Memoria nómada

La irrupción del Gran Poder

El autor se detiene en un momento importante para la devoción, porque muchas veces se tiende a asumir que la notoriedad de la festividad es reciente y no es así.
viernes, 5 de junio de 2020 · 00:00

Cleverth   Cárdenas Plaza
Docente universitario

En la década de 1920 en el barrio de Chijini se dio inicio a la devoción a un lienzo que representaba a un Cristo con tres rostros, el Cristo del Gran Poder. Para el Estado eso aparentaba algo de poca trascendencia porque se trataba de una veneración periférica en un barrio periférico. Cabe recordar que después de 1926 el municipio recién autorizó que las dos haciendas que existían allí se loteen y se incorporen a la planificación urbana. 

De hecho, el mítico barrio de Ch’ijini se fundó, como dicen Albó y Presiwerk, sobre dos haciendas: Paula Jawira de propiedad de Isidora Zambrana, vinculada al sector circunlacustre del Titicaca y otra de propiedad de José Choque, vinculada con Patacamaya y Umala. En 1912 se abrió la calle Rodríguez y se instalaron muchos tambos donde se comerciaban productos llegados desde el altiplano y los valles. En 1915 se fundó el famoso mercado Rodríguez y, finalmente, en 1926 se loteó oficialmente el sector comprado por los comerciantes. 

Albó y Presiwerk en Los señores del Gran Poder (1986) refieren que muchos de sus primeros habitantes  eran comerciantes, sectores empobrecidos de la sociedad urbana, colonos y migrantes indígenas. Ese nuevo espacio urbano estaba enclavado en el territorio que la división colonial de la ciudad había nombrado como el pueblo de indios; un espacio que se encontraba separado de la ciudad de blancos por el río Choqueyapu. Por supuesto, el lado opuesto era el que ocupaba la población blanca de la ciudad y el río era la frontera natural. 

Nadie se  imaginó que en las siguientes décadas tanto los barrios periféricos como esa devoción irían a alcanzar una notoriedad inédita y, quizá gracias a su impulso, se modificarían las descripciones de lo original y nacional. Evidentemente, la devoción y el modo festivo en que se la celebraba debieron aportar a que se de ese resultado. 

Esta breve intervención, no pretende hacer una revisión rigurosa de los acontecimientos históricos que se vivieron durante ese periodo, sino pretende hacer un recuento del modo cómo la devoción al Cristo del Gran Poder recibió atención de parte de los principales actores políticos antes del Nacionalismo Revolucionario (1952) y posteriormente. Considero que es necesario poner atención en un momento importante y trascendental para la devoción y lo popular, porque muchas veces se tiende a asumir que la notoriedad de la festividad es reciente y se debe  al éxito económico de los comerciantes, o que es resultado de los recientes procesos políticos; o que es importante solo porque recién se inscribió a la festividad en la lista representativa del patrimonio inmaterial de la humanidad (Unesco). Nada más lejos de la verdad, la devoción al Cristo del Gran Poder ya era importante antes de que se le haga su fastuosa entrada folclórica, evento que actualmente es su mayor característica. 

Solo para contextualizar, ocurre que los devotos del mencionado lienzo ya habían intervenido e interactuado con el Estado y la Iglesia conflictivamente con mucha anticipación, por ejemplo, Albó y Preiswerk  señalan que en 1927 la junta de vecinos, considerando la cantidad de acólitos a las devoción, se preocupó por construir una capilla para la imagen, ese objetivo se logró mediante un préstamo otorgado por el Presbítero Eliseo Oblitas, dinero con el que se compró un solar en la calle Gallardo y comenzó la construcción que se concluyó en 1932. 

En pleno proceso de construcción, el monseñor Augusto Sieffert, Obispo de La Paz, preocupado por la creciente devoción y la evidencia de su autonomía, en un probable intento de control, recordó que ese tipo de cuadros fueron declarados como imágenes contra-rito; con ese lejano antecedente ordenó que se retoque el lienzo, intervención que dejó al Cristo con un solo rostro y, además, eliminó el triángulo inverso que describía a la Trinidad. 

Tal agresiva decisión se sustentó en normas eclesiásticas y leyes emitidas por la curia en el siglo XVII, que prohibían la representación de la Santísima Trinidad  por medio de tres rostros o cabezas y obligaba a la destrucción o modificación de los lienzos existentes, con el objetivo de evitar que se les sigan cultos no aprobados por el catolicismo, como también aclara David Guss (2006).  

Posteriormente, en 1939, el Obispo procuró trasladar el culto de este lienzo a otro espacio. La tarea estuvo a cargo del controvertido padre Irineo Otzen,  quien tuvo como responsabilidad instalar la parroquia, buscó un terreno por la calle Gallardo, dicen Albó y Preiswerk, y al no encontrarlo optó por uno que se le ofreció en la calle Max Paredes. Al parecer, esta decisión no fue fortuita, más bien pudo ser alentada por la élite paceña que también pretendía controlar poco a poco la inusitada devoción al lienzo y sus fiestas. 

La respuesta fue dura, los devotos no permitieron el traslado del lienzo y las peleas y conflictos duraron años hasta que, finalmente, la iglesia aceptó algo excepcional, en 1943 se crearon dos parroquias en un mismo barrio: el Gran Poder Antiguo y el Gran Poder Nuevo. 

Ya era posible advertir que la devoción era lo suficientemente relevante y que no se dejaba dominar ni llevar de acuerdo a los intereses eclesiásticos y políticos de la época, antes de 1952. Sin contar que durante las novenas o las fiestas que se organizaban durante su festividad reunían a tal cantidad de gente que era necesaria la presencia de las fuerzas del orden para mantener el control.  

Pese a todos los embrollos germinales que acabamos de describir y después de crear su Fastuosa Entrada Folklórica, el 11 de diciembre de 2019 la fiesta de la Santísima Trinidad del Señor Jesús del Gran Poder fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Esa declaración se dio en la XIV Reunión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (Unesco) que se realizó en Bogotá. 

Fui parte del comité impulsor que logró la declaratoria y formé parte del grupo que en dos ocasiones previas procuró conformar el mencionado comité. Mi experiencia en esas instancias, volvió a verificar todo el ímpetu y todas las ganas que pusieron los actores sociales y las sucesivas directivas y para lograr el cometido. Atestigüe cómo se indignaron cuando otra festividad menor, en Perú, un remedo del Gran Poder, fue declarada Patrimonio previamente. Sentí su misma rabia e indignación cuando verificamos que representantes de nuestro propio país fueron los que posibilitaron tal despropósito. Compartimos sueños, frustraciones y finalmente la alegría respecto a la declaratoria. 

La misma demuestra que su agenda y aquello por lo que lucharon desde un inicio llegó al nivel más alto, aunque el camino fue enrevesado y tortuoso, no obstante muy celebrado y demasiado bailado. No cabe duda de que se trata, como los mismos protagonistas lo sostienen, de “la fiesta mayor de los Andes”.   
 

 

 

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