El chicuelo dice

El pequeño planeta que se esfuma

Es el Juvenal, el planeta que se diluye en la enorme historia de la humanidad y en la enorme historia de Senkata y en la enorme y trágica historia de Bolivia...
domingo, 09 de febrero de 2020 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

¿Se da cuenta? Fue justo acá. Mire sino el balazo. ¿Ve? El balazo que le entró a este pobre por acá y salió por este otro lado. 

Es la bala que le voló la mandíbula. El balazo gracias al cual se le chisparon las muelas y la lengua a la vez. Dónde andará ahora su muela del juicio. O esa con un huequito de este tamaño y que me hacía revolcar de dolor cuando mascaba chicle. 

Dónde habrá quedado. O bien dónde habrán quedado sus últimos pensamientos allá en Senkata.

En qué ladrillo de la pared que hemos hecho volar. En qué color de la pintura. Si en el amarillo o en el verde o en el naranja. Dónde los pensamientos de este Juvenal: Creo que me estoy muriendo, creo que estoy desapareciendo de a poquito, que mi cuerpo se está comprimiendo. 

Y que gracias a eso veo el cielo de la ciudad de El Alto, y que por eso veo las nubes que forman los gases lacrimógenos o el humo de las fogatas que he ayudado a prender. 

Puedo ver, por ejemplo, los oscuros y toscos rostros que me rodean y que me observan desde allá arriba. Y pienso así debe sentirse un perrito cuando lo arrollan en la calle. 

Y pienso así debe sentirse un bichito que uno pisa cuando está caminando por su casa. 

Un bichito como una hormiga o un gusano. Un bichito como una arañita: Le han dado, le ha pillado la bala.

Ahorita mi cuerpo sin dientes y sin lengua se dibuja a sí mismo. Como si yo fuera una mano y dijera este es el mapa de mi cuerpo. Por este lado están las piernas rechonchas y con pantalón de tela. Por este otro mis rodillas tiesas como cuando uno se despierta de una pesadilla. Y acá está mi pecho lampiño y mi barriga del señor Barriga. 

Es el Juvenal, el pequeño planeta que se esfuma, el planeta que se diluye en la enorme historia de la humanidad y en la enorme historia de Senkata y en la enorme y trágica historia de Bolivia.

Hoy soy el barrigón que agoniza mientras allá arriba de mí los rostros desaparecen y hay más gritos y más gases lacrimógenos y más humo de las hogueras que he ayudado a encender.

Soy el petacudo hecho olvido, planeta chiquilín que deja este mundo. El que se pregunta dónde estarán mis muelas, en qué parte, en cuál rincón de la ciudad de El Alto y de Senkata mis recuerdos de cuando estaba vivo. El recuerdo del Tarzán, el perrito de mi infancia. O el del Perico, mi amigo de colegio. O los recuerdos de por qué me he convertido en barrigón.  ¿Ya vio? La bala ha entrado por este lado y ¡plas!, ha salido por este otro. Aunque en mi opinión no creo que haya sufrido. Porque cuando una bala le cae a uno así no se sufre nada. No se siente dolor alguno. Ni siquiera se piensa mucho: Pero yo, el Juvenal, sé que eso es mentira. 

No duele mucho, cierto. Casi ni se percibe qué lado le está doliendo a uno. Porque cuando una bala le cae ni siquiera se piensa. Eso es lo malo. Los segundos en tiempo de humano se convierten en siglos en tiempo de rinoceronte. 

Porque cuando a uno se le chispan las muelas y la lengua se le abre como una flor, cuando pasa todo eso, y si como en mi caso te llamas Juvenal y eres gordito y usas camisa sport y chamarra caqui y cuando te peinas con la raya a un costado, y cuando en la billetera llevas tres de diez bolivianos y tu carnet que vence este año, y cuando un Juvenal como yo está agonizando en el suelo, y cuando eso pasa todos los minutos que forman un planeta, este planeta que soy yo de pronto estallan en tu cabeza y piensas en burreras y grabas todo en esa parte de tu cerebro que se va apagando y solo piensas que habrá alguien, un señor, una señora, a lo mejor un niño, que desde otra dimensión comenzará a escribir lo poco de pensamientos que te quedan diciendo: ¿Se da cuenta? Fue justo acá. Mire sino el balazo. ¿Ve? El balazo que le entró a este pobre por acá y salió por este otro lado.

 

1
2