Homenaje

En memoria de Carlos Bayro Corrochano

Es posible que sus últimos pasos libres fuesen en la esquina del antiguo mercadito del Montículo con el inicio de la Presbítero Medina. ¡Qué curioso!
viernes, 5 de junio de 2020 · 00:00

Lupe Cajías Periodista

Cuarentena, abril, 2020
Montículo, Sopocachi, 
La Paz, Bolivia

 Te contemplo soplar la velita de tu primer año. La expectativa de tus padres, de tus abuelos maternos y de una tía que te acompañan; los demás, desde una pantalla lejana. Lo logras, consciente de ser el astro rey en este jueves de abril. Todos te aplaudimos. Cantamos.

 Sopla feliz a la vida. La fiestita postergada, los invitados en sus casas, los regalos para otro momento. El mundo está paralizado; tu barrio está silenciado; la casa está sin alojados.

 Tú no lo sabes. Mejor, no lo sepas nunca.

 “No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre”.

 Prefiero que no entiendas que detrás de tu sillita inocente, en la misma sala, está un enorme cuadro desde hace medio siglo. ¿Un cuadro? Una inmensa estructura hecha de maderas, alambres y papeles mojados manchados con colores ocres, sepias y anaranjados. Un sol naciente, unas manos, una serpiente, una katari un amaru. Un dragón guerrero, despertando.

 “Ríete niño, que te traigo la luna, cuando es preciso. Es tu risa la espada más victoriosa, vencedor de las flores y las alondras”.

 No sepas que ahí se esconde una historia alimentada con sangre de cebollas y cunas vacías. De gritos y de ferocidades. No de dientes como cinco jazmines, sino de colmillos y sables, de muertes y paramilitares.

  “Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea”. 

 Mismos versos que acompañaron a tu madre cuando su propia madre miraba el techo del dormitorio: “¿Qué comeremos mañana?” Era entonces otra crisis. Y la madre de tu madre tampoco quería que la niña se entere que su cuna era de hambre, de escarcha y de cebolla cruda, mientras la hiperinflación consumía los salarios y las esperanzas. No sólo faltaban monedas en la bolsa. Había escapado el sueño de los hombres volviendo del sol.

 Igual que una primera obra destruida pasando de casa en casa, de hermano en hermano, de amiga a amante, de militante clandestino a doctor solidario. Se había diluido.

 Este cuadro es el rescatado. Pegado a la pared norte de tu cumpleaños, es la memoria de una memoria, de una memoria que muchos olvidan. También yo olvido la memoria, la historia. Queremos seguir, no recordar. Igual que perecerán los días de este encierro. Así somos los humanos. Los ojos no nos sirven para ver.

 “La cebolla es escarcha cerrada y pobre. Escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla, hielo negro y escarcha, grande y redonda.”

 “Ríete Siempre”. Es tu risa la que nos quita soledades, la que nos hace libres.

 No sepas que hace muchos años había hombres que podían transformarse en serpientes, en águilas y en pájaros cantores. Es curioso, muchos de ellos tenían a la vez padres y abuelos que estuvieron en la guerra más estúpida del siglo que se fue, en la canícula del Chaco. No en la escarcha, sino bajo el sol que los derretía. Muchos murieron en esas arenas de carahuatas ardientes y vacías de vertientes. También cayó José, el abuelo de Carlos, el autor de este cuadro que enmarca tu festejo infantil.

 Los sobrevivientes intentaron llegar al sol un abril santo, sin saber que todas las alas se les quemarían como a icaros atrevidos. Era demasiado tomar el cielo por asalto. Unos meses felices, unos milicianos, desfiles con monteras y guardatojos, muchas vivas, guirnaldas, decretos, ensayos. Al final, el estropicio.

 Sus hijos se fueron al monte, como tigres, como pumas. Alzaron sus armas, cruzaron los ríos, subieron montañas, bajaron a caseríos. Otras garras quemadas, asesinadas.

 Y los nietos intentaron una vez más. Otra selva, otra borrasca, caminos sin salida, montes de vientos y otras escarchas. Más jóvenes, casi adolescentes; estudiantes, cantores. Mochilas inocentes, como franciscanos sin mudas de ropa; sin alforjas; sin peto ni espaldar.

