Literatura

Las “malas tentaciones” de Iquitos

La ciudad peruana inspira dos de las grandes obras de Mario Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras (1973) y El sueño del celta (2010).
viernes, 5 de junio de 2020 · 00:00

Salvador Romero Ballivián
Sociólogo y escritor

Situada en el norte de Perú, cerca y equidistante de la frontera con Colombia y Brasil, Iquitos ejerce una indudable fascinación sobre Mario Vargas Llosa, como si todo lo que ocurriera allí debiera ser desmedido. La ciudad y la Amazonia que la envuelve representan más que en el escenario, se convierten en los personajes de dos de sus novelas, separadas por décadas: Pantaleón y las visitadoras (1973) y El sueño del celta (2010).

Curiosamente, la primera aborda una época posterior, la mitad del siglo XX, bucólica y adormecida, excepto por los desaforados ímpetus sexuales de quienes llegan y viven allí y por las estrafalarias prédicas de una secta que crucifica animales, en tanto que la segunda novela se desarrolla a principios de la centuria, en los tiempos bravos, extremos, feroces de la explotación del caucho. 

Pantaleón y las visitadoras transcurre en Iquitos, asentada en la rutina de ciudad provincial y periférica, con pinceladas superficiales de modernidad, ya controlada por el Estado, donde el pasado del caucho es apenas perceptible en las destartaladas casas “pintorescas, con sus fachadas de azulejos de Portugal y sus balcones de madera” y en la estructura de acero de una mansión diseñada por Eiffel. 

Recorre en tono de sátira, las aventuras y desventuras del escrupuloso capitán Pantaleón Pantoja, a quien el Ejército le encargó una secreta y delicada misión: organizar un prostíbulo donde los militares canalicen la energía sexual, desatada por el clima, la exuberancia, las pócimas afrodisiacas -incluyendo la grasa de bufeo- y los andares coquetos de las loretanas, en lugar de acosar mujeres, a las cuales luego toca casar con otros soldados, y alterando la paz social de la comarca. 

El humor resalta de los contrastes. Entre el perfil seriecito y abstemio de Pantaleón, de pronto obligado a entablar relaciones con el sórdido mundo de cafiches, regentas de burdeles, prostitutas, para conocer el tejemaneje del negocio, a escondidas de los ojos y oídos de su madre y esposa. 

Entre la metódica, burocrática y profesional organización y la finalidad del eufemístico “servicio de las visitadoras”, incluyendo solicitudes a las unidades militares sobre la cantidad de veces que los soldados requerirían los servicios y, no menos importante, la duración aproximada de cada acto sexual -el mismo Pantaleón lleva su sentido del deber a cronometrar su desempeño con su esposa y queda confundido cuando ella descubre su maniobra-. 

Tal vez flotaba en el ambiente tórrido algún eco del Informe Kinsey, aunque fuera imposible conseguir uno en las librerías de Iquitos, y menos aún en la del Colegio de los padres agustinos, donde el desdichado Pantaleón fue recriminado por un sacerdote por indagar sobre textos de sexualidad. Entre las pretensiones de seriedad y moralidad del Ejército y las actividades clandestinas que promueve. 

Entre la voluntad de discreción con el alboroto envidioso que provoca el servicio en los pueblos circundantes a las unidades y el entusiasmo de las “servidoras civiles del Ejército”, que incluso le componen un himno, contentas por el puntual pago del sueldo y el domingo de descanso. 

La crudeza de la realidad solo asoma en las pesadillas y malos sueños de Pantoja y, detrás de la farsa, la obra quizá podría evocar aquella “banalidad del mal” descrita por Arendt, la de miles de funcionarios que cumplen eficientemente sus deberes, comprometidos con sus tareas e instituciones, al punto de dejar de lado principios y valores.            

Lejos del ambiente burlón, El sueño del celta retrata una realidad sombría, brutal, sin atisbos de felicidad. El irlandés Roger Casement, el personaje real y de la ficción, llega a Iquitos, “una inmensa barriada enfangada con rústicas construcciones de madera y adobe, cubiertas de hojas de palma, y unos cuantos edificios de material noble”. 

Allí, por entonces, el Estado peruano es apenas una entelequia reducida a una prefectura sin poder, ante el verdadero y entero, que reside en la compañía de Julio C. Arana, que explota el caucho y crea en ese recóndito paraíso de la exuberante naturaleza otros artificiales de prosperidad, sexo, lujos absurdos y maldad. 

Casement, quien creía haber visto todo el horror posible e imaginable en el Congo de Leopoldo II, descubre en las profundidades del Amazonas el palpitar de otro corazón en la oscuridad. En su visita a las estaciones sufre el vértigo de los relatos de la sed insaciable de canastas con bolas de caucho, acompañada de la crueldad que destroza a las comunidades indígenas sin más límite que la fantasía sádica de los jefes de la compañía.   

Al capitán Pantoja y a Casement, forasteros en esos parajes alejados, les previnieron de entrada contra las “malas tentaciones” de Iquitos. Para la travesía, ambos se aferraron a su rectitud y su voluntad de un mundo mejor. En cierto sentido y en apariencia, salen indemnes, abrazados a sus códigos de honor profesional. 

En realidad, ninguno salió indemne del choque brutal con la naturaleza y, sobre todo, con las deformadas fronteras entre la civilización y la barbarie, con las decisiones de personas y entidades que, desde lejos, reducen a hombres y mujeres a simples medios de fantasías desquiciadas o de la burda angurria, mientras el denso y oscuro Amazonas continúa su infinito recorrido, acariciando las orillas de caimanes y árboles milenarios.

 

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