Notas para romperse una pata

Muertos vivientes para comprender nuestras costumbres teatrales

¿Qué nos hace excesivamente carnavaleros y tan poco teatreros? ¿Por qué cada año hay más graderías en Oruro y menos entradas vendidas en los teatros?
domingo, 1 de marzo de 2020 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata y docente UCB

Pronto empezará nuestra temporada teatral y con ella la crisis de los teatros vacíos. Un mal con síntomas tan típicos como tener que insistir a potenciales espectadores que el FITAZ es un festival de lujo, siempre buscando nuevas tácticas de persuasión para que la gente note que 40 bolivianos es plata, pero no es tantísimo. También es explorar las formas en que no seamos los mismos de siempre los que asistamos a este tipo de festivales. ¿Cómo no vamos a pedir enfáticamente que la gente vaya al teatro? No podemos permitir que el eco de los escenarios rebote entre un público vacío. ¿Realmente será que no tenemos costumbres teatrales? ¿Que algún tiempo pasado fue mejor? ¿Que a la gente no le gusta ir al teatro a pensar? 

Pero, ¿realmente es nuestra única solución quejarnos? ¿A llorar al río?  Tal vez, con un poco de antelación a la inauguración de festivales y de nuevas obras teatrales, es necesario pensar mil veces en las preguntas planteadas anteriormente. ¿Somos una sociedad anti teatral?

Y todavía no entiendo qué es lo que pasa. Pero voy a sostener que no somos una sociedad anti teatral. Más bien, todo lo contrario. Y fuera de lo político (esto es tema para otra Nota para romperse una pata). Claramente se observan varias actitudes teatrales en todas las manifestaciones de las fiestas. Cada Carnaval uno puede decir lo mismo, sobre todo viendo a su rey, el que dicen que es una parodia del arlequín español (arquetipo más teatral no puede haber). 

Cada año ponemos en escena un velorio de un Pepino que siempre nos promete una mejor fiesta, con sus respectivas viudas, con niños que cantan, con una esposa particular. Un personaje  que detrás de una máscara puede fregar a quien quiera. Y esto nos encanta. Jugar con el Pepino y jugar a ser Pepino. Y en esa resurrección, el Pepino cada año tiene nuevas ocurrencias hasta que volvemos a matarlo y a enterrarlo, porque otro entierro más trae novedades y nuevas formas de representación de una muerte simbólica que cada vez debe hacernos más felices. Y si esto no nos satisface lo suficiente, siempre tenemos las entradas y los corsos. 

Más allá de la devoción que mueve cada una de las danzas representadas, siempre hay una intención de que nos miren, de que nos aplaudan, de que se respete y se valoren las horas de ensayo tarde a la noche dejando atrás todo tipo de vida personal. (Lo que no los diferencia de los actores, actrices, directores y personal técnico en cualquier teatro del país). A la vez, todas las fraternidades cada año, en cada ensayo realizado a la luz de los faroles de las plazas o las canchas, siempre, pero siempre, se buscan nuevas formas de representación, nuevas maneras de plasmar la originalidad.

 En algunas ocasiones, se realiza una representación más acorde a la coyuntura, más actualizada o más reflexiva sobre nuestra realidad. (Y el teatro también lo hace). También hemos observado que los últimos años en todas las entradas (Carnaval, Gran Poder, Entrada Universitaria) los músicos han tenido cada vez más protagonismo, incluyendo sus propias coreografías, cánticos e indumentaria. (Otra vez, ocurre también en el teatro, aquellos agentes que creíamos secundarios como los músicos, los luminotécnicos o los escenógrafos cada vez se ven más presentes en cada puesta en escena. Cada año, puedo observar que todos estos elementos juegan un papel mucho más prominente, y en muchos casos indispensable). 

Y, finalmente, veo todo el esfuerzo que realizan cada año los bailarines, buscando dinero donde no hay para poder tener el traje, la pirotecnia y la utilería más destacada y siempre acorde al tipo de representación que van a realizar. (Y, sí, los teatreros también). 

Entonces, ¿qué nos hace excesivamente carnavaleros y tan poco teatreros? ¿Por qué cada año hay más graderías en Oruro, en la Camacho o en el Cambódromo y menos entradas vendidas en los teatros? Puede que haya algo en el escenario al aire libre que nos llame más la atención que las cuatro paredes de un edificio. Puede que generalmente nos pongamos reacios al momento de pensar en pagar cuarenta bolivianos en una entrada. Puede que el teatro nos quede muy lejos. 

Quizás es que el teatro está allí todo el año y el Carnaval apenas un par de días, que el  Gran Poder es sólo un día al año y hay que aprovechar. Y me respondo: también hay ballets folklóricos que llenan el Municipal. Es mucho más caro pagar una gradería y el pasaje a Oruro. Pero, cada año hay cada vez más salas de teatro en cada zona de la ciudad (desde mi Sopocachi-centralismo nunca pensé ir al teatro en zonas exclusivamente residenciales como Següencoma o Achumani, pero allí están, cada barrio con su respectivo escenario) y siempre decidimos viajar hasta Oruro, Cochabamba o Santa Cruz para presenciar la gran puesta en escena carnavalera. 

Creo que hay que tener cuidado con el último punto: Pensar que el teatro siempre estará allí. Y en este momento es que digo que al teatro hay que verlo como a la pareja. No darlo por sentado. Algún día, sin previo aviso, nos puede abandonar. 

Para terminar, creo que es la alegría pura del Carnaval lo que nos atrae al máximo. Felicidad para no pensar (como si el Carnaval no hubiera despertado los más grandes debates y reflexiones intelectuales sobre la colonización, la lucha de clases, la cosmovisión andina y hasta la teoría queer). Felicidad para escapar. Encerrarse en el más puro instinto de júbilo. Y a veces puede ser peligroso, sobre todo en los tiempos que nos toca vivir.

 El teatro también puede hacernos sentir alegría en momentos de absoluta desolación y sacarnos diferentes tipos de lágrimas cuando deberíamos sonreír. Y por eso deberíamos amarlo tanto y tantas veces al año. 

Ahora, como el mejor de los Pepinos, la temporada de teatro revive y se desentierra a sí misma para desafiarnos una vez más. Es una nueva noche de los muertos vivientes que en vez de miedo, nos trae nuevas maneras de repensar nuestra realidad, reconstruirla, abrazarla, rechazarla y amarla. Todo a la vez.