La sonrisa de Sísifo

Eighth Grade: ¿de qué se trata la vida?

Bo Burnham, el director de este fabuloso filme, saltó del stand up al cine, debutando con una de las películas más honestas de Estados Unidos.
viernes, 19 de junio de 2020 · 00:00

Adrián Nieve
Escritor

En Hollywood son muchas cosas, pero rara vez son honestos. No les conviene. Saben que la sinceridad no es sexy, que una película taquillera vende porque te aleja de la realidad, porque te permite olvidar lo hecho mierda que está el mundo. Hoy en día, hay gente famosa por el solo hecho de existir y apellidar Kardashian, o por hacer ejercicio y bailar canciones de moda en Unitel. El espectáculo y la pose se volvieron normas, los reality shows nos hicieron cínicos. A eso llama arte un capitalismo que no quiere que olvidemos que el artista solo importa mientras entretenga.  

Por eso, antes de decir lo fabulosa que es Eighth Grade, quiero hablar de su director Bo Burnham, quien hizo el salto del stand up al cine, debutando con una de las películas más honestas de Estados Unidos. Y no podía ser de otra manera. 

Este Burnham, un tipo cuyo show estaba lleno de chistes que desafiaban las expectativas mientras jugaban con lo evidente, podía hacerte reír con un sonido y luego decirte que no seas mecánico con las cosas con las que te ríes. Bo, más que contar chistes, los cantaba en su búsqueda de retar lo establecido, en shows súper ensayados y coreografiados, pero que igual se sentían honestos y reales. 

Hoy por hoy, ser un artista famoso no llega por meritocracia, sino suerte. Esta es una época en la que toda voz es “válida” gracias a las redes sociales, donde uno es audiencia y performer al mismo tiempo. 

De hecho, Eighth Grade va de eso: de Kayla, una niña que ya quiere ser adolescente y que expresa toda la angustia que siente por no encajar en este mundo de Kardashians y Calle 7 frente a la cámara de su laptop. Actuando para videos de Youtube e Instagram (solo los viejos usamos Facebook) donde posa como alguien muy en control de su vida. Donde Kayla, con su acné, su iPhone roto y su deseo de encajar, existe maquillada, feliz y perfecta. 

Para Burnham así empezó todo. Subió un par de sus canciones-chiste a Youtube, se hizo viral y de pronto estaba haciendo comedia en escenarios de verdad. A lo largo de su carrera, sus chistes pasaron de irónicos a cínicos, pero Burnham nunca dejó de lado la honestidad y en su último show, en la canción Can’t handle this right now nos entregó su momento más sincero y espectacular, antes de retirarse del mundo del stand up. 

Eighth Grade se beneficia de la carrera de Burnham. Este es un tipo que se esforzó por hacer del stand up una experiencia teatral, llena de luces y movimiento, no solamente un tipo contando chistes, casi inmóvil en un escenario. Un comediante que quería hacer reír a su público, sin que éste lo use como una forma de escapismo. Un artista que dice y demuestra que el arte es una pose cuando es complaciente. Que no hay que confiar en los artistas cuando solo buscan atención para sus narcisismos, o sea cuando son como todos nosotros en las redes sociales.     

Burnham, tanto a nivel de contenido como visual, logra darle textura a su película. En cómo usa las luces, en cuanto a tonalidad de las mismas, el espacio que ocupan y la forma que tienen. Pero más allá de lo cinematográfico, lo lindo de Eighth Grade también está en la manera en que su guion es tierno, sin nunca dejar de ser realista. No hay una historia épica, no hay giros hollywoodenses, ni excesivo glamour. Eighth Grade es realismo, es un pedazo de la vida llevado al cine. Es una enternecedora historia, llena de sinceridad, sobre una niña real. 

Como en su stand up, en Eighth Grade Burnham no incluye política, sino introspección. Hay algo trágico en Burnham y no lo esconde, más bien lo canaliza. Porque ya no se trata de él, sino de una adolescente que pone todo su aprecio en íconos populares, en quitarle importancia a quién es ella para emularlos. 

A través de Kayla, Burnham vuelve a demostrar cómo es que las etiquetas te arruinan la vida y te frenan de decir tu verdad, solo para tener una audiencia a la cual engañar.  

Se nota que a Burnham le fascina la vulnerabilidad. Cuando es cínico, lo es con la cultura, con las formas que ésta ha tomado, pero nunca con la gente. En Make Happy, su último show de stand up, y en Eighth Grade, Bo aprendió a burlarse del público. A ponernos en evidencia y luego decir: “se merecen algo mejor que lo que el arte mainstream de hoy quiere darles”. A invitarnos a vivir nuestras vidas sin audiencias a las que complacer, siendo honestos con nosotros mismos y entrando en contacto con el mundo que nos rodea. 

Estar vivo es no poder controlar tu narrativa. Es saber que a nadie le importa lo que piensas. Es darte cuenta que por eso posteamos en redes sociales: porque nos gusta creer lo contrario. 

Eighth Grade entiende todo eso y logra expresarlo de la manera más honesta y sin cinismos, rescatando algo tan simple como una niña haciendo videos de Youtube que solo ven de dos a diez personas.    

En resumen: Eighth Grade es el producto de la trayectoria de un visionario del stand up. En ella, Bo Burnham sigue cuestionando el pensamiento de manada y señalando la hipocresía de la que formamos parte. Y así como hizo en sus especiales de stand up, Words, words words (2010), What  (2013) y Make Happy (2016) –los dos últimos disponibles en Netflix–, Burnham nos cuenta una historia que aprovecha para decirnos que no se trata de entrar en crisis porque la vida tenga o no sentido. Se trata de qué significa para ti que haya o no haya un propósito en ella. De reconocer los problemas propios, ajenos y globales y no perder tu voz por complacer a tu público. 

Sinceridad. De eso se trata.

 

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