Cuento

El espejo

El autor debuta en el género de la ficción con este cuento corto, en el que imagina la agonía del Che en las selvas bolivianas. “¡No soy yo!”, quiso convencerse. Recordó la mañana en que se consoló ante el espejito de bolsillo, tres semanas después de su arribo al campamento de los alzados...
domingo, 9 de febrero de 2020 · 00:00

Juan Carlos Salazar del Barrio Periodista, exdirector de Página Siete
Luis Zilveti Ilustración

 

“No soy yo”, se había dicho al verse en la imagen que le devolvía el espejo esa mañana pegajosa del otoño habanero, con su incipiente calvicie, los cachetes abultados por la prótesis y los lentes de carey con los que pretendía disimular su identidad. ¿Cuánto había transcurrido desde entonces? Quiso recordar su partida entre disfraces y precauciones, pero el tiempo se le escapaba como el agua del arroyo inexistente en los días de sed. Sentía las piernas acalambradas, ausentes, y un vaho cálido que subía desde su pantorrilla derecha, apenas cubierta por un esparadrapo mugriento. ¿Era un boro? El recuerdo de los ayes de sus compañeros durante la extracción del inmundo gusano entre nubes de insectos en la manigua, se confundía con el de su propio alarido al momento de sufrir el latigazo de fuego que lo dejó tendido en la orilla pedregosa del río, un golpe seco que ahogó el tronar de la balacera y revivió el murmullo del torrente y la floresta. 

Pero ahora no sentía dolor, más bien lo creía ajeno, como si se filtrara a través de las gastadas paredes de adobe de la escuelita sólo para ensañarse con el final de su andadura. “No soy yo”, se escuchó decir nuevamente, al evocar esta vez la imagen que le interpelaba desde otro espejo, el de su habitación del hotel paceño, donde había aguardado impaciente la hora de volver a ser él mismo, en la víspera de la hora definitiva, la del reencuentro con su sino. 

Vio que se le movían las piernas, que la derecha se montaba lentamente sobre la izquierda, digitada por una fuerza extraña, ajena a su voluntad. Y sintió un cosquilleo agudo y doloroso que se extendía desde la cintura hasta el pecho. “Son jejenes”, pensó. Quiso fumar para espantarlos. Buscó la pipa y la picadura de tabaco, pero no encontró nada entre sus andrajos. “Aleida …”, susurró, buscando a su compañera en procura de ayuda. El sonido hueco del cuartucho le devolvió un gemido como única respuesta, un sollozo, que tardó en reconocer como suyo. 

No había reparado hasta entonces en el ajetreo que lo rodeaba, en la procesión de sombras que se agigantaban y achicaban, el mismo cortejo lúgubre de uniformes animados que había visto un día antes en la cañada. “¡Ríndanse rojos de mierda!”, “¡Salgan con las manos en alto, carajo!”, tronaban las paredes, animadas por ecos distantes. 

El olor a covacha cerrada, húmeda y caliente, inundaba la estancia. Sintió que tiritaba, que un frío de muerte congelaba poco a poco sus entrañas, sin que la fiebre que le quemaba la piel alcanzara a calentar su cuerpo avejentado por el dolor de las 337 noches de insomnio. Estiró las manos para recoger los rayos de sol que se colaban por la puertita desvencijada, pero cuando creía tenerlos a su alcance, los veía alejarse, retobones, en medio del espasmódico trajinar de las sombras.

 Alguien le ofreció un plato de sopa. Era una mujer joven, de pelo negro y rostro moreno, con un guardapolvo blanco que dejaba ver una blusa floreada de percal y una faldita cosida a mano. Imaginó que era la maestra de la aldea y le señaló el error de un pequeño letrero que colgaba en una de las paredes del aula. “El sé de saber lleva tilde…”, le dijo, arrancándole una sonrisa sonrojada. Sus ojos castaños, sus muslos firmes y sus senos pequeños le recordaron a la moza de la que quedó prendado días antes  en el caserío del Quiñal. 

Las picaduras de los jejenes, las yaguasas, los mariguís y las garrapatas se habían convertido en llagas purulentas que le abrasaban el cuerpo como tizones. Acosado por el asma y la fiebre, no lograba sacudirse del frío que le congelaba el alma. Sintió que estaba todo cagado, con sus harapos embarrados y un hálito fétido que le subía desde las extremidades y le laceraba el rostro. “¡Estoy hecho una mierda, un guiñapo!”, se dijo. 

Recordó la mirada dulce de la maestrita y sintió vergüenza. Vio entre las sombras el perfil afligido de su madre. Lo miraba con la misma ternura que advirtió en su semblante el día que lo despidió en la estación de Retiro, catorce años atrás, cuando le pidió a su amigo Calica, con lágrimas en los ojos, que cuidara de su muchacho,  “mi Ernestito”, de quien pensaba que “no había salido todavía del cascarón”.

