestro ensayista nos remonta a los exponentes del pensamiento y de la crítica indigenistas del siglo XX: Bautista Saavedra, Alcides Arguedas, Tristán Marof, Roberto Prudencio o Fernando Diez de Medina.

Haciendo algo de antropología improvisada, me detuve en Diez de Medina y en Fausto Reinaga. Ambos, adalides del indigenismo, se situaron luego cómodamente en las filas del MNR para terminar alentando el golpe de Luis García Meza, en tanto se trataba de un “acto revolucionario”. Diez de Medina llegó a decir del dictador que era “honesto, patriota y muy sabido”, que “lo animaban los buenos propósitos”, y que era “un cristiano sincero”. Quizás hubiese sido mejor que Freddy Zárate no removiera estos dos nombres de la sombra...

Saltándonos algunas páginas y devolviéndonos algunos años, hallamos a principios del siglo XX –en una Academia que desparramaba ideas liberales, modernistas, positivistas y naturalistas–, a Carlos Romero Cavero, cuya obra Las taras de nuestra democracia, reflejaba para Enrique Finot, “el robusto talento, la sólida cultura y el espíritu combativo que animaban al notable periodista y hombre de acción”. 

Romero se adelantó a escribir que la Colonia, la emancipación, el caudillismo y el caciquismo solo agravaron la lentitud administrativa a través de la anarquía, el absolutismo, la corrupción, las pasiones regionalistas y la prostitución de la justicia que hicieron que todas las taras se enraizaran en la esfera pública. 

Y llegó a escribir: “La democracia consiste solamente en un sistema de gobierno poco recomendable para países incipientes, pobres y sin cultura, porque coloca a los individuos en una posición aislada e indefensa –aunque éstos estén provistos de derechos abstractos y modernos– frente a los poderes públicos con inclinaciones caudillistas y caciquistas”.

“Bolivia continúa siendo un país estacionario, que vive entre una modernidad imitativa y una larga tradición autoritaria”, se lamentaba Romero Cavero, cuya prédica se puede palpar un siglo después.

Con la idea de recuperar acontecimientos olvidados por la narrativa minera, Zárate acude al escritor y periodista paceño Víctor Montoya, quien en su reciente libro La masacre de San Juan, en verso y prosa, rescata textos de Sergio Almaraz, René Zavaleta, Marcelo Quiroga, Guillermo Lora, Regis Debray y poemas de Nilo Soruco, entre otros. Todos con un tono amonestador al gobierno barrientista. 

Freddy nos relata que, a pocas semanas de lo sucedido en la noche de San Juan, el presidente René Barrientos posesionó a un nuevo gabinete. Que luego el gabinete en pleno es interpelado, y que el encargado de la interpelación fue el senador del MNR, Raúl Lema Peláez, quien se lanza contra el Ministro de Cultura, Roberto Prudencio. 

Zárate nos guía en la interpelación, en la que Prudencio declara febrilmente: “Yo no puedo aceptar las masacres, pero estoy seguro de que no hay un Gobierno que quiera crímenes (…) Hubo sangre sí, y lo deploramos todos, pero muchas veces es necesario el sacrificio de matar. A veces la patria lo exige”.

La prensa nombró a Prudencio, al día siguiente: “el filósofo de la muerte”.

La segunda parte del libro nos lleva a la crítica literaria. El autor recupera a escritores como Arthur Posnansky, José Santos Machicado, Olga Bruzzone y otros. Me concentraré en aquellos de alma más local. 

El Traje de Arlequín fue un libro de cuentos escrito en 1921 por los chuquisaqueños Adolfo Costa du Rels y Alberto Ostria Gutiérrez, quienes, según el relato entrañable que nos ofrece el historiador Roberto Querejazu, durante un mes, cada uno por separado borroneó cuartillas bajo los molles y durazneros, a la vera de las acequias, para luego juntarse a intercambiar impresiones.

El libro se terminó de imprimir el 16 de mayo de 1921 y según el relato, faltando solo días para su distribución, se produjo un incendio en la imprenta que devoró casi la totalidad de los ejemplares. 

Este hecho significó para Costa du Rels “el destino del fuego purificador que impidió que su primera creación literaria viera la luz pública por tener muchas imperfecciones”. Si eso no es socarronería chuquisaqueña...

