Esbozos culturales

El mundo de hoy vuelve después de 500 años

Cinco siglos después de que Occidente llegara al lejano Oriente, la historia se revierte con su propia carga toxica: la ruta viral va ahora de levante a poniente.
viernes, 26 de junio de 2020 · 00:00

Óscar Rivera Rodas Escritor

El mundo de hoy, en su giro moderno, revierte la condición que vivió hace 500 años, reversión que incluye su propia carga tóxica y un itinerario inverso: su ruta es ahora de levante a poniente.

En 1520, hace 500 años, el Oriente medio y lejano mantenía sus puertos marítimos abiertos a la comunicación entre sus naciones, y un opulento comercio. La Europa de entonces, conocedora de ese patrimonio, instruyó en el reducido extremo occidental de su suelo a sus navegantes modelándolos como siempre en la rapacidad y la codicia. Entre 1497 y 1499, el portugués Vasco da Gama había conocido una ruta a la India; la repitió en dos viajes más: en 1502 y 1524. 

Otro navegante portugués, Jorge Alvares, en 1513, se embarcó en Malaca portuguesa (hoy Malasia) y fue el primer europeo en llegar al sur de la China. Motivó, además, al virrey de la India portuguesa, Alonso de Albuquerque, enviar a Rafael Perestrello, primo de Cristóbal Colón, para iniciar relaciones comerciales con China continental. 

En septiembre del mismo 1513, el español Vasco Núñez de Balboa salió de un puerto español sobre el Atlántico, llegó al territorio americano, se informó por los indígenas de la región de un nuevo trayecto, cruzó el istmo entre las Américas Central y del Sur, y pudo ver, sorprendido, otro océano inmenso: el Pacífico. Después, en 1520, el portugués Hernando de Magallanes surcó el estrecho de la Patagonia y se halló entre ambos mares. 

Los europeos, que en ese tiempo combatían como tribus rabiosas en su estrecho territorio por imponerse mutuamente sus “imperios”, percibieron las nuevas rutas caminos para arremeter invasiones y depredaciones en otras regiones del mundo. Acudieron a sus monarcas para rogar subvenciones con promesas de retribuirles con riquezas y esclavos de remotas zonas. Obtuvieron apoyo e instrucciones para la explotación y expoliación de suelos y pueblos ajenos, y la obligación de difundir sus creencias, mitos y fábulas, de confusa mixtura e imaginación islámico-judeo-cristiana. 

Entonces construyeron en sus puertos embarcaciones primitivas, cargaron armas, discursos dogmáticos, argumentos racistas, volúmenes de discriminaciones, incluyendo contra la mujer, y otros gérmenes para contaminar los pueblos que invadirían. Y se lanzaron a los mares en naos con estandartes portugueses, españoles, ingleses, franceses, incluso neerlandeses. 

Los europeos tenían largo adiestramiento en odios raciales, religiosos, políticos, con que alimentaban persecuciones. Las Cruzadas habían sido una escuela práctica para el ejercicio e instrucción en el desprecio de otros seres humanos y aniquilarlos. 

El clérigo italiano e historiador eclesiástico Giacomo Martina (1924-2012), en su libro La Iglesia, de Lutero a nuestros días (1970) denominó “guerras político-religiosas” ese hábito. 

Y lo refiere: “Nuevas matanzas ocurrieron a finales del siglo XIII, y luego, como consecuencia de la peste negra de 1348, cuya responsabilidad se achacó a los judíos y a las brujas” (1974: 117). 

También anota que en la segunda mitad del siglo XVI “se vio Francia lacerada por continuas guerras de religión y por las repetidas matanzas de hugonotes y de católicos”; la causa no era otra que político-religiosa: “Se trataba de impedir por todos los medios la llegada al trono de Enrique de Borbón, calvinista, que podría significar el triunfo del calvinismo en toda Francia” (1974: 152). 

También recuerda la conocida “matanza de san Bartolomé”, cuando “el 24 de agosto de 1572, fiesta de san Bartolomé, unos 5.000 calvinistas fueron asesinados en París y en el resto de Francia” (1974: 160).

Semejante experiencia alimentó las incursiones de los europeos en otras regiones del mundo. Una de las rutas de invasión al lejano oriente debía pasar por territorios americanos y proseguir al Asia. Ese itinerario quedó registrado por el fraile español Juan Ferrando (1808-1854), en su extensa Historia de los PP. Dominicos en las Islas Filipinas y en sus misiones del Japón, China, Tung-Kin y Formosa, en seis tomos (1870-1872). 

En el primer volumen escribe que después de haber organizado “una lúcida misión, con la cual se embarcó alegremente en el nombre del Señor,... en la navegación se apoderó la peste de la nave que los conducía, y murieron casi todos antes de llegar a Nueva España. Los que sobrevivieron, enfermos y desanimados; no se atrevieron a proseguir el viaje hasta Manila” (1870, 1: 208). Las embarcaciones europeas incluían en su cargamento múltiples plagas y epidemias. 

En este 2020, es decir 500 años después de aquellos hechos, sucede la reversión de ese periplo. Se descartaron las rutas marítimas y se eligieron los espacios aéreos. En el lejano Oriente no prepararon carabelas, sino cómodos aviones que despegaron de los aeropuertos de China rumbo a Europa y otras regiones del mundo, con una inmensa carga de microrganismos desconocidos para diseminar en Occidente la pandemia que vivimos, tan invisible como la dogmática metafísica que los europeos dispersaron hace medio milenio en Oriente, en el “Nuevo Mundo” y otros territorios.

