Novela

Solo los imbéciles son felices

Fui postergando la lectura de Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa, en el entendido de no estar perdiendo nada que colme mis expectativas literarias.
viernes, 12 de junio de 2020 · 00:00

Augusto Vera Riveros   
Escritor

Me impresionó, fundadamente creo, el manejo del lenguaje y los recursos literarios que el autor imprime en la obra, conocido su dominio de las diferentes técnicas narrativas que tiene, sobre las que gran ventaja lleva a sus colegas latinoamericanos.  Los “peruanismos” que a lo largo de la trama salen de boca del narrador-protagonista, no desmerecen la capacidad artístico-literaria del escritor.

 Y en ese ámbito, no se detiene ahí el valor de Travesuras de la niña mala,  porque la diversidad espacial y los cortes temporales del conjunto de la novela, profundizan deliberadamente el perfil cosmopolita de Ricardo Somocurcio como de la niña mala, aspiraciones que en diferentes contextos, han tomado alrededor de cuarenta años en que nuestros héroes han bebido los elíxires de  cosmovisiones antagónicas, en mundos diferentes para el uno y para la otra, a pesar de haber compartido sus vidas por espacios cortos. 

A diferencia de algunos críticos que la han tildado de cierta infecundidad técnica, vi que existe una magnífica correlación de tiempos y lugares respecto a los conflictos que sustentan el argumento de la novela.

 ¿Que varios pasajes de ella no son creíbles?   Quizás no, ciertamente. ¿Pero es que acaso el género de la novela no es por definición una narración de hechos ficticios? Admitamos que en toda narración novelística, lo trascendental es creer que es en esa historia donde suceden los eventos, aunque en la vida real sean inverosímiles, en tanto la combinación con hechos sacados de la fantasía es recurso no solo válido, sino que es ingrediente valioso para atrapar al lector.

 Travesuras de la niña mala peca evidentemente de ciertas exageraciones en las coincidencias temporales y de espacios en que se desarrolla, más aun teniendo en cuenta las distancias geográficas en que tales casualidades se producen. No es muy usual que dos personas se encuentren con intervalos de años en París, en Londres o en Tokio, y de manera casual, eso es evidente; pero es el condimento con que el lector se sumerge en una peregrina idea de lo que continua, en tanto no son eventos vinculados a la ciencia ficción, y más bien a la ficción únicamente como recurso nacido de la imaginación del autor (improbable de acontecer, sí, pero posible de suceder). 

En consecuencia, todos los espacios en que se reparten las acciones, por muy remotos entre sí, confluyen en el nudo de la historia: el tormentoso amor de Ricardo, hombre de bien, con los de Lily, expresión del más execrable hedonismo. 

La distancia moral entre los protagonistas podría también interpretarse como el desencuentro de ambiciones; una, la de Lily, originalmente de posición social muy humilde, arribista, maquiavélica, fría, para la que nada es condenable con tal de lograr primero vivir en la ciudad de la luz, de la farándula, de la moda, vanidosa y lasciva, y luego insertarse en la élite de la sociedad. El otro, Ricardito, o el “niño bueno”, cierto en su primera juventud de que el Perú no ofrece posibilidades de superación, le hizo empeñarse en llegar algún día a la ciudad de los libros, de los escritores y de los museos para comenzar una carrera profesional. París era el destino de ambos.

No es novedoso en Vargas Llosa recurrir a expresiones malsonantes en medio de las delicadezas gramaticales que hacen que su narrativa cautive al buen lector. Y es que efectivamente, en ese orden de cosas, la novela peca de excesiva vulgaridad. 

La descripción fotográfica e innecesariamente objetiva de los placeres carnales, provoca un desencuentro del lector con las estrategias literarias muy bien construidas, que no menoscaban afortunadamente la elegancia predominante de la prosa de la que Vargas Llosa puede jactarse, porque ha demostrado que sobre ella tiene un absoluto dominio.  

No es Travesuras de la niña mala su mejor producción literaria; sin embargo, como toda buena novela, tiene elementos sugestivos que el lector debe asumirlos como mensaje. La dialéctica entre verdad y mentira encarnada en el tenaz enamorado y el demonio que habita en la inescrupulosa Lily (en realidad se llamaba Otilia), verbigracia, es  la línea siempre fina entre el bien y el mal que lidian en la vida real. 

Tampoco es su primera novela rosa, aunque en la prolífica obra del autor es de las pocas que hacen del amor pasional el tema central de la trama, y en ninguna de las anteriores incide con tanta naturalidad en la adjetivación erótica.  Como en la mayoría de las que le precedieron y las posteriores, la política no es asunto ajeno al argumento; pero además, con acierto, incorpora elementos relacionados con la cultura, el arte, lo social y hasta insinuaciones de adivinación a través de Arquímedes, el extravagante padre de la protagonista.

El patrón binario por el que opta Mario Vargas Llosa para estructurar la trama canalizada en Ricardito y la compulsiva embustera, desemboca en un artificio literario de varias historias de menor trascendencia, si hablamos del nudo argumental, pero que desarrolladas cada una en diferentes ciudades, con personajes locales y sin conexión entre ellos, contribuyen al conjunto de una sola historia bien hilvanada.

No estoy convencido de si –como escuché de algún crítico– en la adolescente Lily se produjo una metamorfosis en el curso de su vida, considerando que de postulante a guerrillera en Cuba, pasó por esposa de un diplomático, de un millonario relacionado al negocio de los caballos, envuelta como pareja de un rufián tokiota, proxeneta, traficante de colmillos, sádico y sodomita, y que fue el comienzo de una debacle en el espíritu hasta entonces indomable de la niña mala, o simplemente materializó la impronta de su desenfreno juvenil. 

De ahí, a trancas y barrancas, alcanzó fortuna y posición. Como en la vida real, las imposturas humanas tienen un precio. Los excesos cobran, y salen caro. Devino la enfermedad y su soberbia estampa era ya historia, y antes del día final, la chilenita, la niña mala, tuvo un acceso de nobleza auténtica con quien nunca supo de amor propio. El huachafito, consciente de que solo los imbéciles son felices como con resignación se autoacusa en el capítulo VI, una vez más cae en las redes de la moribunda, para finalmente alcanzar la dicha esquiva en los últimos cuarenta años.  Le duró apenas 37 días.

 

 

 


   

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