Reseña

Florentino Ariza le canta a Fermina Daza

Shakira no declina su olfato musical y estrictamente literario en la composición e interpretación de Hay amores, que describe aquel amor clandestino...
viernes, 26 de junio de 2020 · 00:00

Augusto Vera Riveros 
Escritor

Cuando me pongo a meditar sobre la literatura latinoamericana, pronto disipo mis dudas y me inclino sin vacilar por aquella obra cautivadora en cuanto a narrativa. No hallo en ella sino la más elevada expresión que a través de los amores de dos ribereños del Magdalena nos regala el mago de la palabra García Márquez.

Gabriel García Márquez, narrando en libertad, desasiéndose de los rigores que de la “academia condena”, como a él le gusta y concibe el castellano, regala al mundo una de las composiciones más bellas en novela: El amor en los tiempos del cólera. 

¡Ay mi bien! ¿Que no haría yo por ti?/ por tenerte un segundo alejados del mundo/ y cerquita de mí./ ¡Ay mi bien!/ Como el río Magdalena,/ que se funde en la arena del mar,/ quiero fundirme yo en ti./ Hay amores que se vuelven resistentes a los daños;/ como el vino que mejora con los años,/ así crece lo que siento yo por ti.

Aquellos versos de Shakira, cuyo fuerte es la música popular, son la primera parte de un musicalizado poema en prosa que forma parte de la banda sonora de la película homónima de esta novela que, cuando menos en mi inventario de grandes narraciones literarias contemporáneas, ocupa un lugar de preferencia. 

Acostumbrados a escuchar de la cantautora caribeña ritmos calientes, es probable que esta vez no pudiera resistir la tentación de acudir al bolero que con su particular timbre de voz, contralto por excelencia, honra al magnífico argumento de la obra, renunciando circunstancialmente a su serpenteado movimiento de caderas que su repertorio le demanda y su sangre árabe le reclama.

  Deja de lado –decía– sus movimientos exóticos, para introducirse en un ritmo enteramente regional, aunque fiel al género absolutamente latino como es el bolero; no resiente en nada la ambientación temporal y paisajística en que se desarrolla la trama.

Sin duda, la interpretación al vivo que la barranquillera hizo en el festival Rock in Rio de 2008 es la más sentida, demostrando su versatilidad, para, sentada en un improvisado asiento, impostar con sentimiento una melodía, poniéndole voz a Florentino Ariza, que le dice a su amada Fermina Daza lo que durante más de 50 años no pudo decirle. 

Y es que, a pesar de la distancia más que física, la circunstancial puede ser todavía más infranqueable, como lo fue ciertamente en la historia que Gabo noveló en torno a una experiencia familiar muy próxima a él. Solo la muerte del doctor Juvenal Urbino permitió que la mujer de “las manos de huesos viejos”, después de medio siglo, dejara de ser únicamente un sueño. 

Con cabal comprensión del conjunto de la novela, la cantante colombiana más reconocida en el mundo hace una alusión nunca más oportuna del río Magdalena, que para García Márquez es emblemático de su natal Colombia, de su cultura y de sus historias recogidas. 

Por él han navegado los libertadores de su patria, y por eso existe una  equivalencia con lo que es el Volga para Rusia, el Sena para los franceses, o el Nilo para la humanidad. Sus aguas dulces y su desembocadura en el mar Caribe, han sido escenario de las más épicas historias nacidas de la pluma del Nobel de literatura. Por sus aguas hizo su último viaje Simón Bolívar… 

Es, en fin, el río de la nostalgia, de la vida, el de aguas ambarinas al caer la tarde porque nada mejor que ellas reverberan al astro dorado; y seguramente el paisaje caribeño más añorado y paradigmático para el autor. Y ése es el mérito en la letra de su paisana. 

Shakira tiene una perfecta lectura literaria y vocal del simbolismo del Magdalena en la mente, en el corazón, en el conjunto de la obra del cataquero, y por supuesto en el reencuentro de la viuda de Urbino con Florentino Ariza a bordo del Nueva Fidelidad, custodiado por la selva que a cada lado se apostaba ruidosa durante el día y un poco tenebrosa al caer la noche. 

Hay amores entraña una cadencia y un color musical que magnetizan el oído no obstante el ritmo más bien pausado del bolero, y es que no puede pasarse por alto el origen cubano del género. Y entonces el tema alcanza perfecta armonía con el elemento espacial en que se desarrolla el conflicto argumental, y más propiamente el río que resulta ser el escenario central de un desenlace propio del estilo de García Márquez: ni muy feliz, ni un conflicto irresuelto. 

La cantautora colombiana más famosa del siglo no declina su olfato musical y estrictamente literario en la composición e interpretación de Hay amores, que describe aquel amor clandestino primero de Florentino Ariza por Fermina Daza en un buque del que aquél para entonces ya era su dueño. No hay elegancias literarias en la composición, pero sobra sentimiento, derrocha inspiración. 

La canción continúa:

Hay amores que se vuelven resistentes a los daños;/ como el vino que mejora con los años,/ así crece lo que siento yo por ti./ Hay amores que se esperan al invierno y florecen/ y  en las noches del otoño reverdecen,/tal como el amor que siento yo por ti.

Por mucho que la viuda, que ya ha superado los 70 años de edad, guarda todavía el recuerdo –más de gratitud que de pasión– por su esposo muerto, y a pesar de que en el último medio siglo vio una o dos veces a su primer amor al que casi nunca  nombró ni lo pensó, se mantuvo un amor tan escondido que ella misma no pudo distinguir. Es eso mismo lo que Hay amores refleja en su segunda parte. Las caderas de huesos carcomidos todavía son atractivas para Ariza. 

Ella conserva cierto garbo y aún es coqueta, por eso el cólera que azotó años antes a la región fue reinventado por los enamorados, para en el otoño de sus vidas rejuvenecer su amor, izar la bandera amarilla de la cuarentena y zarpar nuevamente sin haber terminado de atracar. Y así, el amor eterno que se describe en la obra, con lenguaje sencillo pero cálido, se refleja fielmente en la canción. 

El olor de los fermentos humanos de Fermina había reemplazado a la doncella imposible, de caminar altivo y de enamoramiento encarnizado. El bolero que homenajea la trama todavía hace más mención al amor que hasta entonces ya tenía 53 años, un poco felices y harto escaldados por la vida.  Shakira todavía canta: Ay mi bien, no te olvides del mar/ que en las noches me ha visto llorar tantos recuerdos de ti./ Ay mi bien, no te olvides del día que separó a tu vida de la pobre vida que me tocó vivir.

Él también olía a vejestorio, pero fueron felices a bordo en un viaje por todo el tiempo que les quedaba, en una fusión emocional y de carne. Atrás quedó la vida de llantos secretos del eterno enamorado.

 

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