Esbozos culturales

El balazo que retumbó en la catedral de Notre Dame

La vida trágica de la destacada promotora cultural y mecenas mexicana Antonieta Rivas Mercado inspira una obra de Guillermo Schmidhuber de la Mora.
sábado, 30 de mayo de 2020 · 00:00

Óscar Rivera Rodas Escritor

Carteleras teatrales de las ciudades de México y Guadalajara han presentado en semanas pasadas (anteriores a la pandemia) una de las últimas obras de Guillermo Schmidhuber de la Mora, en nuestros días uno de los mayores dramaturgos mexicanos. Se trata del drama Antonieta, fantasma de Notre-Dame, escrito en julio de 2018, según consta en el volumen titulado Cinco décadas. Dramaturgia viva (2019), publicado en homenaje al autor por el Consejo Estatal para la Cultura y la Artes de Jalisco, México.

 Es un drama inspirado en la vida de una joven artista, escritora, destacada promotora cultural y mecenas mexicana de la segunda década del siglo XX: Antonieta Rivas Mercado (1900-1931). 

Su padre, famoso ingeniero, arquitecto, escultor y restaurador, Antonio Rivas Mercado (1853-1927), tras su formación primera en México, fue enviado por sus progenitores a estudiar en Inglaterra y más adelante en París, donde se graduó de arquitecto (en la École des Beaux-Arts) e ingeniero (en La Sorbonne). 

A su retorno en 1879 inició su carrera de profesor y director de la Academia de Bellas Artes, construyó edificios importantes, restauró otros, pero se le recuerda más por una obra emblemática de la Ciudad de México: la Columna de la Independencia, conocida también El Ángel, obra inaugurada el 16 de septiembre de 1910. 

 Por esta misma fecha ocurrió un hecho que marcó la vida de la familia del arquitecto.  Antonio y Matilde Castellanos Haff se habían casado en 1894, tuvieron seis hijos, aunque dos fallecieron a los pocos días, quedando Alicia (1896), Antonieta (1900), Mario (1904) y Amelia (1908). Hacia 1910, la esposa y madre descubrió otro amor, por quien dejó su casa y huyó a Europa. Los hijos sufrieron este abandono, especialmente Antonieta, tanto como el esposo y padre. 

 En la obra de Schmidhuber, Antonieta es una guía turística, de 30 a 40 años, que aparece ante el público, y se presenta: “¡Muy buenas noches tangan todos! Estamos a punto de iniciar la visita nocturna de uno de los sitios más preciados de la humanidad, ¡Notre-Dame de París! (pronunció con perfecto acento francés.) Esta visita será en castellano, la única cada semana en esta lengua porque pocos la solicitan” (2019: 98). 

 Inicia su monólogo remontándose a la construcción del templo en 1163 y la conclusión de la primera fase que duró casi dos siglos; luego, explica la estructura arquitectónica, los detalles de su estilo, sus muros y bóvedas. 

Alterna su relato con recuerdos de su infancia: “Como pueden ver arriba de nuestras cabezas está el Ábside, que resulta ser el más bello de Europa, ha sido imitado y nunca igualado. Esto lo dicen los que saben arquitectura, yo se lo oí a mi padre, quien me trajo a París cuando tenía ocho años” (2019: 103).

 Esta obra de Schmidhuber fue estrenada en la primavera del año pasado, por los miembros de la Compañía Nacional de Teatro Clásico Fénix Novohispano, de la ciudad de México, en la Mansión Rivas Mercado y en la capilla del exconvento Regina Coeli, de la misma ciudad.

 Antonieta de la vida real se educó desde muy niña en un ambiente artístico opulento y variado, se familiarizó con la música, la danza, las artes plásticas, y escuchó en su casa las conversaciones de su padre con arquitectos, escultores, pintores, escritores y poetas. Hizo viajes al extranjero. Cuando el padre elaboraba en bronce el cuerpo femenino de El Ángel, símbolo de la independencia de México, Antonieta visitaba museos y teatros, y estudiaba ballet en la Ópera de París. 

En la obra del dramaturgo, la mujer guía turística recuerda en su monólogo ante sus oyentes: “Ustedes se preguntarán, ¿qué absurdo que un artista viaje a París con dos niñas, mi hermana de doce años y yo de ocho? Claro que nos acompañaban un séquito de nanas y personal de servicio” (1019: 103-104).

 Esa niña convertida en joven, fue mujer nacida para el amor. Sus biógrafos, entre quienes se destaca Fabienne Bradu, afirman que la joven hablaba inglés, francés, alemán, italiano y griego. Antonieta, a sus 18 años se casó con un inglés, de su misma edad, criado desde sus 10 años en Estados Unidos, Alberto Edward Blair. A los 14 meses de matrimonio, en septiembre de 1919, nació un hijo, Donald Antonio. 

El marido buscó la vida campestre y eligió un rancho en Coahuila; Antonieta se asfixiaba en la rutina. Mejor dicho: el hombre se asfixiaba con la inteligencia y sensibilidad artística y cosmopolita de su mujer. Algunos biógrafos señalan que él quemó libros favoritos de ella. Antonieta decidió regresar a la casa paterna, junto a sus hermanos.

 Antonio invitará a sus hijas Amelia, Antonieta y su nieto, a realizar nuevamente un viaje por Europa que se extendió por tres años, entre octubre de 1923 a julio de 1926. De regreso a México, Antonieta inició la separación oficial de su marido, proceso que se convirtió en una serie de sucesos dolorosos respecto a la custodia del hijo. 