 Quijotes sin cabalgaduras. Muertos sin luchar.

 Quisieron esconder sus cadáveres en la floresta, en el arroyo y en el olvido.

 Hubo quien les escribió un verso.

 Hubo quien les pintó un cuadro. 

 “En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azúcar cebolla y hambre”.

 ¿Para qué recordar? ¿A quién le importa?

 No sepas nunca del hambre de cebolla. Hubo unos chicos y unas chicas que no querían ver tanta ansiedad en los niños bolivianos. Creían que era posible la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad. Que era humano pedir pan y pedir lápices de colores para todos los pequeños, también en las laderas, en los barrios marginales.

 Que Carlos enseñe a todos a pintar en el garaje de la casona familiar. Que lleguen no sólo sus ocho hermanos, que venga la vecina y su amiga, el del frente y el de valle más alto, el del sur y el de sombrero abrigado. Cortar papeles, colar cartones, mezclar acuarelas, verde, rojo y amarillo. ¡Tajar la finita madera del anaranjado!

 A todos podría él haber enseñado. Gozar como cuando era escolar, desde el barrio paceño, por Oruro, por Cochabamba. Siempre con el don del trazo perfecto, desde la edad consciente. Un cuaderno, no importa si cuadriculado o rayado, la caja con el arcoíris, la goma y el compás a su lado. Dicen que los artistas nacen con una inclinación que no los deja cambiar de Destino. El maestro Mario Unzueta le ayudó a cumplirlo.

 El copiaba las caritas de las revistas infantiles. Asistía puntual a la clase colegial de dibujo. Interrogaba al padre sobre esos grabados, esos trazos milenarios, esas sombras de fin de siglo. Cuando estuvo interno en la blanca Charcas, la ciudad capital, ganó dos loterías: un curso de historia universal y ver los clásicos: Miguel Ángel, Leonardo, Rafael.

 Podía quedarse ahí. Pintar madonas y querubines de rulos rubiecitos.

 “Triste llevo la boca: ríete siempre. Siempre en la cuna, defendiendo la risa, pluma por pluma”.

 Entonces se fue a Santiago de Chile, no a Las Condes. A esos barrios desgarrados y comprendió que tampoco podía eludir su otro Destino, porque eludirlo sería cobardía. Escuchó cantos nuevos, revolucionarios. Comenzó a pintar febril; a tener alas. 

 Los rostros de las historietas se convirtieron en siluetas de la Historia. La copia en original. Las plastilinas en técnicas mixtas. Las risitas en muecas. La alegría en el dolor insoportable de la lucha infinita.

 Hermanos, amigos, compañeros. Amantes. 

 “Una mujer morena resuelta en luna se derrama hilo a hilo sobre la cuna”.

 Creía en el amor, como creía en la guerra. Y se fue hasta un lugar para pintar amando un enorme sol que salía, una serpiente enroscada como Quetzalcóatl, como Tomás Katari, como Tupac Amaru, como Tupac Katari. Y los rostros de los muertos, de los caídos. De ellos, los enterrados por el olvido; de los desaparecidos sin tumba ni cruz en el camino.

 Y un fusil en medio del Ángelus. Eso era todo.

 Entonces llegaron ellos, con botas y metrallas. El bombardeo a la Universidad, las cárceles en los cuarteles, las torturas, los fusilamientos.

 Carlos, Antonio, Jaime, Oscar, Alfonso cristianos y marxistas, demócratas y guerreros, fundaron escondidos un nuevo partido, el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria. Septiembre de 1971. Seguros de la Victoria. Vencer o Morir. Patria. Patria. Patria.

 Eran los días de la clandestinidad, la conspiración, la rebelión.

 “Rival del sol. Porvenir de mis huesos y de mi amor”.

 Buscar el tiempo al tiempo. Al cuadro le faltaban detalles, el color del sol. Unir a la guerra la esperanza; vencer con el amor la derrota en las montañas. Soñar en un hijo, nacer para ser semilla, ganar al miedo, tener en la mano el porvenir.

 “Alondra de mi casa, ríete siempre”.

