El chicuelo dice

No estaremos sobre la tierra

Un diálogo con Capiona Corominas, el ladrón de casas flacuchento que conocí en la cárcel de San Pedro, veinte o más años atrás, sección San Martín...
viernes, 5 de junio de 2020 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate
Escritor

Era flaco. Casi esquelético. Era con la carita así. Morena y envejecida. No tenía dientes y era esquelético, casi lombriciento. Era. Porque ya no lo veo hace dos décadas, como mínimo. A ese que digo lo conocí cuando creía que iba a convertirme en escritor por obra y magia del destino o por obra y magia de solo querer. Lo conocí en la cana. En San Pedro mismo. Tenía la mirada amarilla, hepática y desconfiada. Los ojillos escudriñándome, la cabeza gigante y los labios gruesos, las orejas sucias, el cabello abundante y pulguiento. ¿Qué usted quiere qué? Porque por esa época alguien te había dicho muy bonitos tus cuentos, muy chistosos a veces, pero le faltan realidad, le faltan retratar cómo vive la gente más jodida. Y ese alguien señalando con el dedo la cuartilla ¿un rufián dice cosas así? Se nota que no sabes cómo habla la gente. Y Capiona Corominas se rascó la cabeza y bostezó, no entiendo qué cosa quiere conmigo. De qué cosa quiere hablar. Lo conocí cuando uno de los taxis de San Pedro me dijo ¿estás buscando al más carajo de este lugar, dices? Y lo conocí cuando ese mismo taxi levantó el brazo y dijo ese de allá, a lo mejor ese flaquito de allá le pueda servir. Lo conocí cuando desesperado me preguntaba, cómo conocer la realidad para escribir, cómo hacer eso que me faltaba para.

—Diálogos. Conocer la realidad desde la médula. No solo ser un simple espectador. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

 Entonces alguien te había dado la idea. Metéte a la cana con cualquier explicación y hablá con los presos. Ahí detrás de las rejas está la verdadera realidad. Ahí está la verdadera Bolivia. Esa realidad angustiante, esa realidad tan lejana y sobre todo espantosa: igual a como uno debe morirse envenenado con raticida. 

—Pero eso tiene precio, joven. Que le cuente eso que desea saber, quiero decir.

Y no parecía el preso más peligroso de San Pedro, la verdad. Solo era flaco, seco como un palo desértico, tenía los ojitos así y medio amarillos. Me sacó veinte bolivianos por día de charla. Se llamaba Capiona Corominas y estaba preso diez años ya, acusado de ladrón. Reía como un chiquillo, el Capiona Corominas, tapándose la boca con ambas manos, y llevaba una chompa que fue azul alguna vez y unos pantalones de tela llenos de mugre a la altura de las rodillas: que había nacido en Charagua, decía, que era un lugar allá lejos y que hacía mucho calor y que sus papás era unos borrachos, que a veces lo mandaban a.

—Capiona, corré a la esquina y dile a doña Bernarda que te llene esta botella. 

O a veces me quedaba solito hasta la madrugada, sin encender la radio a pilas de la casa. Y cuando sus papás volvían qué lindo nuestro hijito, qué obediente y bien portado. Qué disciplinado y noble. Y que a veces su mamá lo llamaba a su lado y le decía nunca, nunca vas a ser como nosotros. Eso por favor grabáte bien en tu cabeza. Entonces Capiona Corominas te miraba con curiosidad, analizaba los lentes sin marco, contemplaba el cabello bien peinado y la camisa limpia y los puños sin mugre.

 —Bonitos tus cuentos, pero sin vida. Bonitos y nada más, sin vida y muy anodinos.