En el drama de Schmidhuber, Antonieta, guía turística, lleva a sus visitantes al área de la Capilla de los Siete Dolores de Notre-Dame, y no pudiendo explicar semejantes misterios teológicos, se acuerda de los suyos. 

Su monólogo continúa: “Aquí en el centro del medio círculo está la capilla de los Siete Dolores; no sabría cuáles fueron los de la Virgen, pero los míos son: Primer dolor: el abandono del hogar de mi madre; Segundo dolor: conocer a mi marido y gracias a Dios perderlo; tercer dolor: con mi divorcio perder a mi hijo...” (2019: 105).

 No es difícil imaginar que sus dolores fueron más de siete. Sí, importa señalar la fecunda obra social y cultural que realizó en su país a su retorno de Europa en 1926. Su actividad empezó a expandirse al extremo de convertirse en una institución gestora de cultura y arte en su país, empleando en ello la fortuna heredada de su padre. 

Fue la promotora de los poetas reunidos en la revista Ulises. Para ellos fundó el Teatro Ulises, dirigido por Xavier Villaurrutia, e integrado por Salvador Novo, Gilberto Owen, entre otros. Llegó a ellos, también conocidos como “contemporáneos”, por su amistad con el pintor Manuel Rodríguez Lozano, a quien amó intensamente, aunque nunca recibió correspondencia. Manuel, como sus amigos de Ulises, vivía su preferencia sexual distante de las mujeres. Otro buen amigo de Antonieta, con quien departía en sus visitas a Nueva York, fue Federico García Lorca.

 En el interior de la catedral continúa el monólogo de la guía turística. Recuerda al poeta francés Paul Claudel, profundamente católico, y a su hermana Camille Claudel, que también vivió intensamente su vida en el arte y el amor. Dice del poeta francés: “le duró la fe toda la vida, pero no fue suficiente para que salvara a Camille, su hermana, la afamada escultora que fue amante de Rodin, quien acabó encerrada en un manicomio por su católico hermano y enterrada en fosa sin nombre”. Y explica: “Camille esculpía cuerpos de hombres y yo escribo sobre hombres que dicen que me han querido: mi iluso padre, mi esposo del que estoy felizmente divorciada, mis amigos homosexuales que no quieren ser tocados por manos femeninas”, (2019: 101). También recuerda otro de sus “siete dolores”: “cuarto dolor: conocer a Manuel, con amor platónico para mí y para otros amor homosexual”, (2019: 105).

 Antonieta continuó su obra como promotora cultural y mecenas. En 1929 se dedicó a organizar un patronato para financiar y crear la Orquesta Sinfónica de México, bajo la batuta nada menos que del compositor y director Carlos Chávez.

 También en 1929 subvencionó la campaña presidencial del político y escritor José Vasconcelos (1882-1952), quien no logró lo que ansiaba. Engreído, y sumergido en su delirio  con una “raza cósmica”, se había casado en 1906, a sus 24 años, con Serafina Miranda (1879-1941), con quien tuvo hijos. Pero cultivaba otras relaciones íntimas con Elena Arizmendi Mejía (1884-1949), la cantante ruso-argentina Berta Singerman (1901-1998), y Antonieta. 

Tras su fracaso presidencial, Vasconcelos se exiló en París. Antonieta hizo lo propio, aunque primero en Nueva York y después en la capital francesa para acompañar al hombre que amaba. Sin embargo, compartiendo con él nuevos días, conoció su desencanto como compañera fiel de Vasconcelos. Para este hombre, ella no era necesaria. Lo supo el 11 de febrero de 1931.

 En el drama de Schmidhuber, Antonieta lo recuerda ante los visitantes a quienes guía: “mi amante que tuvo el peor de los apellidos: ¿Vas con celos o vienes con celos? (solo ella ríe su mal chiste). Se dejó querer, pero más extrañaba la malograda política mexicana que le impidió ser presidente… Perdón por hablar de mí… (Cínica). A lo mejor sin saberlo he hablado también de alguna de las señoras presentes. ¡Prosigamos con el recorrido!” (2019: 101). 

Sin embargo, más adelante rememora sus restantes “siete dolores”: “quinto dolor: conocer a José Vasconcelos y no poder conservarlo, y sexto dolor: creer que una pistola resolvería mi vida; séptimo dolor: no poder salir de este lugar. (Deambula)”. (2019: 105). 

 La vida trágica de esta mujer joven inspiró a Schmidhuber, un siglo después, como se vio en escenarios de México en semanas pasadas. De inagotable imaginación dramática, con más de cuarenta obras escritas, Guillermo elige para el escenario temas y conflictos propios del tiempo contemporáneo, así como sucesos trascendentes de la cotidianidad a lo largo de la historia. 

En 2011, organizamos en su honor las XIX Jornadas Internacionales de Teatro Latinoamericano, juntamente con el Centro Cultural

Espacio 1900 de la ciudad de Puebla, México. Discusiones académicas y representaciones teatrales se sucedieron del 27 al 30 de junio. 

 Antonieta quedó perpetuada en la cultura de México, no sólo por la obra que realizó, sino también por lo que fue: mujer de fina inteligencia y sensibilidad. Quedó retratada en un mural de Diego Rivera, y ahora en el teatro de Schmidhuber, encarnada en una Guía turística que evoca: “Hay una leyenda inequívoca que los suicidas permanecen aherrojados al sitio de su suicidio. Aquí morí y aquí estaré. ¿Saben dónde fue mi suicidio? Frente al Altar Mayor” (2019: 108). 

El balazo que retumbó en la catedral de Notre Dame, el 11 de febrero de 1931, fue cuando Antonieta disparó sobre su corazón la pistola de Vasconcelos.

 

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