El chicuelo dice

El dolor y algunas de sus circunstancias

Un relato a propósito de los recuerdos vanos e innecesarios, esos que torturan el interior de los cuerpos en penumbras...
domingo, 8 de marzo de 2020 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

Cuando aún no comenzaba, allá en la antigüedad, por la noche, cuando todavía estaba por nacer, a veces lo sentías moverse a la altura de las rodillas y ahí habitaba, frío, con los ojos cerrados, como esos animalitos que todavía no desarrollaron su pelaje. 

Luego, cuando él nació un día, o mejor dicho cuando un día se tornó abstracto y empezó a reconocer tu cuerpo, al igual que cuando haces el recorrido habitual del nuevo barrio al que te acabas detrasladar para ver sus circunstancias, ese día, tal vez pensó que iba a quedarse a vivir ahí, que le gustaba el interior en penumbras de tu cuerpo para hacer un hogar.

 Y todo empezó así: en algunos casos, su casa está cerca de las rodillas, en otros, en la boca del estómago y buena parte de los pacientes han declarado que el nuevo habitante se les quedó en uno de los ojos, opacando así su contacto con el mundo. 

Entonces está ahí desde ese día, que es un día que no recuerdas con exactitud, que más bien mezclas con otros acontecimientos de tu vida: llegó el día en que compré la impresora, llegó la tarde en que me encontré con ese amigo del colegio que no veía hace más de veinte años y al que le decíamos el Coqueluche, no, mentira, llegó el día que compré Tierra de rigor, de Boris Bouïeff. 

Decimos que no lo recuerdas con exactitud porque el muy maldito hace eso: que el recuerdo de su aparición se vea mezclado con otros, me refiero a esos recuerdos vanos e innecesarios para alguien que empieza a ser distinto al resto de la humanidad. 

 El interior de tu cuerpo en penumbras, es bueno recordar, como una habitación abandonada por su habitante por años, las cortinas cerradas, la pantalla del televisor apagada, los libros alineados en perfecto orden en el estante y no como cuando vivías ahí, Música infiel y tinta invisible, de Elvis Costello, al lado derecho de tu almohada o Discothèque, de Félix Romeo, en la mesa de noche, o El amante, de Marguerite Duras, abierto en la página 31. 

Lo cierto es que el interior de tu cuerpo se halla con la estufa a gas apagada y las lámparas apagadas y tu cuerpo es ahora como una habitación apagada por la ausencia de presencia humana porque él está ahí por los rincones, dando vueltas a cualquier hora del día, pero sobre todo se hace presente por las noches. 

Han dicho los pacientes en varias oportunidades: ahí aparece cuando allá afuera en la ciudad las oficinas ya han cerrado sus puertas, cuando los colegios están vacíos de la chiquillada, cuando ya todo el alboroto y las piernas y los cuerpos han dejado de desplazarse por las calles, entonces ahí, a esas horas, él sale de su escondite y puedes ver sus grandes ojos de animé y puedes ver sus pequeñas garras y sus patas delgadas y firmes, y él puede contar los seis bigotes que lleva en un hocico chato y rosado. 

Ahí está, decíamos, y sale y empieza siempre con la cadera, aunque a veces prefiere empezar a trabajar en el coxis o en los talones de los dos pies y no solo de uno, ahí está primero olfateando el lugar que machucará a su gusto segundos después, como si la noche anterior o por la mañana no hubiese estado por esos rumbos, como si se encontrara con esa parte del interior de tu cuerpo por primera vez. 

 Como un relámpago, entonces, comienza a escarbar ahí, justo cuando estás leyendo 4321, de Paul Auster o la Poesía completa, de Efraín Huerta o cuando estásconcentrado en Los Bin Landen, de Steve Coll. 

Cuando hace eso en las penumbras de tu cuerpo sabes que debes atacarlo, que debes mandarlo a dormir y entonces yo me levanto, voy a un costado de la habitación, saco el gotero de plástico y empieza a contar mentalmente uno, dos, tres, cuatro, cinco, diez, treinta, ochenta, ciento veinte gotas de alfigeno y lo tomas de un solo envión y luego siento cómo baja por la garganta y cómo empieza a caer una lluvia del analgésico sobre él y a veces se queda dormido al primer intento.

 Pero en otras, en la mayoría o casi siempre, el muy pendejo lo presiente de alguna manera, sus instintos se lo dicen, y sabe que estás a punto de atacarlo y entonces corre a esconderse a un rincón de tu cuerpo y aunque la lógica humana razona que estará ahí quieto y diminuto hasta que la lluvia del analgésico se disipe, aunque la esperanza humana se inclina a sacar esa conclusión, él lo que hace es no perder tiempo y empezará a morder y rascar y a machucar las esquinas de donde se encuentre y entonces vos sabes, él sabe que no tiene más remedio que aguantarlo y quizá pensar en otra cosa.

En la novela que aún debe acabar, que parece eterna, interminable, como una montaña gigantescas que debo escalar, en sus personajes, en la cantidad de páginas que debe eliminar, o tal vez pensar en los libros que vio por la mañana y que no pudo comprar por falta de efectivo y aún así, pese a todas esas maniobras distractivas, él no descansa y continúa mascando y escarbando y a veces despedazando y lo que haces es volver a lanzar la lluvia de gotas del analgésico y esta vez lo pillas desprevenido, jaja, y entonces él cesa, bruscamente, como cuando el Chapulín usa la chicharra paralizadora contra Ramón Valdés o Rubén Aguirre en sus papeles de malandrines y al fin se duerme y seguro el muy maldito sueña que es una habitación abandonada por su habitante por años, las cortinas cerradas, la pantalla del televisor apagada, los libros alineados en perfecto orden en el estante y no como cuando alguien vivía ahí, Música infiel y tinta invisible, de Elvis Costello al lado derecho de tu almohada o Discothèque, de Félix Romeo, en la mesa de noche, o El amante, de Marguerite Duras, abierto en la página 31, y que él ha subrayado un párrafo que a la letra dice así: “Está en contra, escribir no tiene mérito, no es un trabajo, es un cuento —más tarde me dirá: una fantasía infantil”.

 

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