     “¡No soy yo!”, quiso convencerse. Recordó la mañana en que se consoló ante el espejito de bolsillo, tres semanas después de su arribo al campamento de los alzados, cuando comprobó que su pelo estaba creciendo, que el teñido de las canas comenzaba a desaparecer y que, finalmente, le nacía la barba. “Dentro de un par de meses volveré a ser yo”, pensó ese día, contento de su inminente reencarnación en su propio cuerpo. 

Después vino lo que vino, el deambular por la selva a trancas y barrancas; las astillas clavadas en las tripas y la garganta por el hambre y la sed; las caminatas arrastrando los pies descalzos bajo la lluvia, escudriñando las copas de los árboles en busca de alguna fruta, atentos a cualquier ruido que pudiera delatar la presencia de una pieza de caza, mascando yuyos para despistar al ayuno. ¡Nada de nada! Y las inesperadas comilonas gracias a la milagrosa aparición de algún mono o de un chancho de monte, con sus secuelas de eructos, pedos, cólicos, vómitos y diarreas. Era la “nueva etapa” que había proclamado el primer día de su campaña, aunque no la imaginaba de esa manera. 

Quería dormir para espantar las premoniciones y malos augurios que se le atoraban en la mente, pero apenas asomaba el sueño se le aparecía la imagen de la yegüita moribunda, con la mirada suplicante, echando sangre a borbotones por el cuello, a la que acuchilló en plena selva en uno de sus raptos de desesperación; o veía a sus compañeros sacudidos por los calambres, tomando sus propios orines para combatir la sed, llorando por un buche de agua. Avistaba miles de carabinas vomitando fuego en medio de la cañada, escuchaba los gritos de terror disfrazados de interjecciones de combate: “¡Ríndanse, cabrones!”, “¡Váyase a la mierda, carajo!”, y despertaba sobresaltado, musitando “¡no disparen… soy el Che!”.

Sintió que alguien le jalaba de las barbas y las greñas apelmazadas por la sangre y la mugre, que lo abofeteaba, que le conminaba a que le respondiera a esto y aquello y que le gritaba, entre escupitajos,  “¡por fin te di caza, hijo de puta!”, pero él estaba en otra parte, sumido en una danza de imágenes en blanco y negro que convertía el pasado en presente, entre sones militares, quenas lastimeras y consignas en desuso que pugnaban por liberarse de las ataduras del olvido. Veía a los indígenas del Altiplano, con sus rostros impasibles e impenetrables, y a los mineros “invencibles y poderosos” de Bolsa Negra, encaramados en sus viejos camiones sindicales como “guerreros de otras tierras”, a los que había conocido en los albores de la Revolución Nacional.

Creyó revivir los desfiles de las milicias obreras y campesinas que vio transitar por El Prado paceño, en su ya lejana primera visita, y reconoció el aroma de la rebeldía que había sentido esos días, el olor dulzón de la pólvora de los fusiles Mauser y los cachorros de dinamita. Aquí “se ha luchado sin asco”, le había escrito a su amiga. Un tableteo sordo y pesado, que él supuso del mismo pasado, espantó a los loros y papagayos que reposaban en la arboleda del caserío. Escuchó unos alaridos en el cuartucho vecino, pero los confundió con los chillidos de la parvada y con sus propios quejidos.

El trajinar de sombras pareció detenerse en la habitación. Alcanzó a percibir una figura solitaria, un fantasma que se plantaba vacilante ante sus miembros ultrajados, como una visión. Intentó fijar su mirada en el rostro del espectro. Quiso decir algo, llamar, gritar, pero no logró traducir sus pensamientos en palabras. Le salían en cascada, pero nacían muertas, ahogadas en su propia garganta, y se perdían en un mar de murmullos. 

Sintió que miles de agujas de hielo le atravesaban el cuerpo y le estallaban en el corazón. Se escuchó lanzando un aullido, inaudible, y advirtió que su grito, impotente, quedaba petrificado en una mueca. Se vio suspendido sobre sus despojos, mirándose desde lo alto, y reconoció su rostro a lo lejos como en un espejo, con la claridad de los amaneceres y la transparencia de la que hablaría el trovador. Se descubrió con los mechones desprolijos, sedosos, brillantes; la barba rala y el bigotillo a lo Cantinflas; la boina negra, apoyada sobre la oreja izquierda, con la estrella roja de cinco puntas en la frente; el habano humeante en la boca y la mirada perdida en el infinito. Sonrió, socarrón, mientras la imagen se desvanecía en su propio confín.

 

 

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