Narración

El silencio en poesía

¿Hay un silencio específico de la poesía? De entrada, sí y específicamente respecto a la palabra y el lenguaje. Silencios inter y extra lingüísticos.
viernes, 12 de junio de 2020 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

¿Qué  –o cuál– es el silencio en poesía? ¿A qué silencio se refieren las numerosas referencias al silencio, ya sea en poemas o en el pensamiento crítico sobre la poesía? ¿Se trata de un silencio material, de un silencio de proveniencia oral, el existente antes o después de las palabras, un silencio, en suma, “audible”?  Un silencio retórico, un silencio locuaz. 

¿O tiene el silencio en poesía, en poesía escrita, un carácter abstracto, desvinculado del oído, situado en los límites de la propia poesía, allá donde ella ya no puede llegar? Silencio de lo inefable, silencio de lo indecible.

Si admitiéramos que hay un silencio material (el que sucede a una palabra, incluso  representable –nótese– mediante  puntos suspensivos) y otro inmaterial (por ejemplo al final de ciertos poemas, leídos  además y como es costumbre general, en silencio), se despliega ante nosotros todo un abanico de silencios y modos del silencio: silencios a diferentes volúmenes.

Que el silencio de la boca y el silencio del alma son distintos se sabía desde antiguo. En claustros y monasterios del mundo se dedicaron a cultivar ambos, como flores raras y aisladas en los “tiestos conventuales”, como los llamaba Unamuno. Aparte de ellos, es la poesía la otra esencial encargada  del silencio, de su lustre y su cuidado. 

Para comprenderlo, hay que recordar que el silencio, si bien se opone o es lo contrario del ruido y el sonido, no por ello lo es del lenguaje o la palabra. Es su “complementario” incluso podríamos decir facilonamente, aunque eso mismo se pronuncie dentro de una visión instrumental del  silencio: aquella que lo ignora más allá de su función práctica, como solamente el lugar o fondo en que se  da la sucesión de frases y palabras. Pero fuera de tal aspecto instrumental/ empírico, puede decirse que el silencio, más bien, llena hasta los bordes el vaso del lenguaje. Como a veces ocurre en el poema. Pero cual fuere la naturaleza del silencio en poesía, éste no puede sino estar entremezclado con los silencios del mundo y de la vida. Pluralidad de silencios.

Están aquellos en que no se escucha nada, no pasa nada, los silencios del no-acontecimiento,  del tedio y la melancolía. Bañan la permanencia de lo igual.  Silencios que nada rompe. Que simplemente parecen estar ahí en la vida, de hecho, como la planta en la maceta o la sombra bajo el árbol.  Pues no hay vida sin silencios así como no hay vida sin palabras. Quien más bellamente  retrata esos silencios, es Alejandra Pizarnik: 

“El silencio de la comprensión, el silencio del mero estar. En esto se van los años. En esto se fue la bella alegría animal”.

En realidad, cada cual puede hacer su lista de silencios.  Y entre ellos quizá incluir, por ejemplo:

El silencio que sucede a un trueno.

El silencio de los muertos.

El silencio de la contemplación.

El silencio entre  campanadas.

El silencio de las ruinas.

El silencio del gato.

El silencio del patio interior.

El silencio de la piedra al sol.

El silencio de la planta en el rincón.

Y entre semejante pluralidad de silencios, otra vez: ¿hay un silencio específico de la poesía? De entrada que sí y específicamente respecto a la palabra y el lenguaje. Silencios inter y extra lingüísticos.  Pero en la misma medida en que la poesía está metida con la vida, también sus silencios pueden ser múltiples –por no hablar todavía, además,  del significado-del-silencio-en-poesía–, o del silencio como fuera del lenguaje. A escuchar estos silencios poblados de palabras, o viceversa, de hecho nos invita Merleau-Ponty:  “En fin, tenemos que considerar la palabra antes de que se la pronuncie, el fondo de silencio que no deja de rodearla, sin el cual no diría nada, o lo que es más, poner al descubierto los hilos de silencio de que está entremezclada”.

En el caso de la poesía, por cierto, esos hilos suelen presentarse como espacios. Espacios entre versos, espacio alrededor. Blancura y silencio, incluso, fueron eventualmente equiparados.  Quien famosamente dio curso total a esta captura del silencio por los blancos de la página, fue Mallarmé. Lo hizo en el gran clásico con que le dio un vuelco a la poesía, el Un coup de dés (Un golpe de dados) de 1897. En cada página las palabras estaban presentadas en el orden libremente dispuesto por su autor, usando diferentes tipografías y tamaños. Cuando le mostró el resultado a su amigo Paul Valéry, éste cuenta que tenía veía ante sí a silencios que habían tomado cuerpo:  “Ma vue avait a affaire à des silences qui auraient pris corps”.

Si podría trazarse una historia del silencio, ese libro de Mallarmé sería uno de sus capítulos principales. (De hecho hay un libo de Alain Corbin: Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días. (Sus dos primeros capítulos descargables en inglés). Es a partir de ese libro que la escritura misma del poema, en tanto que poema y al haber roto sus formas clásicas, se convirtió en un acto suplementario. La “composición” de la página, de pronto pasó a ser otro campo abierto. No en vano se ha usado tanto la palabra partitura al comentar el libro de Mallarmé. Esta deriva, en uno de sus extremos, llegó a la “poesía visual”.

Asimilar el silencio al espacio en blanco permitió un nuevo artesanado de la escritura,  nuevas formas de hacer, componer,  “administrar” espacios y silencios, jugar con la extensión de los versos, sus formas de escalonado. De tal manera, los poemas se hallaron en condiciones (visuales) de crear  una activa participación del silencio en sus páginas. 

Puntos y comas, marcas de puntuación, espacios. Pausas y extensión de las pausas. Hay que tener cuidado sin embargo, puesto que el silencio está lejos de reducirse a eso: a pausas, esperas, más o menos largas, entre frases o palabras. Estas sólo conciernen, otra vez, a la materialidad de silencios básicos y “audibles”, mientras que la hondura y naturaleza de los silencios confrontados a la poesía, o los que ella suscita y crea, cita o escucha, excede con mucho a esos silencios materiales y distintos. Excede sus propios intra-silencios, podríamos decir. Y sin hablar de que ellos mismos pueden ser muchos , la poesía no deja de avisorar un silencio final y que, más que parte del lenguaje, envés de su trama, está retirado tanto del mismo lenguaje como del sentido.

El sentido nunca dejó de acechar  al silencio. Por eso se habla de silencios elocuentes, de silencios ensordecedores, de silencios comprensibles, de silencios que “valen por mil palabras...”.

Ante esa contaminación de sentido que sufre el silencio, la poesía también se quiere barrera. Limpiar el silencio: despojarlo de sentido(s). Trocar el silencio elocuente por un silencio callado. Llegar al silencio del propio sentido, al silencio in-significante. Pero esos silencios ya son, se dice, los de iluminaciones en que relampaguea el vacío. ¿Puede pertenecer aún a la poesía, hecha de palabras, a semejantes reinos?  Mmm...

 

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