La Higuera: el fin de los de barba y melena

La guerrilla que contamos presenta “la historia íntima de una cobertura emblemática”. Es -dice el reseñista- el retrato de una época y de los periodistas que la escribieron.
domingo, 1 de marzo de 2020 · 00:00

Augusto Vera Riveros   Escritor

Haciendo de lado toda valoración ideológica, quién no sabe algo del Che Guevara… La leyenda de su vida pública –sobre todo en Bolivia– ha llegado a oídos de gran parte de los latinoamericanos. En la década de 1970, la juventud de la clase media alta quiso emular el rostro de esa figura, dejándose crecer el cabello y la barba, aunque no tuvieran muchos pelos en la cara. 

Quizá el hecho de más notoriedad de   1967 fue la promulgación de la Constitución Política del Estado; su vigencia superó los 40 años. Pocas semanas después, tres muy jóvenes periodistas de formación autodidacta encontraban la oportunidad de comenzar una carrera exitosa en ese ámbito y con una prueba de fuego: periodismo de guerra.

Y luego de 50 años, José Luis Alcázar, Juan Carlos Salazar y Humberto Vacaflor narran sus experiencias de una cobertura que, en el frente de operaciones, sin duda fue de algo más que sobresaltos, y que La guerrilla que contamos traduce con esmero pero también con picardía. En 280 páginas, la editorial Plural nos presenta lo que sus autores subtitulan como la historia íntima de una cobertura emblemática.

En un razonamiento lógico, parecería ilógico que estos tres audaces un poco más que adolescentes se hayan armado, en representación de sus casas periodísticas, de apenas una libretita de apuntes y, en algún caso, de una máquina fotográfica,  y que transcurrido medio siglo cuenten sus experiencias del levantamiento armado dirigido por Ernesto Che Guevara.  

La  lectura de ese libro me hizo caer en cuenta que no resulta descabellado haberlo hecho  luego de tantos años, porque la rutilante carrera de sus autores ha servido, entre otras cosas, precisamente para comprender con genial madurez lo que aquel lejano 1967 significó para la posterior influencia del guerrillero en el pensamiento de los pueblos.

Para cubrir un conflicto de las características del que La guerrilla que contamos trata, se requiere de una formación mayor que la de cualquier otro periodista, porque además de los conocimientos básicos que todos necesitan para desarrollar no solo labor informativa, sino de corresponsalía, se debe poseer técnicas específicas que, unidas a la experiencia y la prudencia, eviten en la medida de lo posible los indudables riesgos que corren. Algunos conflictos bélicos en el mundo dieron como resultado, en proporción, más muertes de periodistas que de militares. 

Las crónicas, divididas en tres partes y cada una escrita por uno de los coautores, establecen que ni Alcázar, Salazar oVacaflor, sabían cómo funcionaba el ejército ni sus aparatos de censura para obtener información de ellos y no caer en los partes,  que no siempre son ciertos. El libro más bien evidencia que los militares, cuyo centro de operaciones era Camiri, sí conocían por la experiencia que solo la edad hace posible, el funcionamiento de los medios de comunicación y sus periodistas para encontrar la forma de evitar que éstos obtengan informaciones que resulten ventajosas para los insurgentes o que deterioren su imagen ante la opinión pública. 

Empero, una cosa es segura: a quienes fueron enviados al conflicto armado les sobró ese olfato que el periodista debe poseer para acceder a la información que las circunstancias a veces pueden negar. A pesar de ello, los corresponsales, a más de galantear a alguna moza chaqueña, nunca perdieron la compostura ni la prudencia  en un evento que, independientemente de sus convicciones progresistas muy propias de la juventud, puso en juego la seguridad del Estado. Su agudeza y la posibilidad ya no solo de transmitir los hechos, sino de llegar hasta el propio guerrillero y lograr una entrevista, no les dejó perder el norte de un trabajo que, en resumen de cuentas, sirve hoy de documento fundamental para la averiguación del mito que representa todavía hoy el argentino-cubano. 

Confieso que antes de leer La guerrilla que contamos ninguna de mis lecturas sobre el tema me había permitido saber que después de un grupo de avanzada que el Che había enviado a la zona de Ñancahuazú y su propia aprobación a las características geográficas del lugar, el objetivo central era su propio país, Argentina, desde donde tenía planeado instaurar el germen de su revolución. 

Ñancahuazú y sus alrededores fueron concebidos como lugar de formación y escuela de guerrilleros,  y solo una indiscreción de uno de los insurgentes  hizo que se descubriera su presencia en el sudeste boliviano, obligando a que se desataran los duros enfrentamientos.

Resulta fascinante la lectura de las tres partes que componen la obra. Cada una con un estilo propio, pero todas con un denominador común: la descripción de las limitaciones de aquellos años, que obligaban a redoblar el ingenio periodístico, disfrutando en cierta forma del oficio a pesar de exponer sus propias vidas. Los tres hacen crónicas no solo de la insurgencia guerrillera en Bolivia, sino de su propia actividad periodística. Podría decirse que el entonces “más soltero de todos” –como se autodefine en la obra el propio Vacaflor– de una ironía que ha pervivido hasta hoy  como consumado columnista, fue también el más resuelto del grupo. Eso le valió su expulsión de la zona militar y, por supuesto, de la cobertura bélica. 

En sus inicios, Alcázar, Salazar   y Vacaflor hicieron periodismo de guerra, el más extremo del  ya riesgoso oficio del  periodismo. La labor de este equipo  fue heroica y entre todo el caudal de información que obtuvieron –y con ella el enriquecimiento de la historia– solo un objetivo quedó trunco: el de entrevistar al mito viviente. 

Tocar las manos aún calientes del Che luego de su ejecución, en la escuelita de La Higuera, pudo ser el consuelo de uno de ellos. Quizá… pero ahí terminaron los intensos meses de despachos, tertulias y chismes en medio de colegas de todo el mundo, militares y espías, de los que el restaurante Marietta del pueblo fue su escenario. La Higuera, distante a unos 60 Km de Vallegrande, se llevaba no solo al comandante insurrecto, sino de alguna manera a todos los “jóvenes de barba y melena”, como en la página 50 de la obra se los describe, y que sobrevivieron a ese día.

 

 

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