Aullidos de la calle

Efectos de un fuerte psicotrópico

Bacurau es una película inclasificable. Puede ser un western, una fantasía, un drama social, una crítica política, o ciencia ficción...
sábado, 30 de mayo de 2020 · 00:00

Mónica Heinrich V.  Reseñista y cinéfila de corazón

Compañeros pandémicos,  están pasando tantas cosas, demasiadas cosas, que es difícil seguirle el ritmo a nuestra atribulada situación nacional. Y cuando deseás que exista un jalador gigante de un inodoro gigante también, con el que podás expulsar tanta inmundicia, te acordás de Bacurau. 

¡Ah, Bacurau!

Bacurau es un pueblito olvidado de una región olvidada de Brasil, en ella sus habitantes forman una pintoresca comunidad. Mientras ves el entierro de la Carmencita, que estiró la pata a sus dignos casi 100 años, pensás que huele a realismo mágico. Eso te gusta pero te asusta. Ya no estamos en los 80, ni en los 90. 

Y cuando ufanamente pusiste o rotulaste la película como un tardío o crepuscular realismo mágico, Bacurau se las ingenia para decirte que no, que ella es inclasificable. Que puede ser un western, una fantasía, un drama social, una crítica política, o ciencia ficción. Que lo mismo tenés el pueblito olvidado y la pintoresca comunidad, y luego aparece una especie de platillo volador que acecha a sus personajes.  

Que lo mismo tenés a Pacote y a Lunga, y también a un grupito de gringos boludos queriendo eliminar al pueblo.

Desaparecer. Bacurau desaparece mágicamente de los mapas.

La alegoría/metáfora/reflexión de Bacurau se cuenta sola, es obvia como el sol de la mañana, y lo mejor es que funciona. Funciona desde esta gente que, sin virus, vive encapsulada en su región, a merced de un político corrupto que les entrega alimentos vencidos, medicamentos de dudoso alcance, y les niega el derecho al agua. 

Funciona porque Bacurau es depositaria del olvido, la negligencia y sus habitantes son prescindibles, a tal punto que la justicia por mano propia parece no solo ser justa, sino epifánica. 

Sus directores y guionistas Kleber Mendonça Filho (Aquarius)  y Juliano Dornelles (O Ateliê da Rua do Brum ) exhiben en pantalla a un sistema que subestima a los que piensa que puede eliminar sin que el resto de Brasil diga o note nada.

 Porque los seres desechables son brasileños, pero los citadinos brasileños los desprecian también. Desde esa perspectiva es una premisa dura, violenta e incómoda.

Entre sus actores principales está Sonia Braga en el papel de Domingas, una enfermera alcohólica que no permitirá por nada del mundo que unos gringos mercenarios arrasen con el pueblo. 

Braga acompaña a actores como Thomas Aquino (Pacote) cuya presencia como sicario contrasta con la de Lunga (Silvero Pereira), el extraño sujeto en el que el pueblo deposita la confianza, y finalmente como líder del grupo antagónico está Udo Kier, el actor alemán que interpreta a Michael, un personaje que se desinfla por completo después. 

La primera mitad de la película es de sacarse el sombrero. Maneja con precisión el ritmo, crea la tensión necesaria ante la inminente “limpieza”, te abre las puertas a un montón de necesarias preguntas y jodidas respuestas.

 Luego, este universo de miedo y abuso se va diluyendo ante una solución obvia como su metáfora. Y en parte está bien, aunque esta cosa “cantada” termine cerrando de una manera facilista un planteamiento que prometía ser más complejo.

Bacurau agarra un ritmo frenético y casi gore hacia el final. Quizás porque en la vida real cuando pasan cosas muy malas, la gente automáticamente reacciona apagando el fuego con gasolina. 

Dentro del estereotipo de pueblo olvidado, comunidad olvidada, me generó algo de rechazo que sean ellos los salvajes, los ancestralmente preparados para la guerra y para resistir de una manera que no admite ningún tipo de reflexión ni búsqueda de otras salidas. 

“Estoy bajo los efectos de un fuerte psicotrópico”, dice uno de los personajes en su raid de venganza. Han pasado casi dos horas de película y han valido la pena. Vos, ya no desde la cancelada butaca de cine, sino desde tu solitaria habitación pensás con nostalgia que en los últimos meses ese ha sido el sentimiento imperante. Estar bajos los efectos de un fuerte psicotrópico. Si tan solo esa sensación pudiera acabarse al salir los créditos de Bacurau.

 

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