Crónica

Cuando la mente juega con uno

Tal vez algunas personas tendrían pena y otras tal vez, malestar. Finalmente, no faltarían los comentarios generales. ¿Qué hacía una mujer con una amoladora?
viernes, 26 de junio de 2020 · 00:00

Luci Araníbar
Periodista

Una sola imagen jugaba con mi mente y no, no era sólo la imagen de mi cuerpo que yacía en la terraza donde yo tomo el desayuno y el sol cada mañana. No, no era la imagen de una mujer que por la fuerza de los años vividos en soledad había aprendido a ser autosuficiente y que de pronto el destino le jugaba una mala pasada. No, no, no. La imagen era una visión de los demás, de algunos amigos que con ojos lastimeros contarían el suceso o aquellos no tan amigos que comentarían, re-contando y re-inventando una historia sobre mi historia...

   En fin, en mi constante intento de probarme a mí misma, más que a los demás, y de creer que yo puedo hacer las cosas sola y que no necesito de ayuda, especialmente de ayuda masculina, me he encontrado en un momento psicótico. Una extraña sensación de descontrol de mis pensamientos, donde la mente tiene su propia personalidad y autoridad. ¿Es esto un instante de locura, paranoia o ansiedad? No lo sé. 

Ninguna de las tres son parte de mi diario vivir. Tal vez es simplemente parte de la Covid-19 y de la cuarentena en la soledad de una casa que la siento muy grande para mi pequeño y sereno ser. Tal vez tiene que ver la edad donde la mente y mi yo se desconectan para convertirse de pronto en dos naturalezas distintas. Todo y nada es posible. 

   La verdad es que tuve ese instante serendípico conmigo misma y transcurrió de la siguiente manera:

   La cuarentena, ocasionada por la Covid-19, ha dejado que mi jardín se explaye a lo largo, ancho y sobre todo a lo alto con hierbas malas. Con la llegada del otoño se han secado las hojas dejándolas caer alrededor de los árboles. Ese lindo árbol frutal que un día mostraba ser provechoso, ahora, casi ya en invierno, muestra penosamente unas escuálidas y deformes ramas. Es un jardín con árboles frutales que se merecen ser podados antes de que pase el invierno.

   Decido realizar el trabajo de podador de árboles; me presto una amoladora de una amiga artista y a pesar de las caras de preocupación de ella y mi prima yo les muestro una sonrisa de total confianza en mi capacidad para hacerlo. Finalmente, si los jardineros pueden hacerlo (comentario no por ser jardinero, sino por ser varón), ¿por qué no podré hacerlo yo?

   Al día siguiente, previa lectura del manual de la amoladora y de ver unos cuantos videos en YouTube, hago una práctica mental de lo que debo hacer y me pongo en marcha. Tomo la amoladora que no es muy grande, pero algo pesada; no la enchufo, como dicen en YouTube, hasta estar segura; reviso y aprieto todos los botones que tiene; tomo uno de los discos e incrusto en la amoladora; enrosco la parte que debe sostener el disco; me cercioro que esté fuertemente enroscado para que el disco no salte a volar, como mencionó la prima.  Todo está bien hasta ahí. Yo también estoy bien hasta ahí. Todo está bajo control. 

   Me siento satisfecha con mis logros, he colocado las piezas sin problemas. Vuelco la mirada a los árboles. Vuelvo a mirar la máquina. Traigo un enchufe con un cable de extensión para poder llegar quince metros más allá. Tomo el enchufe macho y lo inserto en el enchufe hembra. 

Mi mirada se queda atascada en el acto de enchufar y de pronto, todo parece cambiar irremediablemente. La amoladora ya no es una máquina más, es un peligro, una amenaza a mi ser, a mi vida, a mi muerte...

   Olvidé decir que es mi cumpleaños. Faltan pocos años para llegar a ser de la tercera edad. Ahí estoy, con mi dedo pulgar e índice apretando aún el enchufe macho y no me animo a continuar la labor porque mi mente trastoca toda idea anterior y bloquea todo ánimo de continuar con una labor que aún con los cuidados necesarios podría ser fatal.

   Ahora mi mente empieza a jugar conmigo y me pinta un panorama distinto, lúgubre y oscuro con las subjetividades del maléfico: “y si...”. Y si ¿prendo la máquina y da vueltas tan rápido que se salta el disco y vuela hacia mi...?; y si ¿veo venirse directamente a mi cuello y no me da tiempo para moverme?; y si ¿me cruza la vena aorta?; y si ¿me desmayo y no despierto más y no hay nadie en casa, nadie que pudiera preguntarse dónde estoy o qué estoy haciendo?; y si ¿me encontraran recién uno, dos o tres días después?

   Así mi mente juega con imágenes una tras otra y de ahí pienso en los comentarios de mis conocidos, luego de los desconocidos y por supuesto también de la prensa.

- ¿Sabías que murió por culpa de una amoladora mal calibrada? 

- ¡Cómo le pudo pasar a ella! 

- Eran tan linda persona. (modestia aparte)

- Si... –diría con mucha pena otra amiga–  justo ahora que estaba pensando en buscar novio. Si hubiera tenido uno, tal vez no le hubiese sucedido eso.

En WhatsApp circularía la noticia de cómo una mujer murió por usar una amoladora. Los memes tal vez hicieran reír y se hiciera viral. Tal vez algunas personas tendrían pena y, otras tal vez malestar. Finalmente, no faltarían los comentarios generales. 

- ¿Qué hacía una mujer con una amoladora? 

- No podía haber contratado un jardinero para eso? 

- ¿Acaso era tan tacaña que no podía pagar unos pesos? –y no faltaría el siguiente comentario–: 

- ¡Eso le pasa a una mujer, por meterse a cosas de hombres!

   Tal vez los medios, basados en la declaración de la policía, pondrían los siguientes titulares: “Por no pagar a un jardinero, mujer muere el día de su cumpleaños”, “La avaricia de una mujer no le permite cumplir años”, “Crónica de una mujer, su cumpleaños y una amoladora”, “Cuando la avaricia mata a una mujer”.

   Todos estos pensamientos en milésimas de segundos. Mis dedos aún en el enchufe y sin más lo desenchufo. Pongo de nuevo todo en su caja y tomo el celular, busco el nombre del jardinero.

-¿Alo? ¿Fredy? ¿puedes venir a cortar unos árboles? ¿No? ¿Por qué?

 

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