Reseña

Planeta musical o la música como ilusión

No hay duda de que Tejerina ironiza bajo un molde sutil pero evidente. “La ironía viene cargada de una certeza incuestionable, solo reconocida al final de la novela”.
domingo, 15 de marzo de 2020 · 00:00

Diego Ayo Politólogo

He leído con placer, debo afirmarlo sin rubor, la novela escrita por el abogado ambientalista André Tejerina Queiroz, Planeta musical. Me hubiese tomado algún tiempo decidirme a comprar la novela o, quizás, jamás lo hubiese hecho, no por falta de interés en la música, claro que no, sino por la enorme cantidad de ensayos, artículos o novelas politológicas que me tienen felizmente esclavizado.

 Sin embargo, recibí este libro como regalo cumpleañero y la promesa de “no aflojar” hasta finalizar su contenido. Grata fue mi sorpresa al percatarme de que las hojas que pasaban presurosas por mi habitación me iban sumergiendo en un mundo dominado por la política. 

La política convertida en el supremo juez de ese país imaginario que crea André invitándonos a visitarlo. Y lo visité. Escudriñé sus calles y barrios y, sobre todo, me convertí en un ciudadano más de ese “planeta musical”, del que salían do re mis con vocación revolucionaria y la le lis de sonidos de cambio. La música en matrimonio no consentido, un sirwiñaku ciertamente inusual, con la política. Música y política, un solo corazón. 

¿La razón? La toma de la presidencia no a partir de promesas electorales, discursos encendidos o ideas de renovación prospectiva. No señor, esta pléyade de justificativos presidenciales, indudablemente razonables e incluso meritorios, no entraron en agenda. No, lo que primó como seductor político fue algo menos consistente, menos consistente para mí, valga la pena subrayar, asiduo cultor de lo racional: el sonido majestuoso de un instrumento. La tozudez de un charango pudo más que la divinidad de un programa electoral. La emoción pudo más que la razón. He ahí el meollo de la novela. 

Remarco esta tesis vital para acercarnos al libro escrito por André: fue la razón la que quedó sometida por la fastuosidad musical desplegada. Una suerte de Hamelín andino hizo suspirar a un país entero, con la genialidad de las teclas usadas, no tocando una flauta, aunque si un charango, y, sumiendo a la población en similar enamoramiento musical que en el cuento. 

El cuento convertido en realidad. La ficción impensable de este prodigioso flautista, venciendo en una elección. Sólo que el flautista de la hazaña, no había nacido en los Países Bajos donde el disfrute de este instrumento es diario, sino en los Andes. Su navaja musical, por ello, fue el charango, con igual toque mágico, y la misma inobjetable tozudez hipnótica. 

No hay duda que André ironiza y lo hace bajo un molde sutil pero evidente. La ironía viene cargada de una certeza incuestionable, solo reconocida al final de la novela: la música (como pudo ser el teatro, la pintura o la escultura) pueden ilusionar. Tiene el mérito de pertrecharnos inconmovibles al tenor de una oda, ante la majestuosidad de una obra pictórica o frente a la luminosidad de una estatua. Lo hace y es sublime que lo haga. 

Sin embargo, su impronta seductora recae en un rincón de la casa, en un extremo escasamente visible: lo ideal. En la vereda de enfrente se sitúa el vector opuesto: lo razonable. Y es ahí donde recae la atracción del libro: en esperar que los hipnotizados despierten. No nos mintamos: van a despertar, quizás se atrasen y adormezcan con sus propios sueños, pero lo van a hacer. Genial. 

¿No es eso en lo que consiste la política? Quizás lo sea. La política destinada a propender al autoengaño más satisfactorio. Y es precisamente sobre esta ensoñación transitoria –siempre transitoria– que juega la novela decantándose por ir describiendo, con grata puntillosidad, el avance humilde (sí, humilde) de los detentadores del poder.

 Pero no es el sueño lo que los pinta de cuerpo entero, al fin y al cabo somos miles quienes bregamos por un mundo mejor, sino la posesión de una varita mágica para convertir al batracio en príncipe. Y esa varita se llama charango. Su sola entonación convierte a los soñadores en candidatos potables del ruedo electoral. He ahí la antesala del poder, en rasguñar las cuerdas armónicamente inspirando a los oidores –nosotros, los ciudadanos– a ser eruditos cultores de la música, sabiendo que con su gracia encontraremos un mundo mejor. La elección está ahí, y ganarla es el propósito. 

¿Cómo hacerlo? La primera parte de la novela se enmarca en esa búsqueda, siempre de la mano del charango que toca con brío el protagonista principal. Cada voto ganado es una canción cantada. Se cumple la máxima democrática, un ciudadano, un voto, solo que con esta remarcable mutación: un fan del charango, un voto. Y los fans abundan y la victoria se hace real. La antesala del poder, flanqueada por las notas musicales se transforma en poder. La novela avanza y en una segunda parte se adentra en los vericuetos gubernamentales. 

Ya vencieron y son gobierno. ¿Qué hacer una vez pringados de poder? Simple: continuar el ensalzamiento musical. ¿Y el programa de gobierno? Pues echarle un concierto. ¿Y la reducción de la pobreza? Pues acompañar el charango con algunas quenas y bombos y meterle, meterle a gusto, sin moderación donde se pueda. ¿Y el futuro? Pues obvio: crear escuelas de aprendizaje del charango. He ahí la ironía que desborda en el libro, mostrando que una cosa es ganar una elección y otra bien diferente gobernar. ¡Qué fácil llegar al poder, qué difícil resolver los vericuetos de la vida diaria! Y, para colmo –tercera parte–, el poder tiene un aura suprema que seduce. 

El charango puede esperar, las arcas del Estado no. La vocación de vida puede anquilosarse, la ambición no. Vaya paradoja, triste verdad de la vida, que transforma la pasión, aquella insuflada por el charango, en llave maestra de la codicia. Ese yo, lúcido y prometedor, bendecido por la tonalidad de un charango desaparece y se revierte, disfrazado por un “nosotros” voraz y pretencioso. La aptitud se difumina y la apetencia domina. Es ese el meollo de la novela que avanza cauta pero certeramente a una cuarta parte: la pérdida de legitimidad de los gobernantes/músicos (o del presidente charanguero), visualizada en ciudadanos que disfrutan, cuando aún lo hacían, de la melodía que resopla en el charango, pero no tienen que comer. 

He ahí la contradicción a la que llega la novela, convirtiendo su sorna escrita en una descripción substancial del evismo, aun sin mencionarlo: lo fatuo se ha hecho realidad y la gente, sin embargo, vaya desgracia política, no come fatuidad: come pollo. 

La hecatombe está a un paso y no es de extrañarse: no se vive sólo de piezas acompañadas por un tambor. Se requieren políticas en serio, no idealizaciones burdas. Y es ahí que aterrizamos en la quinta parte del libro: la derrota. Los cultivadores de la música pierden y deben marcharse. No hay un fraude conciso y claro sino un aletargamiento político más arduo y persistente. Y esa es la conclusión más fascinante del libro: no requieres hacer un chanchullo electoral para ganar si el chanchullo es el componente central de la vida. 

El fraude electoral sólo es un sopapo que nos despierta. Es lo más bendito que nos puede pasar pues nos retorna al mundo real. El engaño siempre estuvo ahí, presente, próspero y reluciente y el fraude no fue la excepción. Fue el último recóndito de la regla que tuvo a bien despertarnos. Bendito fraude.