Reseña

Tiempos recios, novela de una crónica

Esperaba que el primer párrafo del libro abriría mi apetito, pero no sucedió. Recordé que Gabo dijo que una buena novela se reconoce en las diez primeras páginas.
viernes, 12 de junio de 2020 · 00:00

Alfonso Gumucio Dagron
 Escritor y cineasta

Me acerqué a Tiempos recios (2019) de Mario Vargas Llosa con la mejor voluntad del mundo, con el afecto predispuesto por Guatemala, país en el que viví ocho años y que conozco muy bien pues lo recorrí de punta a canto y desarrollé una estrecha amistad con dos grandes: el pintor Efraín Recinos y el político y escritor Mario Monteforte Toledo (mencionado en la novela). 

La primera parte me pareció tediosa porque abunda el ensayo y escasea la narrativa. Pecando de didáctico, el autor se empeña en describir el contexto histórico de Guatemala suponiendo que es necesario para que entiendan la novela los que ignoran la historia. Proporciona detalles sobre Arévalo, Árbenz, Castillo Armas, la CIA, los mayas, la Reforma Agraria, la United Fruit y otros, prolijo como una referencia de Wikipedia, salpicando de vez en cuando el ensayo con apariciones de personajes en la intimidad. “Mucha carne y poco nervio”, escribí sobre el marcador de páginas para recordar la impresión que produjeron las primeras que leí. 

Está bien mucha carne con poco nervio sobre una parrilla, pero en una novela espero la fibra viva que mueve y conmueve, antes que la investigación que esconde la creatividad. Me pregunto si estas cosas suceden cuando los escritores se convierten en commodity, es decir, en inversiones que deben ser rentables. 

Hay escritores, con limitada experiencia y pocos libros, que trabajan a tiempo completo en los “establos” de grandes editoriales que pagan puntualmente una mensualidad para que escriban. Cada cierto tiempo, deben entregar algún resultado redituable, algo así como los futbolistas: son propiedad de un equipo y se espera que metan goles de vez en cuando. No es el caso de Vargas Llosa, claro.

Alguna vez leí que Mario Vargas Llosa tiene en Barcelona (donde reside una buena parte del año) una oficina con media docena de asistentes –entre investigadores, correctores de estilo y secretarias– que lo apoyan en cada novela que publica. Como la mayoría de sus novelas recientes se inspiran en personajes y hechos históricos, estos asistentes buscan y verifican todos los detalles y “limpian” el texto antes de que el autor ponga el punto final y su firma. 

Las comodidades para escribir pueden anular a un escritor cuando siente que “debe” hacerlo. Les ha pasado a algunos cineastas que comenzaron con una opera prima magnífica, realizada sin más recurso que la creatividad, y que en películas posteriores que gozaban de una holgada producción, se vieron atrapados en la mediocridad.

No había notado antes este trabajo de investigación en equipo como en Tiempos recios, que aborda el periodo anterior y posterior a la presidencia de Jacobo Árbenz, el militar que quiso modernizar y democratizar su país, pero no se lo permitieron los gringos. La gran potencia del norte se ensañó contra el pequeño país centroamericano hasta aplastarlo. Los detalles se supieron años más tarde cuando se desclasificaron los archivos de la CIA, la siniestra organización terrorista del gobierno de Estados Unidos. El libro Secret History - CIA’s Classified Account of Its Operations in Guatemala, 1952-1954 (1999) de Nick Cullather, vino a confirmar lo que todos sabían, pero esta vez con datos de la propia CIA. 

Esperaba que el primer párrafo del libro abriría mi apetito, pero no sucedió. Recordé que García Márquez dijo que una buena novela se reconoce en las diez primeras páginas. Llegué a pensar que el ensayo introductorio lo había escrito otra persona. 

Tuve la impresión de leer en esas primeras páginas a un escritor prolijo pero desganado, sin el vigor de escritores guatemaltecos como Asturias y el mismo Mario Monteforte Toledo. 

Ojo que no soy de los que desmerecen a Vargas Llosa por sus (cambiantes) posiciones políticas. Lo considero un gran narrador, disfruto casi todos sus libros y comparto su posición contra el autoritarismo, venga de donde venga. Conversé con él solo una vez, durante el ensayo de una obra suya en Lima, y de esa charla lo que me quedó fue su cariño por Cochabamba y por un condiscípulo de La Salle de apellido Gumucio. 

