Aullidos Mónica de la calle

Pertenecer sin dejar de ser

Ya no estoy aquí cuenta la dura experiencia de miles de mexicanos; es el estreno con más alma del catálogo de Netflix en los últimos tiempos.
viernes, 12 de junio de 2020 · 00:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

El director de cine Fernando Frías de la Parra en una entrevista comentó que hace unos años daba talleres en la frontera mexico-americana, en Reynosa, y que cuando sus adolescentes alumnos le preguntaban la edad y él decía 33, le respondían: “Ay, yo a tu edad voy a estar muerto”.

Ya no estoy aquí (Im no longer here) dialoga con esa dura experiencia, con la realidad de miles de mexicanos que vivían (viven) su propia guerra en las zonas conflictivas de México.

Estamos ante el estreno con más alma del catálogo de Netflix en los últimos tiempos. Y digo alma, porque a pesar de que podamos encontrarle el pelo a la leche, hay algo que te envuelve el corazón y te lo estruja, hay algo que se queda revoloteando como una mariposa enferma cuando termina. 

La película, también guionizada por Frías de la Parra, sigue la vida de Ulises, un muchacho que pertenece a una tribu urbana denonimada Los Terkos, a su vez parte del movimiento contracultural “Kolombia”. En la Monterrey de los 90, la cumbia colombiana fue adoptada por los jóvenes mexicanos como una respuesta a la marginalidad, como un medio de construir identidades. 

A esta cumbia que ralentizaron,  se le agregaba una particular manera de vestirse, de peinarse, de expresarse, de moverse. Estos chicos con sus pintas extravagantes amaban juntarse a bailar, mientras en su barrio los carteles de droga se campeaban a sus anchas. En la vida real, los Kolombias fueron rápidamente llamados cholombianos y asociados a los narcos o a los pandilleros, en la vida real y en la ficción, los chicos amantes de la cumbia no pudieron separar sus caminos de la narco-narrativa imperante. 

Ulises, interpretado por Juan Daniel García Treviño, no se llama ficcionalmente Ulises por casualidad. 

La película arranca cuando está partiendo, dejando el que fue su hogar hasta ese momento, la Chaparra (otra integrante de los Terkos) consigue llegar a despedirlo… “Terkos, por siempre” le dice después de abrazarlo. En ese abrazo, y en esa ingenuidad de la despedida radica el tono nostálgico que te llega cual viento huracanado. Uno ya está mayor, ya sabe que los para siempre son mucho tiempo. 

Ulises está amenazado de muerte por un cartel y tiene que irse de mojado a EEUU. Deja a Monterrey, a los Kolombia, a los Terkos y tiene que adaptarse a una vida para la que es evidente no está preparado. Él no tiene la astucia del Ulises griego, ni tampoco una familia como la del Ulises griego que esté penando su ausencia, él quiere volver a un hogar que ya no es su hogar. 

Es muy triste acompañar a Ulises en su periplo, por esas calles gringas donde la promesa del sueño americano existe pero no siempre se cumple.  Y hay que reconocer también que el chico no pone mucho de su parte. 

Es ese tipo de personaje en el que “no sos vos, soy yo”, encaja perfectamente.  Por eso es que aunque empatizás con la desgracia de pertenecer a un universo del que es casi imposible salir convertido en otra cosa que no sea exactamente el “monstruo” en el que la sociedad piensa que te vas a convertir, ves con un poco de fatiga su incapacidad de tomar las oportunidades de manera positiva.

Frías de la Parra opta por un registro casi documental de Ulises, uno como espectador está enganchado y agradecido con el cine y la vida, lamentablemente el director también cae en la tentación de involucrar situaciones poco creíbles, como la relación de Ulises con la chica asiática, o la situación con la prostituta colombiana. Y digo poco creíble no tanto por el vínculo, o cómo se da el vínculo, sino por algunos diálogos demasiado impostados y algunas secuencias a las que les faltaba naturalidad. 

Esos equívocos, sin embargo, se sobrellevan rápido. Cuando la fortaleza de Ulises para enfrentar un mundo que no permite débiles se va resquebrajando, el sueño americano termina…es tiempo de volver a casa. ¿A cual casa? 

Una preciosa fotografía de Damián García (Güeros, Museo) acompaña casi poéticamente los bailes, el edificio en construcción, las calles, los niños cumbieros, los niños armados, los niños narcos. Hay mucha vida que el lente de García captura con habilidad. En cuanto a las actuaciones, la mayoría son actores naturales, actores y actrices sacados de un ambiente similar al que la película retrata. En ese apartado, la elección de Juan Daniel García es un hallazgo, su sola presencia tiene tanta fuerza que no importa si actúa bien o mal. Hay momentos precisos en los que solo verlo, te genera un montón de emociones.

Cuando se hacen estas películas que tienen comentario social, es muy difícil evitar caer en el victimismo, si el personaje sufre hasta el final o en el triunfalismo, si el personaje sale airoso de su difícil situación. Ya no estoy aquí, no está exenta del mensajito a la conciencia de este tipo de películas, pero al final los flashazos plásticos y armados que pudiste notar a lo largo de la película se disuelven con su última toma.  

Lo que Fría de la Parra consigue es muy valioso. Cuenta la historia de su personaje, y la de un país. También, sobrevuela la certeza de que a veces uno construye su propia patria.

 

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