Las noticias sobre esas cargas etéreas y su matanza circulan desde hace varios meses por las diversas y novísimas plataformas de comunicación masiva de nuestra era. No es necesario reiterar esa información que nos obliga a un aislamiento conventual.

Hace 500 años, el fraile español Toribio Benavente (1482-1569), autor de la Historia de los indios de la Nueva España, escrita mediados del siglo XVI, relata el viaje iniciado en España el 25 de enero de 1523 con destino a México, para cumplir “la conversión de los indios naturales de esta tierra”; interrumpe su relato y afirma: “Hirió Dios y castigó esta tierra, y a los que en ella se hallaron, así naturales como extranjeros, con diez plagas trabajosas” (1914: 13). 

Claro está que esas plagas llegaron con los españoles, pues estando ya en México el miliciano Hernando Cortés, otro miliciano, Pánfilo de Narváez, desembarcó, y en uno de sus navíos llegó la viruela junto a muchos africanos secuestrados como esclavos. El fraile continúa su discurso y culpabiliza a uno de los esclavos: “vino un negro herido de viruelas, la cual enfermedad nunca en esta tierra se había visto”; y agrega que fue “tan grande enfermedad y pestilencia en toda la tierra, que en las más provincias murió más de la mitad de la gente” (1914: 13-14). Apunta otro desembarco en el que llegó “un español herido de sarampión, y de él saltó en los indios”, y “murieron muchos” (1914: 14). 

Las otras “plagas” que cita fueron causadas por la invasión brutal: muertes masivas en las guerras de resistencia, hambre a causa de las mismas guerras, despojo de las tierras de los mexicanos para repartirlas entre los invasores españoles, trabajos forzados, “tributos y servicios de los pueblos a los españoles encomendados”; y sobre todo el exterminio en las minas del oro, “que los esclavos indios que hasta hoy en ellas han muerto no se podrían contar” (1914:17). 

La explotación de los metales valiosos fue objetivo principal de la cristianización, para lo cual acudieron a secuestros masivos de americanos a los que herraban y reducían a esclavos.

 El fraile lo reconoce: “La octava plaga fue los esclavos que hicieron para echar minas. Fue tanta la prisa que en algunos años dieron a hacer esclavos, que de todas partes entraban en México tan grandes manadas como de ovejas, para echarles el hierro (herrarlos en el rostro); y no bastaban los que entre los indios llamaban esclavos” (1914: 18). Las mujeres esclavizadas y herradas eran parte de los “bienes” de los españoles, clérigos y milicianos.

Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela (1676-1736), en su Historia de la Villa Imperial de Potosí. 3 vols. (1965), denomina “crueldad española” y describe: “tanta fue su codicia en recoger el oro y la plata que no estando satisfecha con lo mucho que hallaron fuera, apremiaron a los desventurados indios, y contra toda caridad, a fuerza de rigor, les hacían descubrir las riquezas que sabían, y descubiertas, con mucha violencia les obligaban a que sacasen los preciosos metales”.

 Agrega que los indígenas, no pudiendo “tolerar aquella sinrazón, los más se fueron a las remotas provincias del Perú a vivir entre aquellas incógnitas naciones”... “se escondían en las quebradas y grutas de los montes con sus mujeres e hijos, y allí morían de hambre; otros quedaban en poder de los españoles, hechos esclavos, sin razón, ley ni caridad” (1965, 1: 26)

Los predicadores anunciaban que las plagas eran enviadas por el dios cristiano en castigo de los pueblos que ignoraban su creencia, aunque consolaban afirmando que la salud del cuerpo no era importante, pues lo imprescindible era la “redención del ánima”. 

Gustavo Adolfo Otero (1896-1958), en su lúcido libro La Vida Social en el Coloniaje, cuyo subtítulo dice: (Esquema de la Historia del Alto Perú hoy Bolivia, de los siglos XVI, XVII y XVIII), dedicó el capítulo VIII a “La salud”, y escribió: “Casi puede decirse que al hombre de la Colonia no le interesaba sino la salvación de su alma, teniendo un profundo desdén por su cuerpo”; y agregó: fueron “recibidos como castigos de Dios las epidemias y las pandemias, la gripe, peste y tabardillo, igualmente que la viruela, etcétera.” (1958: 107).

Hoy reaparecieron también los predicadores políticos, aprendices que disputan el poder y gobierno nacional. Al grito de “¡Creemos!” corren con biblias y evangelios bajo el sobaco. Otros, con experiencia viciada, se identifican con el signo aritmético “+”, que en su corta historia fue un movimiento al saqueo y soborno; ahora, bajo la caridad colonial buscan aparentar otro “+”: un movimiento a la santidad. Por su parte, la máxima autoridad del gobierno se manifiesta teológica y metafísica, y asume decisiones con la “santísima trinidad” y “corpus de resurrección”.

 En fin, los políticos predicadores de hoy desconocen que para gobernar no basta creer; deben practicar algo más difícil: razonar y reflexionar sobre la realidad del país...

 

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