Memoria nómada

Breves apuntes sobre la fiesta popular y la nación

El autor hace un punteo de algunos datos dispersos del modo cómo el poder coqueteó en la historia con lo popular paceño.
domingo, 9 de febrero de 2020 · 00:00

Cleverth Cárdenas Plaza  Coordinador Instituto de Investigaciones Literarias UMSA

El poder político, administrativo, así sea impuesto, siempre necesita, siempre, una instancia de legitimación con el pueblo. En el caso boliviano ese pueblo radica con mayor fuerza en los sectores más populares y precisamente el poder central hace todos los esfuerzos por quedar bien con ellos. Por eso todas las autoridades acuden a sus escenarios y en muchos casos los ocupan, con el objetivo de congratularse con los sujetos que podrían dar legitimidad al cargo que ocupan. En este breve texto haré un punteo de algunos datos dispersos del modo cómo el poder coqueteó con lo popular paceño: 

1. Uno de los más curiosos es el siguiente, se conoce que en 1943 durante el mandato de Villarroel –Presidente de Bolivia en un contexto de bastante inestabilidad y antes de su muerte a manos de la Rosca– el Presidente y Prefecto de La Paz participaron de una celebración del equinoccio de primavera en las “ruinas” de Tiwanaku. Tal evento, estaba destinado a incrementar la popularidad de un Presidente Nacional y calmar la mala impresión que daba el poder político y a reconocer la importancia de los indios para el decadente Estado Republicano. Actitud que, de modo premonitorio, procuraba exorcizar los descontentos que culminaron con la Revolución Nacional. Tal celebración fue impulsada por el arqueólogo Arthur Posnansky, quien se había convertido en uno de los impulsores de la construcción en el imaginario nacional de la idea de que Tiwanaku era el símbolo de la cultura boliviana, algo que el Nacionalismo Revolucionario utilizó con mucho entusiasmo. De hecho, Posnansky organizó esas celebraciones desde 1932  y curiosamente lo hizo con tintes esotéricos. 

2. No es desconocida la abundante y generación de festivales folklóricos y espectáculos de este tipo durante los sucesivos gobiernos del MNR, a partir de 1952. Al respecto, todavía se guarda en la memoria documental algunas fotos de los festivales que se realizaban en diferentes campos deportivos de Bolivia. Se trataba de representaciones muy populares a las que asistían los sectores más populares de las urbes. Por otro lado, los conjuntos y colectividades invitadas adquirían prestigio gracias a estas actividades masivas; al respecto se conoce que no sólo se invitaba a estas demostraciones de danzas folklóricas a fraternidades y conjuntos conocidos del Carnaval, sino también a comunidades campesinas. Ellas procuraban lucir sus danzas a la colectividad boliviana, quizá con el objetivo de visibilizarse en un contexto, tradicionalmente, excluyente. 

3. Otra información dispersa que se conoce al respecto es aquella que informa que el Mariscal Andrés de Santa Cruz, en su calidad de Presidente, acostumbraba ser padrino en muchas fiestas, bautizos y matrimonios populares; para asistir de modo sobresaliente a tales eventos iba acompañado de una banda de bronces militares quienes después amenizaban la celebración. Hay investigadores que sospechan que ese fue el origen de la presencia de bandas de bronce en las festividades populares. 

4. En 1968 el Estado boliviano nacionalizó la música popular de Bolivia, algo anecdótico porque hasta ese momento no se había mirado sino desde fuera la cultura nacional y local. Tal como sostiene David Goldstein en Performing national culture in a bolivian migrant community (1998), René Barrientos Ortuño promulgó en 1968 el decreto presidencial número 08396  en el que declaró que la música folklórica, definida como la música producida por grupos campesinos y folklóricos en general, desde ese momento era propiedad del Estado. Ese, digamos, fue el momento específico en que la cultura popular se nacionalizó, no obstante desde 1952 el MNR los había usado como símbolos. 

