Contante y sonante

Horizonte inmediato

Más allá de cada vestigio de realidad personal, la poesía se erige como una nueva, en la que se reescribe, se descubre y se reinventa cada ser. Pero no lo sabe.
sábado, 30 de mayo de 2020 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

La aventura del día, encontrar una pajar en medio de la cocina para ocultar una aguja y tener al día siguiente la aventura de encontrarla. Repetir esta actividad entre martes y miércoles, comenzando muy temprano, tipo 6 de la mañana, que es la hora a la que se levantan los seres solitarios a arrastrar los pies en busca de una caldera como único propósito inmediato, impostergable, de crucial importancia. 

Es que no hay gran cosa más por elegir. A lo mejor temblar de frío y lograr que el temblor responda a un patrón rítmico controlado e imaginado tiempo atrás. A lo mejor nombrar a las personas con las que se puede contar, pero esta actividad termina pronto porque no se llega al número dos. 

Por estas cosas es que la mejor elección es el encuentro con la caldera, que conlleva un proceso y un proceso es narración, es el camino de un peregrino. La caldera necesita del agua y ésta del fuego, sea verdadero o una metáfora como función de hacer de la realidad otra más real y llevadera. Solo entre ambas, entre fuego y agua, el tiempo adquiere sentido y destino. 

Después, nada. Nada en el horizonte. El horizonte es una pared y en la pared hay una ventana desde donde se ve otra pared, el horizonte del horizonte. Ahí termina todo y esa es la mejor aventura. 

La humanidad vive ésta desde tiempos inmemoriables, buscando propósitos donde no los hay pero también juntando argumentos para justificar toda clase de fracasos y de redenciones. Con el mismo ímpetu con el que se han juntado argumentos y loas para celebrar descubrimientos y aparatos, entre útiles e inútiles. Sistemas para gobernar, entre inútiles y más inútiles. 

La humanidad vive esta aventura con rigor porque de otro modo todo hubiera sido tedio. A diferencia de otros animales, la humanidad, repartida en millones de seres pululando por ahí, se pregunta, se afianza, se preocupa, se deprime, se escurre, se atonta. 

Cada quien, si el tiempo se lo permite, busca sus placeres y descubre sus fobias. Descubre sus particulares tesoros por los que miente, mata, engaña, se desespera y si de algo sirve, al darse cuenta, medita y se adentra en el mundo de otras falsedades con ritual. Así, consigue moverse de un estado sin sentido a un estado cuyo sentido es la búsqueda de tal.

 Entonces, aparecen los buscadores de sentido y las leedoras del sentido. Y pasan los años y dioses múltiples y pasan los mitos de la creación y se mueren indefectiblemente los mártires imprescindibles para que la rueda continúe y la gente crea y vuelva a creer, hasta que llegue el momento de enfrentar una realidad inmediata, con un horizonte de ladrillo, en la más supina soledad, descubriendo con exclusividad que todo, excepto la poesía, es falso. 

Porque más allá de cada vestigio de realidad personal, la poesía se erige como una nueva, en la que se re escribe, se descubre y se re inventa cada ser. Pero no lo sabe, porque ha perdido el tiempo y le ha sido usurpada la contemplación. 

Se le ha dado como recompensa a su esfuerzo por alcanzar todas las formas del éxito en el menor tiempo posible, una vida tan activa que ni el sueño ni el agotamiento más tenaz habrán de frenar. En esa vida, ha perdido, además del tiempo, que no es un malgasto si no literalmente una pérdida, ha perdido la capacidad de usar los sentidos para saberse de alguna forma, habitante de las cosas bellas. 

Nada, que en algunos casos se va a contar narrando, y serán estadística, hubiera logrado el re encuentro con los motivos del amor, o con las cosas que se ignoran, o con la memoria donde se guardan los destierros en cajas veladas, o con los demiurgos que comen en el corazón, o con las especias que no han perdido dotes de flotación, o con la tarea de re bautizar las cosas simples como una caja de colores gastados por el sol de la tarde, el pálido, el avergonzado. 

Nada hubiera logrado desarrollar con tanta precisión el deseo de la clausura de la corriente sanguínea o las destrezas para picar cosas sin mirar o la voluntad férrea de lograr que por fin se suscite el encuentro con Rimbaud en un barco a la deriva. Nada, nada que no sea el encierro. 

Uno de verdad, ni siquiera imaginado, ni siquiera hurgado en las mareas de la historia de la humanidad y otro, más complejo, más difícil, más resistido, que está en el regreso a la madre o en las inacabadas maneras de buscarle tres pies al gato. En esa redundante e insistente distancia inalcanzable que hay entre el cuerpo y la sombra propia. El encierro en el propio hueso.

La aventura de la noche, hervir una lechuga, sorprender una polilla el instante mismo en el que va a morder una antigua chaqueta de lana inglesa, tratar de leer a obscuras el único capítulo del Gran Sertón, en reversa, cantar con una sola respiración, el himno a Abaroa, mientras se piensa en cómo es que se cocina un guiso con poroto negro. Al cabo, ya han dado las seis de la mañana, hora de bajar a montar una parva de paja en la cocina.

 

 

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