 No sepas nunca lo que pasó acá cerca, cuando cruzas la calzada, desde tu casa a la parroquia, bajas por las gradas del memorial a los desaparecidos por causas políticas o sindicales durante las dictaduras militares, bordeas los columpios y el tobogán de la Plaza España, ahí hay una farmacia, la farmacia está en un edificio, el edificio está sobre una antigua casa. En ese mismo hogar donde pasó su adolescencia de Mónica Ertl, la guerrillera boliviana alemana, vivió después un médico de Cochabamba, amigo de la familia. Ahí, dicen, lo vieron vivo por última vez, una noche de mayo, 1972, 23 años.

 Es posible que sus últimos pasos libres fuesen en la esquina del antiguo mercadito del Montículo con el inicio de la Presbítero Medina. ¡Qué curioso! Casi al frente donde vivió Tamara Bunke, Laura Gutiérrez, la guerrillera morena que acompañó a Ernesto Guevara. Decía la leyenda popular que también ahí se escondió el Che antes de partir a Ñancahuazú.

 “Desperté de ser niño: nunca despiertes.”

 No sepas nunca que ese cuadro que acompaña este primer cumpleaños feliz fue de tumbo en tumbo, escondido, quizá apareció en una calle. Tenerlo era estar comprometido. Era mejor desaparecerlo. Como a él, como al autor, como a tantos otros cuadros, libros, folletos, papeles amarillos.

 Hay murmuraciones. Que estuvo allá. Que estuvo acá. Al final, más por el azar y otra vez esa fuerza del destino, terminó en las manos del amigo de la amiga de la dueña de la casa. Hubo manos amorosas para llevarlo desde un patio a un sótano, desde ese escondrijo a un pequeño departamento, desde ese escritorio a la terraza de otra casa. ¡Qué curioso! Otra vez en el mismo barrio.

 Pasaron uno, dos, tres otros golpes militares, una masacre en Todos Santos, una dictadura narco fascista, unas huelgas y ayunos, decenas de bloqueos de caminos, más muertos y desparecidos, exiliados que iban, exiliados que volvían. Urnas, propagandas, discursos, tomas de plazas. Matrimonios, nuevos hijos. “Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea”.

 Vos no puedes imaginar que ese alambre entretejido que sustenta el sol amarillo vio más de mil otros plenilunios.

 Retornaron los ausentes. Nunca los desaparecidos. Volvieron los hermanos, las cuñadas, los sobrinos. Él no.

 Otra vez el destino. ¿Qué hacer con el cuadro? Está ahí, a pocos metros donde lo detuvieron, tres cuadras más arriba del ministerio donde lo torturaron, cerquita de los mismos árboles, de los mismos bancos y de la misma montaña de luz que fue la última imagen que vieron sus claros ojos de niño.

 Como en la única foto que tengo de él. Medio de lado, sonriente, feliz, amando y amado, chompita de años 70, juventud que relampaguea.

 Y los muchos hermanos, esparcidos por el mundo, dijeron que se quede ahí. Que salga para las exposiciones, que le saquen fotos, que lo restauren, que otros lo toquen. Pero que el cuadro perdido se quede ahí. Que siga el destino que los dioses le designaron. 

 “Al octavo mes ríes. Con cinco azahares. Con cinco diminutas ferocidades. Con cinco dientes como cinco jazmines, adolescentes. Frontera de los besos serán mañana, cuando en la dentadura sientas un arma”.

 “Sientas un fuego correr dientes abajo buscando el centro”.

 Que sigan otros hombres, otras mujeres, otras morenas, otros amores. Nuevos niños. Nuevos azahares.

 “Vuela niño a la doble luna del pecho: él, triste de cebolla, tú satisfecho”.

 Mientras allá lejos, cruzando el mar, o subiendo al norte por las estepas heladas, en Cochabamba, en México, en Italia, en Francia, sus hermanos- discípulos-compañeros lo recuerdan. La caja de crayones cerrada. Unas fotos pasadas. Los libros en la mesa de noche, muchos libros, cuentos de Cortázar poesías latinoamericanas. Y las manos, siempre sus manos sin marcas. Sin torturas. Las manos del artista que gana. Sin envejecer. Aladas.

 “No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre”.

 “Rival del Sol”.

 “En tu risa en los ojos, la luz del mundo. Ríete tanto, que el alma al oírte, bata al espacio. Ser de vuelo tan alto, tan extendido”.
 

 

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