Contante y sonante

Figurantes que esclavos vivir

“La sociedad de masas debe rendir más y a toda prisa... Debe confundir las cosas para estar siempre presente en todos los campos”.
domingo, 15 de marzo de 2020 · 00:00

Óscar García  Músico y poeta

En la farándula local circulan toda variedad de personajes llevando las sonrisas trémulas y la piel alistada para la foto necesaria, imprescindible, memorable, suspendida en la historia como si importara. Se sube la farándula a la escena blandiendo el entretenimiento como si de arte se tratase. 

Se inflan los pechos de bronce, se impregna de éxito el ambiente, las páginas de los medios respiran con alivio porque se les hace menos trabajo, no hay que escribir, no hay que pensar, ni siquiera agradecer. Copiar la nota, la auto entrevista, pegar la foto. 

El circuito está hecho. La sociedad de masas, unas más letradas que otras, son, decía Tarkovski, la civilización de prótesis. A mayor falsedad y corteza, mayor la ilusión de estar haciendo las cosas con profundidad y rigor. Puro cosa efímera, inmediata, de papel crepé, de plástico. Todo casi de hechura china. 

En la farándula local hay de todo flotando, logotipos de las más capitalistas firmas que asientan sus logros sobre la simpleza de las leyes del mercado, adornando la pasarela por la que circulan con traje de casualidad guerreras gentes con actitud de combate al sistema, con el puño izquierdo levantado, con las ideas dejadas por descuido, en un café alternativo, una noche de lluvia, a las nueve.

Es comprensible. La sociedad debe rendir más y a toda prisa. Debe confundir las cosas para estar siempre presente en todos los campos. Debe urdir un crimen, una novela, un emprendimiento. Todo junto, a la mayor velocidad posible. Las personas deben estar siempre apuradas, sin tiempo, atendiendo cosas sin importancia pero dando a las mismas un aire de importancia para sentirse importantes. 

Es una rueda hámster. Se juega a conocer sin conocer. Se juega a las cortezas porque las profundidades se parecen a los abismos y en los abismos se cae  y se desaparece. Los abismos son como la muerte. Son la muerte. Nadie va a jugarse para morir. Los compromisos no son necesarios. Lo volátil es lo necesario. Lo que no tiene lealtad es necesario. Lo sin fe. No la fe de los estucos, no la fe de los órdenes inventados, no la del código Hammurabi. La fe en la idea, en la obra, en la persona querida, en la pequeña horda, en la cosa animada. Otra vez, en la obra. En el conocimiento. En la certeza y en las intuiciones.

Se juega al juego de ponerse capas, para toda ocasión una. Una capa para hacerse defensor de los derechos de los lagos, otra para hacerse superhéroes y superheroínas con súper poderes como caminar sobre huevos, cantar en sánscrito, apagar velas de un solo soplido, aguantar la respiración durante 20 segundos, inhalar un locoto, tomar api seco, entrar sin ser visto, en el corazón de una persona que no sospecha que podría ser la persona que te sostenga cuando te toque la muerte. 

Se juega el juego de ponerse capas porque resulta cómodo no incomodar. De ahí que ante la incomodidad, unas personas griten y amenacen, otras escondan el rostro y otras hagan el mejor acto de desaparición del mundo. Y otras más, en un valiente acto de defensa de las ideas, pocas o ninguna en absoluto, maten. Jugar a vestir la capa de ocasión siempre atrae a la buena suerte pero en combo, con la idiotez.

Es posible transitar en estas condiciones por el pequeño mundo al que se pertenece, ya sea por elección o por suerte. Hay gente que es atigrada por suerte y otra que es celeste por convicción y unas más, que se pasan a ambas elecciones por la axila derecha como una forma de protesta genuina que se presenta siempre que una pelota domine la situación.

 Cuando una pelota, una capa de ocasión, un libro de ficción con dioses y otros órdenes inventados, dominan la situación y a esto se suman unos hombres vestidos con camuflaje y blandiendo los sables sin filo, es hora de frenar, de re pensar, de cuestionar, de hacerse esquivos a las calles, a los grupos exitistas de corteza, a las malas lenguas, a todo falso afán que emprende una nueva causa cada 48 horas, sin motivo. O con uno específico. Hacerse notar, mostrarse más productivo que una fábrica de salchichas de dudosa calidad.