Trato de meterme en la cabeza de Vargas Llosa: ¿Quizás el excesivo didactismo histórico obedece a su idea de que las nuevas generaciones no conocen lo que sucedió en Guatemala en la década de 1950? (Pero entonces, no leerán de todas maneras la novela). Eso supondría que toda novela debería estar sembrada de fechas y datos para ser comprendida por lectores que ya no leen… ¿Dónde queda entonces el placer de la complicidad creativa entre el escritor y el lector?

Una novela revela muchas veces más que un ensayo. Esta, también pretende hacerlo al reivindicar la memoria del soñador Jacobo Árbenz y la revolución democrática que devolvió a los campesinos más pobres la tierra que les habían quitado y trató de que la United Fruit pagara impuestos como cualquier otra empresa. Es un acto de justicia y hay que reconocerle a Vargas Llosa el compromiso de llevar a un público más amplio una historia que esos mismos lectores no leerían en un ensayo. 

De alguna manera, el autor sacrifica su papel de narrador para convencer a los lectores con su descripción descarnada de la Guatemala feudal (que no ha cambiado mucho). Por eso, cada vez que introduce a un nuevo personaje, tiende a decirlo todo sobre él, de una vez. 

A medida que pasaban las páginas me fui reconciliando con Tiempos recios. Todo cabe en una novela, el origen de la palabra “novela” lo sugiere. En Tiempos recios la voz del narrador aparece poco a poco cuando los principales personajes cobran vida propia y se independizan. 

Al ser la mayoría personajes parte de la vida real, le cuesta al narrador desprenderse de ellos, dejarlos crecer fuera de la computadora, aunque el retrato que elabora de Árbenz debería figurar en los libros de historia. 

Ingenuo, Árbenz esperaba el apoyo de Estados Unidos a la revolución democrática que había comenzado Arévalo, pero los gringos estaban más interesados en mantener las arbitrariedades de la United Fruit, aunque sea con mentiras y conspiraciones. Típico de ese país donde no interesan los derechos de la sociedad, sino de las sociedades anónimas, es decir de las empresas.  

La novela levanta vuelo cuando se apropian de ella los personajes ficticios, sobre todo Marta Borrero Parra, la que nunca fue “Miss Guatemala”, amante del dictador Castillo Armas, personaje construido sobre alguien que sí existió y que existe todavía con más de 80 años de edad: Zoila Gloria Bolaños Pons.

 Paradójicamente, es un personaje más entrañable en la novela que la caricatura que representa en su vida real (basta buscarla en internet). Ella, a quien Vargas Llosa visita de verdad en el último capítulo del libro, titulado Después, es la columna vertebral de la ficción y hace que parezcan más humanos personajes tan despóticos y poco agradables como los dictadores Castillo Armas y Leónidas Trujillo, el torturador Johnny Abbes García o el gringo que no se llamaba Mike, agente de la CIA de aspecto inofensivo.

 Fue necesario reinventar a “Miss Guatemala”, esta mezcla de Mata Hari, colegiala inocente (personaje recurrente en Vargas Llosa) y hábil sobreviviente de asonadas militares, para entender mejor la verdadera historia de tanta insidia y manipulación. 

Es en la historia íntima de amoríos y traiciones políticas, de mentiras piadosas y de fidelidades imposibles, donde la novela acaba fascinándonos y se yergue como novela testimonial.

El riesgo de mencionar hechos reales en una novela, es que uno les debe cierta fidelidad histórica. Ahí, a pesar de su equipo de investigadores, la novela comete algunos deslices. Afirma, por ejemplo, que Árbenz había “estudiado” la Reforma Agraria de Paz Estenssoro en Bolivia, pero en realidad ésta última se inauguró en Ucureña el 2 de agosto de 1953, mientras que la de Árbenz comenzó un año antes, el 17 de junio de 1952.

 O cuando menciona a la ciudad de Antigua como “la primera capital de Guatemala” cuando en realidad fue la tercera. Y no faltan un par de descripciones que se repiten, casi con las mismas palabras (a Rulfo no se le hubiera escapado algo así). 

Luego de 17 novelas, 8 libros de ensayos formidables y varias obras de teatro, Vargas Llosa sobrevive como uno de los narradores más importantes del mundo. Solo le pueden hacer sombra los muertos.

 

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