Homenaje

Poema en prosa al Hernando Siles

El estadio paceño, a 90 años de su inauguración, ha trascendido ampliamente a generaciones de futbolistas, clubes, periodistas y aficionados al deporte.
domingo, 9 de febrero de 2020 · 00:00

Augusto Vera Riveros   Escritor

El 16 de enero último fue un día cualquiera para casi todos, incluso para los amantes  de ese deporte que enloquece colectividades, enemista amigos y reconcilia familias.  No estamos hablando propiamente del fútbol, sino más bien del lugar   donde se lo juega con tanta pasión como la que en los seguidores de este fenómeno social provoca arcanos delirios. Ese lugar es un estadio y se llama Hernando Siles; no fue ni es el escenario de los espectaculares encuentros deportivos que se disputan en otros míticos campos, como el de Wembley en el viejo mundo; o el Centenario de esta parte del hemisferio, pero sin duda el Hernando Siles de La Paz, a 90 años de su inauguración, ha trascendido ampliamente a generaciones de futbolistas, clubes, periodistas y aficionados al deporte, como el escenario más emblemático  de la historia de Bolivia. 

Para quienes han crecido en las décadas del 50 o 60, queda perenne en la memoria el frontis de estilo tiwanacota que el arquitecto Emilio Villanueva diseñó para lo que en los años posteriores fue uno de los escenarios deportivos más importantes de América. Si se cree que esa percepción es exageradamente laudatoria, la rica historia del coloso miraflorino acaba por desbaratar cualquier opinión en contrario, porque no es que sus iniciales 25.000 espacios de capacidad o sus más de 40.000 actuales sean el fundamento de su estimación; algo más importante lo sitúa en la cima de su significación. Y es que por su gramado pasearon su fútbol las mejores conformaciones de los clásicos rivales del país, ante muchedumbres de fanáticos de ésos que por extraña convicción o por mera rebeldía se han alineado en las barras de Bolívar o de The Strongest, y que son los que piensan que en el interior del país también existen grandes clubes, y no solo están en el derecho de creerlo sino que efectivamente tienen razón. No hay razón para desmerecer a nuestros equipos.

Pero dejando de lado cualquier apasionamiento, los académicos y los atigrados son –y la historia, los números y laureles lo avalan– los clubes más emblemáticos del país.  Ellos vienen, desde 1930, haciendo de anfitriones en el que temporalmente fue el Estadio Olímpico La Paz, con escuadras que han enorgullecido a generaciones. 

El coloso de Miraflores no siempre tuvo las características de hoy. Hoy mismo, no es un escenario que presuma de los adelantos tecnológicos que tienen otros estadios del mundo, pero la historia que encierra lo distingue nítidamente de las grandes obras de ingeniería que existen. Allá, en el lugar más sonado de Miraflores, se han jugado varios partidos del todavía añorado título de campeones sudamericanos que en 1963 obtuvimos.

Pero fue en 1993 en que nuestro templo deportivo fue el escenario del mayor delirio colectivo al lograr una clasificación en competición por primera vez a un mundial de fútbol. Una sinfonía ejecutada por 11 excepcionales futbolistas apuró el ritmo cardiaco de millones de bolivianos. Allá también cayó la siempre poderosa selección brasileña por primera vez en una eliminatoria mundialista. El crudo invierno cambió por el calor de un enfervorizado público cuando el Diablo Etcheverry humilló a cuanto rival se le puso en su camino para quedarse con la gloria de formar parte del primer equipo nacional que le arrebató el record de invicto en esas instancias. Ningún otro campo de futbol en el continente, hasta entonces, se había hecho cómplice de una escuadra nacional, como la boliviana, para entre ambos cumplir el sueño de derribar al Goliat del balón. 

Después de todo, en el deporte –como en la vida– primero hay que soñar para que los sueños se hagan realidad. Años más tarde, el scratch nos cobraría cara la osadía de haberle despojado de una marca sobre la que solamente él tenían exclusividad; esa derrota supuso que en la final de la Copa América, disputada también en ese templo, nos relegara a un segundo puesto. Monstruos del orbe en el fútbol como Ronaldo, Dunga o Romario, se encargaron de sepultar nuestras ilusiones de un segundo lauro. 

Habrá quienes no compartan que el estadio miraflorino deba ser motivo de un respeto casi religioso. 

Déjenme decirles que, si bien acá nunca se jugó una final mundialista de infarto como se lo hizo en el Azteca de Ciudad de México, ni se produjo una hecatombe como la de 1950 en que Uruguay se encargó de destrozar el orgullo de la tierra de Pel écon el célebre “maracanazo”, y tampoco tenemos que pagar 100 euros para ver a nuestros jugadores, las historias que encierra este mítico campo deportivo que conoce de fantasmas y otro tipo de actividades paranormales –porque dicen que alguna vez fue un cementerio–, los soberbios relatos de las proezas que se hicieron con el balón (como los de Cucho Vargas o Tito de la Viña), los helados de canela, o las rangas de la curva norte, al final no son más que condimentos de un campo que en sus primeras décadas, a las cuatro de la tarde de cada domingo, fueron esperados con ansias durante toda la semana. Pero lo que encumbra verdaderamente al óvalo de cemento entre los más notables es que su superficie pudo sentir a un Víctor Agustín Ugarte haciendo malabares; o a un Chichi Romero deslumbrar con su talento. El mismísimo Pelé hechizó con su magia en él. 

Cada vez soy menos asiduo del fútbol, cada vez sé menos de él, luego soy algo cauto a la hora de definir mis preferencias por uno u otro equipo, pero resulta inevitable para quien ha frecuentado el Siles desde sus primeros años de vida,  homenajear al que me permitió ver a mis ídolos y ver cientos de veces arqueros resignados viendo cómo la pelota se enrumbaba a su propia valla. La congoja de unos es la fiesta del rival. Recuerdo a mi padre tomarme de la mano entre la muchedumbre frenética cuando aún yo era muy niño y ganar algún asiento en la única bandeja que tuvo el estadio hasta 1977. 

Se sentía la veneración por un campo del que, desde siempre y hasta hoy, mana una rara energía de la que no es fácil zafarse. Al Hernando Siles le rodea un aura que hace que las pasiones se enciendan hasta límites inefables. No tiene el aforo del Allianz Arena de Múnich, pero ni este ni ningún otro prodigio de la arquitectura deportiva hizo arder corazones como volcanes en erupción, ni tuvieron la entereza de soportar el desencanto colectivo ante el dolor de la derrota. 

Algún día, podrá levantarse un campo más acorde a la población y adelantos de la tecnología, pero el Siles deberá permanecer como el templo que nunca se derruye, como el Estadio de Olimpia. Para siempre.

 

 

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