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El loco que se creía Victor Hugo

“Ningún adjetivo puede restringirse para enaltecer una obra que no solo fue ingente en su extensión, sino inmensamente bella en todos los géneros”.
domingo, 15 de marzo de 2020 · 00:00

Augusto Vera Riveros   Escritor

Dicen los estudiosos de Victor Hugo –sí, los estudiosos suyos, porque un gigante como éste ha tenido y tiene especialistas en él–  que es uno de los más reconocidos escritores franceses de todos los tiempos. En mi modesta opinión, creo que es uno de los más grandes literatos de la historia en el mundo, y con seguridad, el más notable cultor de las letras en ese contexto en que el destino parece haber concentrado a lo más granado de la literatura. 

Entonces, no voy a hacer una reseña sobre obra alguna en particular, y solo me limito a resaltar la figura de un genio de las letras universales, siguiendo de alguna manera la tendencia a un descontrolado incremento registrado en la propia literatura sobre el par de Francia.  Y es que una personalidad tan prolífica en su obra no podía ser infecunda en la pluma de los que de él han escrito. 

Nacido para deleitar a generaciones, ningún adjetivo puede restringirse para enaltecer una obra que no solo fue ingente en su extensión, porque por sobre todo, fue inmensamente bella en todos los géneros en que, como pocos, con maestría incursionó.  

Para Victor Hugo, ningún género literario fue desconocido, aunque es indudable que la novela romántica social  fue el fuerte con que inspiró a cientos de novelistas que le sucedieron y que fueron decisivamente influenciados por su estilo. 

Sentía casi un desdén por varios autores de su época, y cuando hablamos de contemporáneos, nos referimos a quienes estaban en el pináculo de las letras, como Stendhal o Flaubert, por lo que en muchos casos había reciprocidad en sus consideraciones cuando a él se referían. 

Pero era evidente que su nombre era grande entre los grandes y él lo sabía, tanto que hablar de Victor Hugo ya entonces era hablar de uno de los genios superado únicamente por Shakespeare o Cervantes…; pero por sobre ellos tenía ventajas notorias, en mérito a la versatilidad de sus escritos.  Así, la poesía en cuyo campo produjo más de doscientos cincuenta mil versos, o el drama, el ensayo, la narrativa, en fin, toda gama literaria, sin contar su paso por la política de Francia y su defensa tenaz del derecho a la vida, hicieron que psicológicamente se ubicara en un pedestal por encima de todos, ocasionando un endiosamiento  consciente de que el mundo culto tenía que escoger entre él o él. 

Victor Hugo era colosal entre los grandes y él lo sabía, tanto que su modelo era él mismo. El poeta Jean Cocteau decía de aquél, que era un loco que verdaderamente se creía Victor Hugo. 

Ahora bien, el hábito compulsivo por escribir que dominaba al vate no fue óbice para que tuviera una vida personal –no tanto privada– verdaderamente intensa, llena de contradicciones conductuales; bien que por un lado se manifiesta en la célebre novela El último día de un condenado a muerte, que refleja la injusticia de cegar la vida humana, a pesar de los motivos que a ello dieran lugar, y por el otro, con una vida licenciosa, llena de infidelidades que iban y venían, según como se entiendan sus traiciones a su esposa y las de ésta hacia él mismo. 

Asiduo a lupanares, quizá favorecido por su conocida proclividad a accesos carnales no solo frecuentes sino prolongados, sobre los que Mario Vargas Llosa en una conferencia al respecto aludió manifestando que en su noche de bodas, pudo hacer el amor nueve veces. Virilidad extraordinaria en un hombre que llegó virgen al matrimonio. 

Casi dependiente de un celestineo confiado a su empleada doméstica y que las tempestades producidas por ese motivo en el París de entonces, nos hace pensar en que no era lo efectivo que él quería, dan cuenta que estuvo irremediablemente rendido a una sensualidad reñida con su militancia católica, aunque muy particular por su posición abiertamente anticlerical.  En todo caso, siempre fue un creyente, pero muy al estilo del que peca porque no hay que rendir cuentas a ningún cura; al fin y al cabo, son la razón de su desapasionamiento por la religión.

Pronto a morir, ya muy anciano, aseguraba haber tenido conversaciones espíritas con Sócrates y con el mismo Jesucristo. Mucho antes había prometido a una de sus amantes una vida mejor después de su muerte. 

Leer Los miserables o Nuestra Señora de París significa adentrarse en los más recónditos rincones de la naturaleza humana. A pesar de que entender en su cabal dimensión a Jean Valjean en su relación filial con Cosette, buscando redención luego de haber tomado una hogaza ajena, o a Quasimodo en su sueño pasional con aquella niña/mujer, Esmeralda, por quien termina dando su vida, en ambos casos influenciados precisamente por la religión a la que formalmente combatía, es, a no dudarlo,  difícil; pero ¡cuánta belleza prosaica hay en ambos relatos! Y cuanta sensibilidad se infiere de las dos historias. 

Y me detengo ahí, porque dije que hoy no pienso reseñar nada. Mas creo que por todo aquello, entre muchas otras razones, es que este orate que se cree Victor Hugo, único por su genio e ingenio, por el vértigo que imprimió a su vida, por su excesiva inclinación a las mujeres jóvenes, sin importar que sean nobles o plebeyas, de refinadísima educación o rameras, ya sea por su meticulosidad para registrar sus gastos hasta lo ridículamente ínfimo; no importa, porque lo importante en la vida del mayor prodigio que, en mi opinión, dieron las letras de la siempre ubérrima Francia, dio desde entonces y hasta ahora motivos para decir algo suyo. 

Cientos de volúmenes se han escrito sobre él, como no se hizo respecto a ningún otro artista, a excepción de Shakespeare. Fue capaz de escribir interminables versos y correspondencias que son caricias al alma y lisonjas al oído, como de sintetizar su incertidumbre sobre la aceptación de Los miserables con un elocuente “?” a su editor.

Es que se puede verdaderamente escribir cientos de libros sobre alguien que defendió los derechos de las mujeres, de los niños, el derecho a la vida que pugnaba con una vanidad que supuso las más repudiables burlas una vez muerto; como él mismo ya lo había presagiado, es decir, de sus propios colegas de oficio, de quienes sostuvo que “no hay peor odio que los odios literarios.  Los odios políticos no son nada en comparación con los odios literarios…”. No hay que olvidarse de la leyenda homérica, del genio de Dante de quien Hugo sostuvo que hizo de la poesía un infierno, o del virtuosismo balzaciano, de Molière, Verne y otros, ya hablando de los franceses; pero hago hincapié en que, desde mi perspectiva literaria únicamente, este loco, el que presumía de ser Victor Hugo, fue uno de los más grandes de la literatura universal.