Patrimonio

Destrucción de camino en Parque Torotoro

La ruta Cochabamba-Sucre, pasando por Torotoro, parte en dos el Parque Nacional Torotoro, un territorio con relieves geológicos espectaculares que es la admiración de los visitantes.
viernes, 5 de junio de 2020 · 00:00

Rodolfo Becerra de la Roca
Creador del Parque Nacional Torotoro

Tanta prédica por la defensa y veneración de la madre tierra, de la naturaleza, o de la Pachamama de los originarios, como salvadora del calentamiento global; tantas reuniones, seminarios y cuanta manifestación que promueven sectores públicos y privados sobre la defensa del medio ambiente. Pero en los hechos solamente son simulaciones para consumir presupuestos. Tiene que superarse ese discurso mentido y vacuo e impartir una conciencia conservacionista real a las autoridades y a toda la población rural y urbana.

El amor a la naturaleza no debe ser proclama simulada y engañosa, tiene que ser  práctica permanente de acción en la conservación, protección y cuidado de toda la gama de los recursos naturales, particularmente de las áreas protegidas, que son los principales instrumentos para la defensa  de la naturaleza.

La construcción de caminos interdepartamentales que partan las áreas protegidas es una catástrofe, igual que en el caso del TIPNIS donde parece que, felizmente, se ha detenido la depredación por la oposición de sus pobladores. 

Ahora es el caso del camino interdepartamental Cochabamba-Sucre, pasando por Torotoro, que parte en dos el Parque Nacional Torotoro, un territorio con relieves geológicos espectaculares que es la admiración de los visitantes.

Lidema y nosotros y nos pronunciamos contra la construcción de esta carretera pasando por Torotoro, pidiendo su continuación por Kehuayllani, Añahuani y otros lugares muy productivos conectando a Chuquisaca por Poroma, sin ingresar al pueblo de Torotoro; porque de Sucusuma a éste pueblo se explota un camino que tiene una historia y tradición que debió merecer, más bien, la declaratoria de Monumento Municipal y Civil por su tradición y su historia particulares.

Hasta la década de 1950, llegar o salir de Torotoro era una odisea. Dicen que antiguamente se llegaba a Cochabamba en viaje de varios días, que se acortó con la construcción del ferrocarril de esa ciudad a Santa Cruz, cuya cabeza de riel llegó a Vila Vila y la estación anterior, Sivingani, era utilizada por los torotoreños después de un viaje de un día y medio cruzando el río Caine. 

Luego, unos hermanos de Tarata, de apellido Prado, que explotaron una concesión minera de plomo en las laderas de Kehuayllani, al este del cerro Huayllas de Torotoro, por causas que hay que esclarecer, se ocuparon de impulsar la construcción del desvío de Sucusuma a Torotoro, como un ramal del precario camino de su mina a Anzaldo, en compensación de regalías que adeudaban por dicha explotación minera.    

¡Parece que llegaba el fin de la angustia de los pobladores de Torotoro, de travesías penosas y contar con un camino de camión para viajar a Cochabamba! 

La contribución de los Prado tampoco fue muy grande: proporcionarían algunos cartuchos de dinamita para vencer algunas dificultades rocosas y destacaron a uno de sus capataces mineros que, a punta de hilos e improvisado nivel de un tubo de vidrio, trazó las zetas del camino de subida por Ulala Khasa, Tujuhallana hasta la cumbre y la pradera, hasta el sitio de Misión Cruz y la corta bajada al pueblo. ¡Una gran proeza! Seguramente unos 12 kilómetros que separaban al pueblo de la civilización.

Antes, los viajes a Cochabamba eran un verdadero acontecimiento. A los viajeros se los despedía con chicha y comida en la orilla del río, en un sitio natural de gigantesca losa de roca, que como un alero salía de la diaclasa que bajaba del Huayllas, llamado Buen Retiro, y que algún alcalde ha permitido su destrozo con la mayor impunidad para ensanchar el camino existente.

Pero lo más sensacional del caso es que la mano de obra de la construcción de ese ramal de camino estuvo a cargo de todos los habitantes varones que residían en ese entonces en el pueblo.

En ese tiempo, yo adolescente de unos 14 años, me encontraba seguramente de vacación y acompañé a mi padre en esos trabajos y siempre que viajo al pueblo, a unos 600 metros arriba de Tujuhallana, observo el puente de piedra, que bajo la dirección de mi padre se construyó para vencer un arroyo en tiempo de lluvia y que continúa sólido y útil.

Así culminó la llegada del camino a Torotoro, con trabajo y esfuerzo de su gente, sin ninguna ayuda de ONG, del Gobierno ni de la Prefectura, menos de la Alcaldía de Torotoro, que en esos días era pobre de solemnidad. Hoy, maquinaria pesada lo está destruyendo, sin ningún miramiento ni respeto. Además destruyen toda la geología espectacular e imponente y uno de los pocos residuos de sotales que sobreviven en  la zona.

En otras circunstancias y en otro país más culto, los autores y cómplices de semejante atropello terminarían en la cárcel.

El camino destrozado era bueno, de una aceptable gradiente, trazado con pericia por un capataz minero, que podía ser mejorado, incluso asfaltado, pero no destruido.

A nadie se le ocurrirá oponerse a la construcción de una carretera, pero dentro de las áreas protegidas su trazo tiene que ser muy bien estudiado, y sin que destruya su geología y no estropee sus relieves, menos su flora, porque son la heredad que se deja a las posteriores generaciones que tienen el derecho de disfrutar de la naturaleza silvestre. 

La catástrofe del incendio de la Chiquitanía, de la que ya todos han olvidado, es el más crudo ejemplo de la privacidad de esa naturaleza a los que vendrán y aún de nuestra generación que no tuvo oportunidad de conocer esa grandiosidad y belleza natural.  Pero ya es tarde, lo que se ha destruido no es rescatable, pero ¡que por lo mismo sirva de cruel ejemplo para no repetir la depredación! 

Ese corto ramal del camino a Torotoro no merecía ser destruido, debió desviarse por la ribera del Caine, sin partir el Parque Nacional Torotoro. Era un camino turístico muy pintoresco que está desapareciendo.

 

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