Sombras nada más

Hidrógeno enamorado

¿Fue o es Cardenal un gran poeta en el mismo sentido en que lo eran o son Juan Gelman, José Emilio Pacheco o Nicanor Parra, muertos en los últimos años?
domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:00

Gabriel Chávez Casazola Escritor

Hay poetas que dejan tras de sí la estela de un solo poema y éste es suficiente para redimirlos del olvido común.  Si apenas hubiera escrito Oración por Marilyn Monroe, el nicaragüense Ernesto Cardenal (1925-2020) ya estaría salvado.  Incluso si nadie le hubiera contestado el teléfono a “la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar” y que, en la platinada hora de su muerte, se presentaba ante Dios –así la imaginó Cardenal– “sin ningún maquillaje / sin su agente de prensa / sin fotógrafos y sin firmar autógrafos / sola como un astronauta frente a la noche espacial”.

“La película terminó sin el beso final. / La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono / y los detectives no supieron a quién iba a llamar”, anota más adelante en el poema sobre Marilyn. Ahora es el poeta quien ha recibido el beso de la muerte y a muchos comienza a darnos la impresión de que se ha ido el último gran nombre de la poesía latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.

Escrita la línea anterior, me detengo y reflexiono sobre lo que acabo de decir. ¿Fue o es Cardenal un gran poeta en el mismo sentido en que lo eran o son Gelman, José Emilio Pacheco o Parra, muertos en los últimos años?

Es verdad que su obra poética es irregular: a lo largo de los años fue de más a menos y tiene no pocas depresiones de terreno. Sin embargo, su poesía alcanza también inobjetables cimas como su reescritura de los Salmos en clave social y política; sus cantos místicos de largo aliento, atravesados por el asombro cósmico    y científico (no en vano se declara hidrógeno enamorado); sus poemas trapenses de Kentucky; o, más lejos, en su prehistoria juvenil, los soberbios Epigramas a Claudia (soberbios por arrogantes más que por excelsos: “De estos cines, Claudia, de estas fiestas, / de estas carreras de caballos, / no quedará nada para la posteridad / sino los versos de Ernesto Cardenal para Claudia / (si acaso) / y el nombre de Claudia que yo puse en esos versos /y los de mis rivales, si es que yo decido rescatarlos / del olvido, y los incluyo también en mis versos / para ridiculizarlos”).

Además, bien miradas las cosas, se trata de un poeta muy poderoso simbólicamente, no sólo por haber hecho, creo, la poesía justa en el tiempo justo y en el lugar necesario, sino también por sus sucesivas auras, primero de niño rico y bohemio converso al catolicismo e ingresado a la Trapa en Kentucky; luego, de sacerdote converso a la revolución, fundador de Solentiname y ministro de Cultura sandinista; más tarde, de acerbo crítico de Ortega y enfermo reconciliado con su Iglesia in articulo mortis.

Debemos recordar también su faceta de traductor de clásicos griegos y de poetas norteamericanos como Pound, Merton y los Beatniks; de hecho, Cardenal fue uno de los “introductores” de la poesía de EEUU en Iberoamérica, no sólo con su célebre antología preparada en colaboración con José Coronel Urtecho e inicialmente publicada por Aguilar, sino sobre todo con el ejemplo de su propia escritura, en buena parte vertida en poemas narrativos extensos, ricos en referencias y guiños a la cultura popular. 

Casi todo eso lo hizo con su memorable boina negra en la cabeza, jeans gastados y barba de profeta; el mismo atuendo con el que llegó a Bolivia cuando lo invitamos al primer Encuentro Internacional de Poesía “Ciudad de los Anillos” en Santa Cruz en 2014 y el mismo look con el que año tras año recibía a los poetas que asistíamos al Festival de Poesía de Granada, en su país, donde pude conocerlo el año 2011.  En uno de esos festivales escribió el peruano Eduardo Chirinos su magnífico El sol que todo lo puede, poema con el que quiero cerrar estos apuntes:

“Fue el día del entierro del engaño y la mentira. / Todo Granada estaba en las calles y el carnaval / incluía –por supuesto– a los poetas: en lo alto /de un carruaje recitaban versos a las nubes, /a los pájaros, a las aguas de un lago que resiste / heroicamente la contaminación. Y allí estaba. / Con sus cabellos blancos y su boina negra. Ojos / que han visto a Dios en el humo de la marihuana, /de los volcanes azules de Nicaragua, velando / entre la confusión. En él no había confusión. / Era el mismo muchacho que escribía versos / para Claudia, el seminarista que nos presentó /a Pound, el jovencito poeta asomado a la / ventana donde enloqueció Alfonso Cortés. / Todo Granada estaba en las calles. / Músicos, danzantes, bailarinas. Y el sol, / que todo lo puede, reclamando silencio. / En un rincón estaba Marilyn. La reconocí / entre la multitud. Llevaba gafas oscuras. / Me hacía adiós con una mano”.