Obituario

George Steiner, el último humanista

El pensamiento del intelectual inglés fallecido el lunes “muestra una enorme ternura no ya hacia nuestra especie como conjunto, sino hacia el milagro de cada hombre”.
domingo, 09 de febrero de 2020 · 00:00

Rafael Narbona Escritor y crítico literario El Cultural

Vivimos en la época del eclipse de Dios y no comprendemos que la negación de lo sagrado rebaja la dignidad de lo humano. Si el destino de nuestra especie es el polvo y el olvido, no caben otras alternativas que la desesperación y la náusea. La angustia de Antoine Roquentin ante un cosmos absurdo refleja la desolación del hombre tras el desencantamiento del mundo. Discípulo de Jacques Maritain y Lévi-Strauss, George Steiner abordó sin miedo el problema de la existencia de Dios. Hijo de judíos austriacos, Steiner rastreó las huellas de la trascendencia en el arte, señalando que el valor de las grandes obras no procede de ciertas simetrías o asimetrías, de ciertos formalismos o de determinadas peculiaridades biológicas, sino de su capacidad de evocar algo que está más allá de la experiencia. La creación artística nos pone en contacto con ese origen que hemos enterrado bajo la palabrería inútil de la modernidad, donde la autonomía del sujeto adquiere el rango de referencia absoluta. 

El arte es un puente hacia lo invisible, hacia ese mundo que alborea desde los primeros tiempos, cuando el ser humano recurre a las expresiones estéticas más rudimentarias para comprender su naturaleza paradójica. El hombre no es animal, ni ángel, sino un ser fronterizo, con una insatisfacción vital que solo puede calmar la perspectiva de lo infinito.

George Steiner advirtió que el arte se separó del mundo a partir de Mallarmé, cuando la palabra prescindió del significado y se convirtió en un objeto independiente e ininteligible, casi una cosa entre las cosas. Desde entonces, su alienación no ha dejado de crecer, confinando al hombre en un espacio cada vez más pequeño de perplejidad y esterilidad. Ya no hay pensamiento, sino notas a pie de página. Hemos quedado atrapados en la “cultura del comentario” de las grandes obras del pasado. El ser humano solo podrá salir de ese callejón recobrando el sentido del riesgo y abriéndose a lo incierto. Pensar siempre es un gesto de temeridad, un desafío, una aventura de imprevisible desenlace. El hombre solo puede ser libre por medio de la imaginación, que siempre le obliga a dar un paso más allá, adentrándose en el misterio, en la alteridad radical.

Steiner aprecia una indudable equivalencia entre la pregunta por el ser y la pregunta por el arte. ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Por qué ha surgido la creación artística, una actividad gratuita y aparentemente inútil? La respuesta de Steiner, que transitó de la filología a la teología, es valiente y clara: “hay creación estética porque hay creación”. La intuición de un acto creador primigenio nos conduce a la “gramática de lo insondable”. El artista elabora un lenguaje para explorar el origen del ser. El arte es lo posterior, lo que sigue al acto creador del que procedemos. La producción de obras de arte es “contra-creación”. El artista emula al “innombrable rival”, al “otro artesano” –según la expresión de Picasso–  que hizo el mundo en seis días. Su obra es una suma, un compendio del universo. Los haikus, los estudios de Webern o el bosque nocturno de temprano Kandisky “crean un contramundo tan completo, tan marcado por la huella de la mano de su artesano, su “segunda mano’” que este mundo “llama, golpea y entra en nuestra alma” (Browning) y, a su vez, nosotros le damos eco, santuario de recuerdo, descubriendo en él un alojamiento para nuestros reconocimientos y necesidades más íntimos”. 

En un mundo secularizado, perdura la imagen del artista como dios, como demiurgo, quizás porque Dios es otro artista. Frente a la monstruosidad de la muerte, el artista opone la inmortalidad de la obra de arte, su voluntad de sobrevivir a su autor y acompañar a las generaciones venideras de forma indefinida. 

La muerte es el acontecimiento que cierra el horizonte, un límite insuperable. El arte se enfrenta a ese límite y proclama el triunfo de la vida, de lo abierto, de lo que permanece alerta, proclamando que la nada no es el fin de la aventura humana.

El arte es “la negación de la mortalidad” y el anuncio del “alegre y libertario escándalo de la resurrección”. Además, implica el hallazgo de la otredad, de una presencia en el cosmos análoga a la radiación de fondo, un eco que nunca se apaga y que abre las compuertas del tiempo. La ocultación y el silencio de esa presencia explica que a lo sagrado le acompañe siempre un “aura de terror”, ese ángel terrible del que habla Rilke y que la psicología freudiana ha intentado asimilar al inconsciente. Steiner repudia la topografía del psicoanálisis, señalando que las pulsiones del Ello son una banalización del daimon que inspira al artista. 

El arte es “un acto metafísico, un encuentro con la autoridad opaca y previa de la esencia”. George Steiner no esconde su “apuesta por la trascendencia”, ni su convicción –extraída de Heidegger y Wittgenstein– de que la ciencia “no piensa”, pues se limita a cuantificar y acumular experiencias, sin investigar el significado último de las cosas. Su opinión es semejante a la de Pascal, extraordinario genio matemático que no obstante compara la geometría con el trabajo de un artesano. En cambio, el arte se interroga sin tregua por el significado, buscando una respuesta al origen de yo y del mundo. El hombre no se conforma con estar. Necesita comprender. Esa inquietud le sitúa en una relación de vecindad con lo trascendente. El arte, la poesía y –especialmente– la música son la vía de comunicación que nos permite acercarnos a la causa primera e incausada del universo. Steiner cita a Leibniz, según el cual “la música es una aritmética secreta”. Como diría el recientemente fallecido Roger Scruton, la música está en este mundo, pero no es de este mundo. “La música –escribe George Steiner– aporta a nuestras vidas cotidianas un encuentro inmediato con una lógica de sentido diferente a la de la razón”. La música trasciende lo expresable y lo analizable. Es el umbral de algo que no puede reducirse a evidencias contrastables, pero no es simple sugestión, sino luminosa teofanía.

George Steiner sostiene que si algún día desaparece la pregunta sobre Dios, si realmente deja de tener sentido para las futuras generaciones, el arte descenderá a lo trivial. Será entretenimiento o grito desgarrador, pero sin ningún vínculo con la verdad y la belleza. En nuestros días, la pregunta sobre Dios aún espejea en la conciencia. Todos recordamos el Viernes Santo como ejemplo de injusticia y sufrimiento. 

La cruz simboliza el dolor inocente, el fracaso de la humanidad, el triunfo del verdugo sobre sus víctimas. Sin embargo, la ignominia del Viernes Santo es transfigurada por el Domingo de Resurrección, el día de la esperanza y la liberación de todas las servidumbres. El arte vive entre medias, en la espera del Sábado Santo. Sin esa expectativa, “¿cómo podríamos tener paciencia?”. George Steiner no fue un apologista de la fe, pero sus libros están tocados “por el fuego o el hielo de Dios”. Crítico y a la vez solidario con la posmodernidad, muestra una viva preocupación por el ocaso de todo lo que había de humano en nuestra civilización.