La sonrisa de Sísifo

Uncut gems: la euforia es la mejor droga

El filme nos bombardea con estímulos y crea un caos que nos asfixia de la manera más deliciosa al dejarnos llenos de euforia.
domingo, 9 de febrero de 2020 · 00:00

Adrián Nieve Escritor

Dicen que en el universo existe la armonía, pero que los humanos no podemos percibirla de buenas a primeras. Que la espiritualidad, el misticismo, la religiosidad y/o la superstición, son sólo algunas de las formas que tenemos para escapar al hecho de que somos seres del caos y que por eso la armonía nos cuesta. 

Dicen que la vida misma tiende al caos y la historia de la humanidad está compuesta por gente convencida de que podían darle un orden. Somos aquellos que le encuentran sentido al sinsentido y que se creen capaces de influenciar los caprichos del azar.

Por eso todos somos un poco como Howard Ratner. Es decir, un tipo común. No muy culto, ni inteligente, o con el olfato más fino. ¿Quién es Howard? Un joyero del distrito de Diamantes en Nueva York, un hombre bastante vulgar que también es el protagonista de una de las mejores películas del 2019: Uncut gems, otro acierto brutal de los hermanos Josh y Benny Safdie, quienes ya antes nos trajeron la magnífica Good time y que ahora suben el nivel de su estilo frenético con una película tan intensa que se hace deliciosamente asfixiante.

El ritmo desquiciante del filme empieza desde el primer momento que vemos a Howard Ratner, magistralmente interpretado por Adam Sandler, y no pasa mucho tiempo antes de que las cosas se pongan de verdad incómodas. De hecho, cuando llegamos a la vida de Ratner, casi toda la gente a su alrededor está aburrida de él y sus pésimas decisiones. Porque Howard es de esos personajes que nunca comprendemos del todo. Es como esas personas que te hacen dudar de la existencia del bienestar mental. Al principio pensaba que eso se debía al vértigo que produce Uncut gems, a cómo con su ritmo no nos da ni tiempo ni chance de pensar; pero entonces terminó la película y noté que todavía no entendía a Howard. 

Porque es un nefasto, pese a que no es un mal tipo. Hasta podría dejarlo en que simplemente es alguien poblado por malas decisiones, pero estaría dejando de lado algo importante que todos tenemos, pero en diferentes niveles al de Howard: la adicción a la euforia, una de las sensaciones más deliciosas de la vida.

Es gracias a Howard y esta adicción a la euforia que la tensión en Uncut gems es real. Ahí no solo afectan la estética tipo documental de sus cámaras, el uso constante de primeros planos, la forma en que todos los personajes hablan al mismo tiempo y los modos en los que el montaje y la edición se dan para abarcar todo esto, sino que Howard es vital para que todos esos elementos sean una espiral frenética de dudosas decisiones que quitan el aliento. El filme de los Safdie no tiene enormes efectos especiales porque es una historia que podría ser real, que sostiene la sensación de clímax hasta los frustrantes límites de lo insoportable. Y cuando se resuelve, cuando recobras el aliento, es que la película ha terminado y solo queda adorar al cine cuando se anima a ser algo más que un producto pipoquero. 

Los Safdie saben que somos seres del caos y se entregan a ello. Saben que ese caos hará especial sus películas y por lo mismo contratan actores no profesionales, filman en locaciones públicas con gente de verdad y no extras, por eso hacen hincapié en las expresiones amargas de la esposa de Howard, en las decoraciones del cuarto de sus hijos, en el estado del departamento de su amante, en la manera que sus empleados le hablan, en cómo lo miran y lo tratan otros joyeros. Todo está explicado ahí y, sin embargo, en ningún momento se da la sensación de que se nos esté explicando algo. Entre todos esos detalles y el ritmo frenético, pareciera que la exposición de trama es más bien escasa. Pareciera que Uncut gems te da la chance de deducir algo del caos.

Somos seres del caos, pero en nuestra búsqueda de la armonía nos gusta la certidumbre. Saber que el malo es malo, que el bueno es bueno y que el mundo es blanco y negro. Y no, no estoy generalizando. A todos nos gusta la certidumbre, pero en diferentes intensidades. A unos más, a otros menos. Y por eso todos disfrutamos la euforia: porque es un poquito de armonía y un poquito de caos. Euforia es estar sentado al borde de tu asiento en los últimos minutos del partido de tu equipo favorito, es no saber si la protagonista de tu telenovela se quedará con fulanito o menganito, euforia es esa sensación mística que dan ciertas drogas, es la intensidad de esa relación prohibida, es el quinto clic en una Ruleta Rusa. Euforia es lo que siente Howard Ratner con cada decisión de mierda que toma en la película y euforia es lo que nosotros sentimos al ver cómo Adam Sandler recuerda que es un profesional y se manda una actuación que nos hace apoyarlo tanto como apoyamos a su personaje en Uncut gems: lo odiamos, pero cosas como esta nos recuerdan que también lo adoramos y queremos que triunfe.

En resumen, Uncut gems es un filme que no todos pueden manejar, pues construye un mundo que parece real y que tiene su propio pulso, un filme que nos bombardea con estímulos y crea un caos que nos asfixia de la manera más deliciosa al dejarnos llenos de la euforia a la que es adicto su protagonista, un Adam Sandler en el mejor papel de su carrera, en una película que se habría llevado todos los Oscar de esta noche si la Academia no fuera tan cobarde  y la hubiese  nominado. Un filme que no sirve para sentirse bien y que no puedo prometer que le guste a todo el mundo, pero te juro que termina con una sonrisa.

 

 

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