Llegamos a los capítulos dedicados a la“expresión estética del Ande a través del telurismo”, en el que Cecilio Guzmán de Rojas ocupa un lugar propio.  Nacido en Potosí en 1899, estudió en París donde conoció a Picasso y en Madrid, donde compartió aula con Salvador Dalí. 

Volvió a Bolivia en 1929. Le tocó enlistarse en la Guerra del Chaco en 1934. El escritor Wilson Mendieta Pacheco cuenta que “el soldado Guzmán de Rojas, aparte de su fusil, llevaba en su modesto equipaje papeles, pinceles, cuadernillos, material de pintura, lápices, y tintas…”. 

El hijo, Iván Guzmán de Rojas, relata que algunos jefes militares le prohibieron pintar cuadros que constituyeran un desaliento para los soldados y le previnieron que serían quemados. Hecho que por fortuna no se consumó, pues intervino el general David Toro, quien ordenó que se los ocultara pero que no se los quemase.

Dado su juicio crítico, no me extrañó que Freddy Zárate ocupara escasas páginas de su libro en Jaime Saenz. El autor alerta que el misticismo subjetivo que caprichosamente Saenz adjudica a ciertas calles y personajes de La Paz son meros trozos literarios hondamente simbolizados. Felipe Mansilla –quien se sabe hereje y muy a gusto–, habla de Saenz como “el poeta del misterio, el alcohol y la muerte. Un personaje central de la versión andina de la posmodernidad, pues practicó el arte de hablar mucho y decir poco”. 

Víctor Hugo Viscarra es uno de nuestros escritores sobrevaluados (según el escrutinio del ensayista). Aun así, merece ser comentado.

Freddy rastrea el origen de la buena fama de Viscarra en otros autores como Claudio Cortez, “que a finales de los 30 indagó las veleidades del lumpen paceño y publicó La tristeza del suburbio”. Y en Raúl Salmón de la Barra, que en los 40 escenificó el habla cotidiana del pueblo en sus diálogos relacionados con el hampa creando el lenguaje coba.

Zárate nos hace ver que Viscarra, –cuya obra ha sufrido un examen de ADN para indagar si es su hija o lo es del escritor vallegrandino Manuel Vargas, quien públicamente ha eludido toda responsabilidad paterna–, exalta los estereotipos de discriminación étnica, cultural y sexual.

Freddy apunta que los relatos de Viscarra son en verdad autobiográficos. Y que aunque en sus libros hay autorreferencias a sus carencias, son sus guiños a la delincuencia lo que rescatan autores como Jaime Nisttahuz. Nisttahuz relata en su cuento Robo semanario que allá por los 80, René Bascopé reemplazó a Luis Espinal en la dirección del semanario Aquí, y que Viscarra había logrado “arrimarse” al nuevo director. 

Registra que Viscarra no era muy dado al trabajo (a menos de que ese trabajo consistiera en ir a comprar salteñas). Y que en una ocasión en la oficina desaparecieron  una máquina de escribir y varias resmas de papel.

 Que se sospechó de Viscarra de modo que fueron a buscarlo a boliches infames pero que no lo hallaron. Cuenta que a los pocos días él mismo confesó haber vendido el papel como envoltura a una carnicería...

Sucede que estos autores no necesitan imitar el malditismo francés. Ellos son en verdad los meros personajes de la literatura marginal. Son estos relegados los que enriquecen la leyenda urbana, tan necesaria a toda sociedad latinoamericana, y cuyo excentricismo es parte de nuestro arte costumbrista. 

Leí con inquietud, pero sobre todo con goce este libro. Me pasó sí, que luego de leerlo me quedara machacando el uruguayo José Enrique Rodó desafiando a Alcides Arguedas que en vez de llamar a su libro Pueblo Enfermo, lo llamase Pueblo niño.

Es que el boliviano es como un niño: apila en su ser una benignidad casi ingenua, un remanso y una amabilidad conmovedores que en cuestión de segundos pueden trasmutar en capricho, indocilidad y explosión.  Es como un agua apacible que pronto se torna en lava volcánica. Que es capaz de irrumpir hasta en los templos donde alguna vez se hincó a rezar.

Vayan a comprar el libro. Luego de leerlo sentirán que han adquirido un espejo con un gran marco de estilo barroco.

 

 

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