 Qué cosa se la ha perdido, dijo Capiona Corominas, y ese que fuiste tú se había presentado, me llamo tal cosa, estudio en tal lugar y después una sarta de mentiras que estoy haciendo un trabajo para una materia de la universidad, la biografía de una persona y quizá usted podría ser esa persona. Y Capiona Corominas allá en Charagua esperaba con ansiedad crecer y largarse a otro lugar. Qué será de él. Dónde se habrá metido. Si seguirás en San Pedro, sección San Martín, durmiendo en un huequito bajo las gradas del billar Ocho Bolas, o cuándo habrás salido y si habrás vuelto a Charagua o si tal vez seguirás de ladrón entrando a las casas, trepándote por los muros, abriendo las puertas con ese ganchito que me enseñaste a hacer los meses que hablamos. O tal vez el Capiona ya se habrá reformado y estará encerrado en su casa, con miedo a morirse de coronavirus: se llamaba Capiona Corominas y lo conocí hace mil años atrás, jueves y a veces domingos, cuando yo quería ser escritor y cuando me decían tus cuentos muy bonitos, sin embargo le faltan realidad, complejidad. Un chiquillo que un día, harto ya de su familia allá en Charagua, se había volado de su casa robándole mil bolivianos a su mamá y había ido a parar a Santa Cruz.

—Mujeres lindas. Gente mala. A uno siempre lo ven con cara de ladrón.

Y Capiona Corominas dibujaba la silueta de una mujer con las manos y luego se carcajeaba. Harto ya de las borracheras de sus papás, harto ya de que le dijeran el trago solo hunde a las gentes, así que cuidadito con estarse convirtiendo en un borracho. Y Capiona Corominas te había escuchado con paciencia y después, ¿no será usted de la fiscalía? ¿No querrá hacerme decir quién ha matado a esa viejita, quién la ha estrangulado? Me metía a las casas de la zona Sur, de San Jorge, dice Capiona Corominas. Vigilábamos la casa una semana, dos. Como yo tenía buena letra anotaba en una libreta todos se meten a roncar a las once de la noche. Solo una jovencita llega los jueves y viernes a las dos o tres de la madrugada y siempre hebrea. 

Qué será la fiscalía, con qué se come eso, me burlé. Y tuviste que sacar tu matrícula universitaria. Y Capiona Corominas la leyó achinado los ojos, es que me estoy quedando medio cegatón, disculpe. Sin embargo, por aquellos años se hartó de Santa Cruz y viajó a La Paz, después de vagabundear por las calles cruceñas sin atreverse a robar a nadie pese a que ya me estaba quedando sin un quinto, sin atreverse a arrebatar una cartera allá por la Tres Pasos al Frente y luego seguir derecho hasta perderse por la Fermín Rivero y hacerse invisible a la altura de la calle Ferroviarios.

—Allá era honrado. Cargaba los bultos de las señoras en el Abasto —dice—. Solo al llegar aquí me volví ratero.

Porque ser honrado no daba para comer y menos para pagar un cuartito. Así que un día alguien en el Abasto allá en La Paz hay más gente, más comercio. Ya Bolivia estaba abriendo su boca, ven, Capiona, pasá sin problemas a mis. Porque cuando llegó Capiona Corominas sintiendo que el corazón le iba a reventar. Subía la Diego de Peralta y me voy a desmayar, escalaba la Montes, ahorita estiro las patas. Cómo vive acá la gente. Cómo hace para no morirse. Y había pensado seriamente en regresarse, imposible cargar bultos con semejante altura, imposible caminar ligerito como allá en las calles de Santa Cruz. Sin embargo, a los meses se había acostumbrado. A los meses ya no siento el mareo, ni la falta de aire y un amigo que había conocido en la pensión a la que fue a caer: Juajá, ya te estás volviendo un colla más, Capiona.

—Ese amigo, ese mismo amigo con cargar bultos en la Rodríguez te vas a morir de hambre —recuerda Capiona Corominas—. Yo sé de un laburo donde no hay pierde y justo ahora están buscando gente. ¿Te cuento o quieres seguir viviendo de pobretón?

Así era el Capiona, el ladrón de casas flacuchento que conocí en la cárcel de San Pedro, veinte o más años atrás, sección San Martín. El que ahora aparece en ese novelón que no puedo terminar de escribir. El Capiona, el que Bolivia tragó, masticó y luego escupió a un costado.

—Detrás de las rejas está la verdadera realidad.

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