Pero, más allá de las anécdotas que muestran, es evidente  desde hace mucho tiempo el interés de la política nacional por apropiarse del potencial de producción de sentido de la cultura popular y, siendo más específico, de la fiesta. En vista de la relación que se da entre la producción de sentidos desde la fiesta y el modo cómo ello involucra lo nacional. Es menester hacer algunas especificaciones metodológicas que contribuyan a ver cómo el Estado, a través de la idea de lo nacional, se incrusta en las fiestas populares. 

Sin embargo, en el área rural y en los pueblos intermedios del altiplano  las lógicas de la fiesta popular responden a otro tipo de estructura, alejada de las consideraciones estatales. Hay por lo menos una “tensión” en la concreción de las fiestas: la que se da entre sus poblaciones o formas de vivir la fiesta. 

Por ello y acudiendo a una delimitación esquemática es necesario describir que la principal diferencia entre los actores sociales de las fiestas del altiplano radica en la que hay entre los pueblerinos y los de las comunidades indígenas. Aunque los actores sociales son muchos más, incluidos los actores económicos de la fiesta,  esta diferencia por el momento nos parece reveladora y la profundizaremos. 

Entre los pueblerinos hay toda una estrategia de construcción de identidad que se despliega, no sólo desde ellos, sino primordialmente desde los residentes. Se nombra residentes a los migrantes urbanos e internacionales que, asociados de alguna manera, normalmente en torno a la fiesta del pueblo y su patrono, regresan cada año para participar de la fiesta. Ese modo de regreso transforma los códigos culturales, evidenciando la “interferencia” de la festividad.  

Los residentes son los migrantes del pueblo que se hicieron de negocios en la ciudad o en otros espacios más vinculados con lo urbano-mestizo y regresan triunfantes a sus pueblos para la fiesta (normalmente para bailar morenada). Los de las comunidades que también tienen migrantes a veces encuentran a sus migrantes alineados con los pueblerinos, bailando morenada, o en su defecto, regresan para cumplir con las tradiciones locales. La principal diferencia es que los pueblerinos se alinean más a las tradiciones dancísticas urbano-mestizas, mientras los comunarios siguen representando, cada vez con más dificultades, sus danzas míticas y tradicionales. Aunque estas fronteras son muy frágiles y es posible que algunos ejemplos reales puedan hacer tambalear esta afirmación, podemos asegurar que la mayoría se desarrolla de este modo.   

Precisamente en esas tensiones y diferencias es que esta intervención se asienta. Los pueblerinos repelen a los comunarios, los comunarios no se llevan bien con los pueblerinos. Sin embargo, durante la fiesta es donde ambas diferencias se encuentran, comparten el espacio y se sienten parte de algo más grande, de todos modos la fiesta es el espacio donde pueden mostrar sus diferencias con cierta sutileza. Este es un pequeño ejemplo de cómo la lógica con la que se desarrolla la fiesta popular está muy alejada de los presupuestos de los burócratas estatales. Como se pudo ver en el pequeño espacio de cada pueblo del altiplano, donde cada año se lleva a cabo una performance ritual de unidad es donde se contemplan las señales de una pertenencia local que puede interpretarse desde una perspectiva nacional. 

Esta es una aproximación preliminar porque descubrir el entretejido de estas fiestas es mucho más complejo, hacer visibles las señales que danzarines urbanos y rurales lanzan no se resuelve con tal o cual ley que busca legitimarlos, en muchos sentidos escarbar en la fiesta popular nos da las pautas para comprender lo nacional desde diferentes aristas, pues sabemos que las fiestas populares y sus ritualidades deben interpretarse no solo desde el punto de vista de lo exótico o lo estético, en el mejor de los casos, sino que ellas revelan la esencia del ser nacional, querámoslo o no. Así, en el pequeño espacio de cada pueblo del Altiplano, donde cada año se lleva adelante una performance ritual de unidad, es donde se puede contemplar acciones que mandan señales de su pertenencia nacional.

 

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