Ernesto Cardenal: vida y muerte bajo dictaduras

Una visión histórica de la poesía latinoamericana de los siglos XIX y XX mostró que sacerdote nicaragüense dio un giro total a la poesía de la región.
domingo, 8 de marzo de 2020 · 00:00

Óscar Rivera-Rodas, Escritor

A los 95 años falleció el domingo pasado en Managua el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal (1925-2020). Dedicó su vida a la lucha social, a la poesía y a la caridad por su pueblo. A sus 25 años combatió la dictadura de Anastasio Somoza García (padre de los dos dictadores que le sucedieron: Luis y Anastasio Somoza Debayle). La rebelión culminó con el ajusticiamiento del tirano el 21 de septiembre de 1956. Este dictador fue quien ordenó asesinar a Augusto César Sandino (1895-1934) jefe de la resistencia nicaragüense contra la ocupación estadounidense de Nicaragua entre 1912 y 1933.

 Cardenal, a sus 19 años, había viajado a México para cursar Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma (1944-47); luego, a Nueva York, para continuar esos estudios en Columbia University (1947–49). Después, se trasladó a Europa (1949-50). 

 Durante sus luchas políticas de los 50 escribió Hora 0 (1957), en homenaje a Sandino. El volumen está integrado por poemas políticos que denuncian no solo las injusticias en su país sino en las demás naciones centroamericanas, víctimas de la explotación de las bananeras. Destacan, además, dos figuras: el héroe Sandino y el autor “del gran crimen”, Somoza.

 En 1957, Cardenal decide tomar el hábito de monje trapense en la abadía Our Lady of Gethsemani (Nuestra Señora de Getsemaní, Kentucky, EEUU). Allí conoció e hizo amistad con el escritor y místico nacido en los pirineos franceses Thomas Merton (1915-1968), estudioso de religiones de oriente y occidente, y militante por la justicia y la paz.

 Esa experiencia vivida, consciente, respecto a la lucha social y la caridad como una forma de solidaridad con su pueblo, fueron los cimientos de su poesía. 

 Merton, contemporáneo de Cardenal, mayor en diez años, después se trasladó a Tailandia budista. El 10 de diciembre de 1968, fue hallado muerto en su residencia, con una herida en la nuca, cuya causa quedó en el misterio. Empero, dos años antes, en enero de 1966, Merton escribió el Prólogo para el libro Vida en el amor (1979), del poeta nicaragüense: “Ernesto Cardenal fue novicio en Getsemaní por dos años y yo sabía de sus apuntes y sus poemas. Me hablaba de sus ideas y sus meditaciones... No me imaginé que un día yo haría un prólogo a las sencillas meditaciones que él escribía en esos días, ni tampoco que al leerlas (casi diez años después) las encontraría tan claras, tan profundas, tan completamente maduras” (1987: 18). Agregaba: “Ahora ha sido ordenado sacerdote y ha fundado una comunidad contemplativa, bajo el signo de la sabiduría y la humildad del amor que son tan evidentes en estas páginas” (1987: 19). 

En efecto, Cardenal fundó una comunidad contemplativa en la isla Mancarrón, archipiélago de Solentiname, en su país. 

 En diciembre de 1981, el poeta y crítico literario cubano Roberto Fernández Retamar (1930-2019), amigo de Cardenal, escribió un Prólogo a Ernesto Cardenal, a solicitud del crítico literario uruguayo Ángel Rama (1926-1983) para una antología a ser publicada por Forlaget Nordau, en Estocolmo. En ese prólogo, Fernández refiere una anécdota sobre la isla Mancarrón comunicada por el poeta uruguayo Mario Benedetti (1920-2009). 

En un paseo por La Habana en 1970, el nicaragüense dijo al uruguayo: “Yo me he retirado del mundo para vivir en una isla, porque me repugnan las ciudades”; estas representan al mundo capitalista”. En ese mismo prólogo, Fernández escribió: “en el siglo XX la poesía de lengua castellana empezó y terminó (aunque nos quedan aún unos cuantos años para ratificar o rectificar este último aserto) encabezada por dos nicaragüenses: Rubén Darío en un extremo y Ernesto Cardenal en otro”.

 Irrefutable verdad para la poesía en castellano, (aunque duela a los españoles de Castilla, pero probablemente no a catalanes, gallegos, vascos y otras comunidades españolas). 

 En el 2010, la pareja de sátrapas que gobiernan Nicaragua, el Ortega y la Murillo, iniciaron varios de juicios contra el poeta y los repitieron en el 2016. El 15 de febrero del 2017, Cardenal de 92 años expresaba angustiado: “Me considero un perseguido político del gobierno de Daniel Ortega y su mujer... ¿Qué más quieren que les diga? Esto es una dictadura”. 

 Ese mismo 2010 convocamos a investigadores y críticos a las Quintas Jornadas Internacionales de Poesía Latinoamericana, en la ciudad de Puebla, México, del 12 al 15 de julio, en homenaje al poeta Ernesto Cardenal. Lo invitamos y preparamos su viaje. 

El poeta llegó y lo recibimos en la sede de las jornadas, el Centro Cultural Espacio 1900, de la Ciudad de Puebla. Con su larga cabellera y barba canas, su boina negra, poncho y pantalones blancos hasta las pantorrillas, y abarcas, saludaba a los participantes.

 En el homenaje explicamos que una visión histórica de la poesía latinoamericana de los siglos XIX y XX mostraba que Cardenal había dado un giro total a la poesía de la región. Frente a las experiencias subjetivas que caracterizaron a la lírica del romanticismo, impresionismo, modernismo y vanguardismo que empleaban lenguajes estéticos y simbólicos, el lenguaje poético de Cardenal era objetivo, empírico y pragmático. 

Fernández Retamar, en una conferencia en la Casa de las Américas, La Habana, en febrero de 1968, había llamado “poesía conversacional” y afirmado que Cardenal es “la más importante figura” de ese nuevo estilo. 

 Por su parte, Cardenal denominó a su poesía “exteriorista”, en el Prólogo que escribió en Solentiname, el 3 de abril de 1972, para la primera edición de la antología Poesía nicaragüense (1975). La definía como la “poesía creada con las imágenes del mundo exterior, el mundo que vemos y palpamos, y que es, por lo general, el mundo específico de la poesía”. 

 Ante su muerte, la dictadura nicaragüense decretó –hipócritamente– tres días de duelo. Sin embargo, en el funeral del poeta, turbas enviadas por los sátrapas gritaron ante el féretro del poeta: “¡Traidor!”, dando vivas al dictador. Ortega y su mujer Murillo, embrutecidos por sus ambiciones despóticas, representan la cuarta generación de los Somozas en la patria de dos grandes poetas latinoamericanos: Rubén Darío y Ernesto Cardenal.